PRISCILIANO (segunda parte)

Priscilianismo

Pero, ¿cuál era la doctrina predicada por Prisciliano, que desencadenó tales iras y, por otro lado, fieles adhesiones, y llegó a provocar su ajusticiamiento junto con el de varios de sus más fieles seguidores?

 

Las crónicas de Sulpicio Severo y Próspero de Aquitania nos sirven para esbozar su biografía, de la cual se pueden inferir algunas directrices que pudieron marcar su ideario, como su adoctrinamiento gnóstico en Burdeos, dato reforzado por las acusaciones que sufrió fundamentadas en torno a las prácticas gnósticas. Las propias acusaciones, las cuales nos han llegado documentalmente por diversas vías, podrían servirnos de orientación, aunque en ningún caso creo que debieran tomarse al pie de la letra. Sin embargo, ellas han servido durante mucho tiempo como base para enjuiciar la doctrina y el movimiento priscilianista, a falta de hechos documentados y fidedignos a que acudir. Afortunadamente, en 1885, el erudito alemán Georg Schepss descubrió en la Universidad de Wurzburgo una serie de códices de finales del siglo V de autor desconocido que él mismo denominó Tratados, en los cuales se reproducen textos priscilianistas, como son:
-El llamado Liber ad Damasum, atribuido al mismo Prisciliano, donde contradice las acusaciones de herejía que se vertieron sobre él.
-Liber de fide et apocryphis, donde se defiende la lectura de los evangelios apócrifos.
-El Tractus Apologeticus, también atribuido a Prisciliano y el más extenso de los escritos.
-Tractus Genesis (comentario al libro del antiguo testamento) y otros cánones y tratados menores.
Estos textos, aunque difícilmente atribuibles a la mano de Prisciliano, si se pueden considerar como una unidad compacta elaborada bajo su tutela (aunque abordan temas generales) y ofrecen orientación a la hora de estudiar el priscilianismo. De ellos se podría deducir la ausencia de base para la acusación de maniqueísmo, ya que en el Apologeticus se denuncian diversas herejías entre la que se encuentra dicha doctrina; pero el cuerpo principal pretende teorizar asuntos teológicos diversos intentando ceñirse a los cánones cristianos.
Resulta interesante la descripción que hace Severo de Prisciliano:
“Muy ejercitado en la declamación y la disputa, agudo e inquieto, habilísimo en el discurso y la dialéctica, nada codicioso, sumamente parco y capaz de soportar el hambre y la sed. Pero al mismo tiempo, muy vanidoso y más hinchado de lo justo por su conocimiento de las cosas profanas”.
De este modo se puede aseverar la tendencia ascética rigorista de Prisciliano, así como la predilección por la vida religiosa comunitaria, igualitaria, desprendida y profundamente evangelizadora. Aunque en el momento en que se da a conocer Prisciliano era laico, bien puede atestigüarse que su objetivo era la renovación de la Iglesia desde dentro y por tanto que su aspiración inicial era acceder al episcopado, como de hecho lograría, aupado por sus fieles Instancio y Salviano: “Elegidos ya para Dios algunos de nosotros en las iglesias, mientras otros procuramos con nuestro modo de vivir ser elegidos”. La base textual de su enseñanza son el Antiguo Testamento y los apócrifos, textos estos últimos que ya eran anatemizados por la ortodoxia católica. En el ámbito del dogma, se ha señalado un aspecto fundamental respecto a su concepción trinitaria, y es la perspectiva que mantiene Prisciliano ante Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya que sostiene que indicarían diferentes “modos de Dios”, no personas.
