LA PIEDRA FILOSOFAL

La piedra filosofal es un término que proviene de la alquimia y designa a una sustancia a la que se atribuye la propiedad de trasmutar por si misma metales vulgares como principalmente el plomo en oro o plata.

En la historia de la alquimia, la obtención de esta materia ha constituido la principal finalidad en la línea de investigación y trabajo, a la misma vez que la transmutación interior espiritual del operador (similar a la búsqueda del santo Grial, se podría decir), ya que supuestamente la piedra filosofal se puede obtener en un laboratorio mediante ciertos procesos sobre todo químicos. El procedimiento exacto es del todo desconocido, salvo para los llamados adeptos alquimistas, que hipotéticamente habrían logrado obtener la preciada sustancia y de los cuales se tienen referencias aisladas a lo largo de la historia. En cuanto a la transformación espiritual del alquimista adepto, no hay datos con los que verificar en qué consiste dicho proceso, sólo cabe inferirlo por los escasos testimonios de que disponemos; básicamente podría tratarse de un proceso de purificación interior metafóricamente similar al procedimiento material que se aplica a la materia prima para la obtención de la piedra filosofal.
No hay ninguna información clara y fidedigna de la existencia de la piedra filosofal, salvo por los testimonios de alquimistas o investigadores que han creído fielmente en su existencia y por la descripción que los citados adeptos hacen de ella en sus obras, ya que una tradición mantenida a lo largo del tiempo en el seno de la alquimia hermética exhorta al adepto que logra descubrir el secreto a transmitirlo y dejar constancia de ello en alguna obra escrita, pero velado por el simbolismo y argot propio de la alquimia (absolutamente inescrutable para un neófito). Es por esto que en los círculos académicos y científicos se considera un mito la existencia de la piedra filosofal, aparte de que huelga decir que a día de hoy la ciencia no reconoce ningún método o procedimiento viable y asequible para transmutar un metal como el plomo en oro o plata.
La común designación “piedra filosofal” proviene más bien de la Edad Media, cuando en Europa floreció la alquimia experimental y se prodigaron los testimonios respecto a la veracidad de su existencia. En realidad se le denominaba “lapis philosopharum”, en latín, y se traduce literalmente como “piedra de los filósofos”, ya que filósofos es como se designaba a los alquimistas. Sin embargo, entre los mismos adeptos alquimistas no se usaba esa expresión, sino otras más particulares como “nuestra piedra”, “elixir”, “nuestro oro”, “polvo de proyección” o similares en el argot particular de cada alquimista. Asimismo, hablan de “Magisterio” o “Magnum Opus” (Obra Magna) refiriéndose al procedimiento por el que se consigue obtener o “fabricar” la piedra.
Se suele asociar la piedra filosofal con la medicina universal (o panacea); esta última sería una sustancia capaz de otorgar la eterna juventud o longevidad (incluso según algunos testimonios la inmortalidad) a aquel que la ingiere. En realidad no son lo mismo, sino que la medicina universal sería un preparado específico para actuar sobre el cuerpo humano, aunque obtenido de la misma piedra filosofal por un procedimiento aparentemente sencillo. Algunas descripciones (no confirmadas, por supuesto) coinciden en afirmar que la medicina resultante actúa sobre el cuerpo de la siguiente manera: empieza eliminando del cuerpo todas las toxinas; repentinamente, el sujeto pierde los cabellos, las uñas y los dientes, que vuelven a crecer más tarde más vigorosos y sanos que antes. Cualquier eliminación natural se efectúa a partir de entonces sólo a través de las glándulas sudoríparas. Muy pronto, la comida se hace innecesaria. La influencia de la medicina universal no se limita al cuerpo, sino que multiplica ostensiblemente las facultades intelectuales y espirituales, siendo un medio efectivo para alcanzar la verdadera sabiduría. Toda disertación se detiene aquí, ya que al parecer una persona corriente no podría seguir a los elegidos en su nuevo universo o status.
Ireneo Filaleteo, en su “Introitus”, dice al respecto del elixir o medicina universal:
“Aquel que ha realizado una sola vez este Arte, gracias a la bendición de Dios, posee (entre otras cosas maravillosas) una medicina universal tanto para la prolongación de la vida como para curar todas las enfermedades…”
Se presupone beneficiarios de estos extraordinarios dones a los adeptos alquimistas que alcanzan el Magisterio; del mismo Filaleteo no hay constancia de su muerte, simplemente desapareció. Flamel supuestamente murió en Paris junto con su esposa, pero curiosamente en una posterior exhumación de sus tumbas no se encontraron restos algunos; de hecho, hay testimonios que los sitúan en Oriente y con plena salud tres siglos después. Del legendario Conde de Saint Germain, experto alquimista y adepto al que el mismo Voltaire apodaba “el hombre que no muere”, se cuentan historias extraordinarias de longevidad extrema. Se dice que Fulcanelli fue visto rejuvenecido increíblemente sin que nadie pueda atestiguar su edad ni su muerte ni con mediana certeza. La desaparición o “muerte ficticia” de los adeptos alquimistas es una constante entre ellos; entre otras cosas, así evitarían la codicia de sus congéneres y las sospechas de cualquier tipo, dado el magno secreto que deben guardar.
