La Ciudad de Dios de san Agustín
«No os amoldéis al mundo actual, sino sed transformados mediante la renovación de la mente, para que podáis comprobar cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto».
-Carta de Pablo a los Romanos
«Es mediante la aplicación a grandes problemas como los hombres pequeños a menudo se convierten en grandes hombres».
-San Agustín de Hipona
Comenzamos con el presente texto un ensayo, compuesto de varios artículos que se irán publicando sucesivamente, en el que se pretende en principio revitalizar la figura del gran Agustín, obispo de Hipona, quien vivió durante los días más oscuros del Imperio romano. Además, lo situaremos en el contexto del dramático escenario de la historia tal como lo vivió y comprendió el propio Agustín, e intentaremos entender cómo desarrolló su mentalidad para forjar su identidad como agente de cambio positivo en un mundo por lo demás trágico. El ensayo está basado en el admirable y honesto trabajo del autor e investigador Matt Ehret, cuyas teorías, siempre contrastadas por textos y documentos veraces, son brillantes y audaces, además de inéditas en idioma español.
Si el lector percibe patrones similares a los que configuran nuestro mundo actual, plagado de crisis, se podría considerar este trabajo como un éxito.
El mundo de Agustín
Cuando los visigodos llevaron a cabo su primera invasión de Roma en el año 410 d.C., saqueando la que había sido una gran civilización, la idea del «imperio eterno» se desmoronó rápidamente, ya que Roma se había dividido en un bloque oriental y otro occidental tan solo unos años antes.
San Agustín nació en el año 354 d.C. en el antiguo territorio cartaginés de Hipona, en el norte de África (la actual Argelia), y con poco más de veinte años se había convertido en profesor de retórica y en uno de los principales discípulos del recién creado culto del maniqueísmo.
Dado que la mayoría de sus alumnos eran jóvenes de la clase aristocrática —a menudo carentes de fundamentos morales— que simplemente querían aprender el arte de la persuasión (también llamado retórica) para labrarse carreras en política y derecho, Agustín se vio sometido a remordimientos de conciencia, pero por entonces carecía de medios para resolver su tensión interior.
A pesar de haber escrito docenas de obras extraordinarias, una de sus obras más famosas se titula Las Confesiones, la cual escribió en el año 398 d.C. y en la que describe cómo había superado y resuelto los nudos espirituales y contradicciones internas que le habían causado una gran angustia durante sus primeros años.
Alabando a un antiguo alumno por una vida filosófica dedicada a la búsqueda de la sabiduría, en lugar de la vida de éxito material a la que Agustín se había dedicado anteriormente, escribió:
«¡Despierta! ¡Despierta, te lo ruego! Créeme, agradecerás que los dones de este mundo apenas te hayan cautivado con los éxitos con los que atrapan a los incautos. Intentaron atraparme mientras yo cantaba sus alabanzas a diario, hasta que el dolor en mi pecho me obligó a abandonar mi profesión inflada y a refugiarme en el seno de la filosofía. Ahora la filosofía me nutre y me sostiene en ese retiro que tanto anhelábamos. Me ha liberado por completo de la superstición en la que te había arrojado de cabeza junto conmigo. La filosofía enseña, y enseña con verdad, que nada de lo que sea discernido por ojos mortales, ni con lo que entre en contacto ninguno de los sentidos, debe ser adorado.
La filosofía promete que revelará al Dios verdadero y oculto y de vez en cuando se propone mostrarnos un atisbo de Él a través de las brillantes nubes, por así decirlo».
En sus Confesiones, Agustín documenta su viaje espiritual, que lo llevó a abandonar su cosmovisión pagana/maniquea y convertirse al cristianismo a los 30 años. Tras ser bautizado en el año 385 d. C. y ganar influencia dentro de la Iglesia, decidió intervenir decisivamente en su sociedad en decadencia.
La vida durante el fin de un imperio
En el año 380 d. C. se promulgaron ciertos edictos que convirtieron al cristianismo en la religión oficial del Imperio romano, pero debido a que el colapso de Roma se aceleraba, las cadenas de suministro se rompían y el tejido social se desmoronaba, la gente buscaba un chivo expiatorio fácil al que culpar… y el nuevo movimiento cristiano se convirtió en ese chivo expiatorio.
A lo largo de sus cuatro décadas de obra, Agustín se esforzó por esclarecer las verdaderas causas del lento declive de Roma (que comenzó mucho antes del nacimiento de Jesús). Al llevar a cabo esta tarea, no solo protegió al cristianismo de sus enemigos internos y externos, sino que revolucionó por completo la teología cristiana, tanto en teoría como en la práctica.
En la época de Agustín, el sumo sacerdocio de los cultos mistéricos que presidió el colapso de Grecia tras la muerte de Platón y la transformación de Roma de república en imperio tras el asesinato de Cicerón en el 43 a. C., deseaba claramente instrumentalizar el cristianismo para sus propios fines imperiales. Al mismo tiempo, estos mismos sumos sacerdotes se dedicaron a difundir cultos pseudocristianos gnósticos con el fin de socavar la fe desde dentro.
Agustín no lo aceptó y decidió lanzar un nuevo movimiento renacentista que recogiera lo mejor de lo que había aprendido de Platón y Cicerón, añadiendo al mismo tiempo las enseñanzas del Nuevo Testamento en una síntesis innovadora nunca antes vista.
No nos equivoquemos: Agustín no fue un simple obispo o teólogo. Fue un pensador renacentista de primer orden, autor de obras revolucionarias sobre teoría musical (Sobre la Música), reforma educativa (Sobre la educación cristiana), política (La ciudad de Dios), además de filosofía y reforma religiosa.