En cuanto a las prácticas mágicas y como así se recoge en los Tratados, Prisciliano admite tácitamente haber estudiado materias de esa índole (con mención especial a la astrología) y se preocupa por ubicarlas de alguna manera dentro del cristianismo. Por otra parte, las acusaciones de “conciliábulos y reuniones nocturnos con mujeres”, “celebración de misas desnudos”, “reuniones en cuevas y sitios apartados”, “prácticas mágicas”, de tener algo de cierto, podrían indicar la introducción en el culto cristiano de ritos telúricos de diversa índole, tal vez, como se ha llegado a sugerir, con algunas reminiscencias de la magia celta ancestral que tanto arraigó en la Gallaecia, precisamente; sin embargo, esto último son elucubraciones que, aunque con cierto fundamento, no tienen una base sólida en la que sustentarse (al menos documental). Sí que sería interesante saber a qué se refería san Jerónimo (ilustre doctor de la iglesia y contemporáneo de Prisciliano) cuando escribe, aludiendo a él, “Zoroastris magi studiosissimum” (“interesado en la magia de Zoroastro”).
Se menciona repetidamente el interés que suscitó esta herejía en las mujeres; el pensamiento de Prisciliano sobre la mujer es claro y se puede decir que equilibrado para su época. Lo explicita brevemente en los Cánones:
“La mujer y el hombre son iguales por naturaleza, aunque tengan sexos distintos, pero las responsabilidades evangelizadoras de ellas no se equiparan a las de los varones: enseña al pueblo que esté sujeto a las potestades… que las mujeres callen en la iglesia y no tomen el cuidado de la enseñanza”.
En el movimiento hubo mujeres ricas y bien instruidas, aunque no consta que ninguna de ellas formara parte del grupo de los maestros o que poseyera el carisma de la enseñanza y de la predicación. Pero alguna siguió los pasos de Prisciliano en circunstancias difíciles, incluso acompañándole al suplicio como hemos visto. Volveremos a encontrar mujeres relacionadas con herejías o reformas religiosas posteriormente con el catarismo, por ejemplo.
Ya hemos visto, en propias palabras de Sulpicio Severo, como con la muerte de Prisciliano comenzaría el auténtico priscilianismo que ya contaba con un mártir para la causa. Sabemos que a comienzos del siglo V, la situación de la iglesia hispana, sobre todo en las sedes episcopales del noroeste, era especialmente confusa debido precisamente a las diferentes relaciones que mostraban los prelados con el priscilianismo; hacia esas fechas, la mayoría de los obispos de la Gallaecia eran priscilianistas y el culto estaba en su apogeo. Además, se había introducido un componente de secretismo que hacía que los fieles al movimiento condujeran ese culto casi como en una sociedad secreta. Esto hace que algunos teólogos y jerarcas del sector ortodoxo católico busquen apoyo en el papado o incluso en personalidades como el mismo San Agustín para sofocar la candente herejía.