Volviendo a la piedra de los filósofos, vamos a examinar algunos relatos donde se menciona de primera mano su existencia y la forma de proceder con ella:
Johann Friedrich Schweitzer, también conocido como John Frederick Helvetius, fue un físico holandés del siglo XVII que no creía en la alquimia en absoluto pero cambió de opinión (terminaría escribiendo varios libros sobre el arte alquímico) debido a que presenció personalmente una transmutación genuina. Según el mismo explica, el 27 de diciembre de 1666 se presentó en su casa un desconocido que le preguntó si creía en la existencia de la piedra filosofal, a lo que Helvetius contestó negativamente. El visitante abrió una cajita de marfil que llevaba encima y que contenía tres pedazos de una sustancia parecida al vidrio o al ópalo, asegurando que con esa cantidad podía producir veinte toneladas de oro. Helvetius sostuvo en la mano uno de los fragmentos y rogó al supuesto alquimista que le diera un poco, a lo que este se negó en redondo. Al pedirle que probara lo que decía mediante una transmutación, el desconocido respondió que volvería tres semanas más tarde y mostraría a Helvetius algo asombroso. Se presentó puntualmente el día prometido, pero se negó a actuar, afirmando que le estaba prohibido revelar el secreto, aunque accedió a dar al doctor un pedazo de la piedra no mayor que un grano de mostaza. Como el doctor expresara sus dudas de que una cantidad tan pequeña pudiera tener efecto alguno, el alquimista rompió el corpúsculo en dos, dándole sólo una de las mitades y asegurando que con eso bastaría.
Helvetius confesó al alquimista que durante la primera visita se había apropiado de algunas partículas de la piedra que sostuvo, y que con ellas había transformado algo de plomo no en oro, sino en vidrio. El alquimista le contestó que debería haber envuelto las partículas en cera amarilla, lo cual habría ayudado a penetrar el plomo transformándolo en oro. Este hombre prometió volver a la mañana siguiente, pero nunca volvería a aparecer. Helvetius procedió, por su cuenta, a seguir las instrucciones del extranjero, derritiendo tres dracmas (unos 11 gramos) de plomo donde dejó caer la piedrecita envuelta en cera. El plomo se transformó efectivamente en oro, que fue llevado inmediatamente a un orfebre que certificó que era el oro más fino que jamás había visto. Helvetius quedó estupefacto, y dejó constancia de su admiración por el alquimista mediante este relato, que llegó a oídos del famoso filósofo de la época Spinoza. Este realizó indagaciones por su cuenta llegando a la conclusión de que todo era cierto.
Todos los indicios apuntan a que Nicolas Flamel consiguió elaborar la piedra; así relata su primera transmutación metálica:
“Finalmente encontré lo que deseaba, lo que reconocí enseguida por su fuerte olor. Una vez obtenido esto, realicé fácilmente el Magisterio. Además, sabiendo cómo se preparaban los primeros elementos, siguiendo mi libro palabra por palabra no hubiese podido errar aunque lo hubiese querido.
Así pues, la primera vez que hice la proyección fue sobre mercurio, del que convertí media libra aproximadamente (unos 200 gramos) en una plata mejor que la de las minas, como he comprobado y he hecho comprobar varias veces. Fue el 17 de enero, un lunes alrededor del mediodía, ante la única presencia de Perrenelle (su esposa), el año de restitución de la raza humana de 1382. Por otra parte, además, siguiendo siempre palabra por palabra mi libro, lo hice con piedra roja sobre una similar cantidad de mercurio, también ante la única presencia de Perrenelle, en la misma casa y el vigésimoquinto día de abril del mismo año, alrededor de las cinco de la tarde, y lo transmuté verdaderamente en casi la misma cantidad de oro puro, ciertamente mucho mejor que el oro común, más suave y maleable.”
Cuando Flamel y su mujer hubieron “muerto”, dejaron tras de sí en París 14 hospitales fundados y subvencionados a largo plazo, tres capillas, siete iglesias, numerosas reparaciones a monumentos y una cantidad indefinida de obras de caridad anónimas.