Pese a ello, el priscilianismo continúa en auge manifiesto prácticamente hasta mediados del siglo V, aunque según los textos recogidos en diferentes concilios peninsulares, entre esta fecha y bien entrado el siglo VI la herejía iría perdiendo fuerza progresivamente hasta dejar de suponer un peligro para la iglesia hispana.
Es destacable también el hecho de que el priscilianismo debió coexistir con la religión propia de los suevos, pueblo bárbaro que hacia el año 409 penetró y se asentó en Gallaecia. Este pueblo había adoptado el arrianismo (considerado herejía desde inicios del siglo IV) aunque mantenía reminiscencias de un anterior paganismo. Los suevos abjuraron del arrianismo hacia el 570, gracias a la importante intercesión del ilustre obispo Martín de Dumio, quien presidiría en 572 el II concilio de Braga, donde se pone de manifiesto que el movimiento impulsado por Prisciliano ya es historia, aunque apercibe contra ciertas prácticas ascéticas que recuerdan aspectos rigoristas del priscilianismo.
Quiero transcribir los diecisiete cánones que se establecieron, a modo de anatema definitivo contra las desviaciones gnósticas (particularmente el priscilianismo) en el concilio I de Braga, convocado por el papa Juan III ex profeso el año 561:
“Si alguno niega que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas, de una sola sustancia, virtud y potestad, y sólo reconoce una persona, como dijeron Sabelio y Prisciliano, sea anatema.
Si alguno introduce otras personas divinas fuera de las de la Santísima Trinidad, como dijeron los gnósticos y Prisciliano, sea anatema.
Si alguno dice que el Hijo de Dios y Señor Nuestro no existía antes de nacer de la Virgen, conforme aseveraron Paulo de Samosata, Fotino y Prisciliano, sea anatema.
Si alguien deja de celebrar el nacimiento de Cristo según la carne, o lo hace simuladamente ayunando en aquel día y en domingo, por no creer que Cristo tuvo verdadera naturaleza humana, como dijeron Cerdon, Marcion, Maniqueo y Prisciliano, sea anatema.
Si alguien cree que las almas humanas o los ángeles son de la sustancia divina, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema.
Si alguien dice con Prisciliano que las almas humanas pecaron en la morada celeste, y que por esto fueron encerradas en los cuerpos, sea anatema.
Si alguien dice que el diablo no fue primero ángel bueno creado por Dios, y que su naturaleza no es obra de Dios, sino que ha salido de las tinieblas y es eterno principio del mal, según afirman los maniqueos y Prisciliano, sea anatema.
Si alguien cree que el diablo hizo algunas criaturas inmundas, y que él produce el trueno, el rayo, las tempestades y la sequedad, como dijo Prisciliano, sea anatema.
Si alguno cree, con los paganos y Prisciliano, que las almas humanas están sujetas fatalmente a las estrellas, sea anatema.
Si alguno afirma, al modo de Prisciliano, que los doce signos del Zodíaco influyen en las diversas partes del cuerpo, y están señalados con los nombres de los Patriarcas, sea anatema.
Si alguien condena el matrimonio y la procreación, sea anatema.
Si alguno dice que el cuerpo humano es fábrica del demonio, y que la concepción en el útero materno es símbolo de las obras diabólicas, por lo cual no cree en la resurrección de la carne, sea anatema.
Si alguien dice que la creación de toda carne no es obra de Dios, sino de los ángeles malos, sea anatema.
Si alguno, por juzgar inmundas las carnes que Dios concedió para alimento del hombre, y no por mortificarse, se abstiene de ella, sea anatema.
Si algún clérigo o monje vive en compañía de mujeres que no sean su madre, hermana o próxima parienta, como hacen los priscilianistas, sea anatema.
Si alguno en la feria quinta de Pascua, que se llama Cena del Señor, a la hora legítima después de la nona, no celebra en ayunas la Misa en la Iglesia, sino que (según la secta de Prisciliano) celebra esta festividad después de la hora de tercia con Misa de difuntos y quebrando el ayuno, sea anatema.
Si alguno lee, sigue o defiende los libros que Prisciliano alteró según su error, o los tratados que Dictinio compuso antes de convertirse, bajo los nombres de Patriarcas, Profetas y Apóstoles, sea anatema.”

Y, por último, hay que abordar el controvertido asunto del enterramiento de Prisciliano. Se sabe con certeza que su cuerpo fue traído a tierras gallegas, pero la ubicación de la tumba es un misterio. Probablemente se ha situado en Iria Flavia (actual municipio de Padrón, cerca de Santiago de Compostela) para relacionarlo con el sepulcro hallado posteriormente en esta zona (813) y asignado al apóstol Santiago, y que se convertiría en lugar de peregrinación. De ahí que en el año 1900 el historiador francés Louis Duchesne expresara la teoría de que es en realidad el cuerpo de Prisciliano el que yace en la famosa tumba compostelana adjudicada tradicionalmente a Santiago. A pesar de lo arriesgado de la suposición, no hay nada que lo contradiga ni que lo garantice, lo cual convierte este hecho en una interesantísima cuestión, aunque al parecer y de momento, irresoluble.

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