Alexander Sethon, conocido como “el Cosmopolita”, fue un alquimista escocés del siglo XVII que figura en los anales de la historia de la alquimia como claro ejemplo de imprudencia y temeridad. Adepto del Arte, poseía la piedra por mérito propio, y se dedicó a viajar por toda Europa para demostrar la veracidad de la transmutación alquímica. Realizó diversas y espectaculares transmutaciones, siempre en presencia de testigos (generalmente hombres doctos o de la nobleza), dejando a su paso firmes convencidos y admiradores fieles del Arte, puesto que no podían negar la evidencia de lo que habían visto con sus propios ojos. Pero finalmente su fama llegaría a oídos del entonces Elector de Sajonia Christian II, el cual, cegado por la codicia, le conminó a que le revelara el secreto de la piedra, a lo cual Sethon se negó. Esto hizo que acabara en la cárcel, donde sufrió aislamiento y tortura con el fin de que hablara.
Esta situación se prolongó hasta que Michel Sendivogius, noble polaco, alquimista principiante y admirador de Sethon, consiguió liberar a este de la prisión. Se dice que Sethon moriría unos meses después, producto de las heridas recibidas en cautividad, y sin haber revelado su secreto. El mismo Sendivogius trabajó para algunos monarcas europeos y sufriría prisión tiempo después por el acecho de algunos que pensaban que poseía el secreto de la piedra, aunque logró salir airoso con la intercesión de ilustres protectores.
Artephius, un respetado adepto alquimista del siglo XII, afirmó lo siguiente en una de sus obras (De vita propaganda):
“Yo, Artephius, habiendo aprendido todo el arte en el libro de Hermes, hubo un tiempo en que, como otros, sentí envidia; pero habiendo ahora vivido mil años, poco más o menos (los cuales mil años han transcurrido ya desde mi nacimiento, sólo por la gracia de Dios y por el uso de esta admirable quintaesencia) y visto, a lo largo de este tiempo, que los hombres han sido incapaces de perfeccionar el mismo magisterio debido a la oscuridad de las palabras de los filósofos, movido a compasión y buena conciencia he resuelto en estos mis últimos días publicar con toda sinceridad y veracidad de modo que los hombres puedan no tener más que desear concerniente a este trabajo.”
El mismo Roger Bacon tenía a Artephius como su maestro en alquimia y no dudaba de su longevidad.
Terminaré la relación de testimonios sobre la piedra de los filósofos con una narración que tiene como protagonista a un eminente químico, el belga Jan Baptiste van Helmont, ilustre científico y uno de los precursores de la moderna química, que acabó creyendo en la piedra tras este suceso:
En 1618 trabajaba Van Helmont en su castillo de Vilvoorde (Bélgica) cuando recibió la visita de un desconocido. Van Helmont, escéptico declarado en lo tocante a la alquimia, protestó cuando su visitante comenzó hablar de la transmutación como una cuestión resuelta.El desconocido le dio unos pocos granos de polvo.
“Tenía el color de azafrán –escribiría más tarde el científico- pero era pesado y brillante como vidrio molido.”
Después de darle instrucciones, el desconocido se dispuso a marcharse. Cuando Van Helmont le preguntó si no le interesaba saber el resultado del experimento, su visitante respondió que no era necesario, pues sabía que la operación tendría éxito. Al despedirse, Van Helmont le preguntó por qué le había elegido precisamente a él para hacer el experimento. “Para convencer a un ilustre científico cuyo trabajo honra a su país” fue la respuesta.
Van Helmont echó una pizca de polvo en ocho onzas de mercurio, en un crisol calentado. El metal se convirtió en oro en quince minutos. A partir de entonces, Van Helmont creyó firmemente en la alquimia aunque nunca llegó a fabricar la piedra por él mismo.
“He visto la piedra y la he manejado, y he proyectado la cuarta parte de un grano, envuelta en papel, sobre ocho onzas de mercurio hirviendo en un crisol, y el mercurio, con un susurro, se quedó quieto de su flujo y se congeló como cera amarilla; después de soplar con un fuelle encontramos ocho onzas menos once granos que faltaban del oro más puro. Por consiguiente, un grano de este polvo podría transmutar 19.186 partes de mercurio en el oro mejor…El que me dio este polvo tenía tanto que habría podido transmutar por valor de cien mil libras de oro…”
La transmutación metálica, con todo lo extraordinario que conlleva, no es para el adepto alquimista nada más que un fenómeno secundario, realizado simplemente a título de demostración. Es difícil formarse una opinión sobre la realidad de estas transmutaciones, aunque observaciones como la de Helvetius o Van Helmont parecen de gran peso.

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