La evolución de Roma y el ascenso de Alejandro Magno
Antes de poder apreciar debidamente la lucha de Agustín, detengámonos un momento para comprender cómo se preparó el escenario que dio forma a su mundo y que él, a su vez, moldeó tan profundamente.
Dado que Agustín vivió los últimos días del Imperio romano, planteémonos las siguientes preguntas: ¿qué era Roma? ¿Cómo surgió como imperio y qué provocó su colapso?
Antes de que Roma se convirtiera en la potencia hegemónica dominante del mundo antiguo, el Imperio aqueménida de Persia desempeñó ese papel. Este imperio se extendió entre el 550 y el 332 a. C.
En su apogeo, el Imperio persa se extendía desde la India, Asia Central, Turquía, Egipto y Grecia. Conquistó Egipto y llegó hasta Macedonia, donde un personaje llamado Filipo II de Macedonia gobernó entre el 359 y el 336 a. C. Filipo II desempeñó un papel ambivalente durante su reinado. Por un lado, combatió a Persia en varias batallas, dando la impresión de ser su enemigo acérrimo y un aliado de los griegos asediados que buscaban su ayuda contra las fuerzas invasoras orientales. Sin embargo, según cartas intercambiadas entre los enviados persas en Rodas y el rey Filipo II, se ha revelado que el monarca también colaboraba secretamente con el sumo sacerdocio en la planificación de un imperio occidental que se separaría de Persia, pero siempre siguiendo el modelo persa.
El filósofo Lyndon LaRouche escribe que este nuevo arreglo estaba «sujeto a la condición de que ordenara los asuntos internos de esa “división” según lo que las cartas describen indistintamente como “el modelo persa” y “el modelo oligárquico”. La “Ética y la política a Nicómaco” de Aristóteles son las especificaciones más detalladas de los principios oligárquicos de este tipo. Dentro de la Grecia clásica, los modelos oligárquicos incluían la Esparta de Licurgo, la Tebas de Cadmia y los templos del culto a Apolo (Horus, Lucifer, etc.) en Delfos y Delos».
Varios de los alumnos más destacados de Platón desempeñarían un papel influyente en la formación del pensamiento del hijo de Filipo de Macedonia, Alejandro, quien llegó al poder poco después del asesinato de Filipo en el año 336 a. C.
Es bien conocida la historia de que Alejandro fue discípulo de Aristóteles, y que Aristóteles fue discípulo de Platón, pero esta también es una mentira persistente que ha acompañado la narrativa de Alejandro Magno desde el día de su muerte. Lo cierto es que Aristóteles no era amigo ni de Platón ni de Alejandro, y de hecho intentó infiltrarse en la academia de Platón para debilitarla desde dentro cuando este ya era anciano. Tras la muerte de Platón, Aristóteles no logró arrebatarle el control de la academia a su devoto discípulo y sobrino, Espeusipo, quien reconoció cómo Aristóteles había deformado insidiosamente la filosofía del gran maestro.
Aristóteles se vio obligado a abandonar Atenas y regresó a su tierra natal, el reino de Macedonia, por invitación de Filipo II, quien deseaba explícitamente que Aristóteles instruyera a su hijo en el arte de administrar un imperio, al tiempo que asesoraba directamente a Filipo II.
Cuando los platónicos que rodeaban a Alejandro Magno volvieron a descubrir las manipulaciones de Aristóteles, este se vio obligado una vez más a abandonar su sueño de controlar un nuevo imperio occidental y fundó su propia academia, a la que llamó «El Liceo», en el año 335 a. C. En el Liceo, Aristóteles pudo enseñar su peculiar filosofía, basada en la memoria (en lugar de en el descubrimiento).
Es fundamental destacar que Aristóteles desarrolló un método de pensamiento que se oponía por completo a todas y cada una de las dimensiones morales y de principios de la filosofía integral y el método orientado al descubrimiento desarrollados por Platón.
Cuando Alejandro se dio cuenta de cómo Aristóteles le había estado manipulando, despidió de inmediato a su tutor y se embarcó en una vasta empresa de construcción de ciudades que pronto reemplazó todo el Imperio persa con algo nunca antes visto.
Durante este tiempo, Alejandro incluso descubrió un complot para asesinarlo, liderado por Calístenes (sobrino de Aristóteles e historiador oficial de Alejandro Magno), a quien condenó en el 327 a. C. Los consejeros de Alejandro siempre sospecharon que su antiguo tutor había coordinado el complot desde la distancia.
El mentor que desempeñó un papel mucho más importante en la visión del mundo de Alejandro y en su pensamiento estratégico para derrocar al Imperio persa fue una figura llamada Delio de Éfeso. Delio fue alumno de la Academia de Platón y una figura destacada de la época, que recientemente había fundado su propia escuela, la cual continuaba con el programa platónico.
Delio de Éfeso también se aseguró de que el joven Alejandro tuviera acceso a las obras del gran aliado de Platón, Jenofonte, quien había escrito una biografía semificticia de Ciro el Grande, diseñada para inspirar a los futuros reyes filósofos a la virtud y al amor por la sabiduría. Este es un libro que Alejandro llevó consigo en todos sus viajes y con el que intentó emular la Chipre de Jenofonte como un gran modelo a seguir en la construcción de ciudades.
Alejandro no deseaba ser un tirano que simplemente se expandiera, saqueara y robara colonias, ni que intentara crear un imperio para la explotación y la esclavitud. Se veía a sí mismo como un verdadero constructor de civilizaciones que difundiría lo mejor de la civilización helénica hasta Asia. Bajo la guía de los verdaderos herederos de Platón, Alejandro sucedió a su padre (cuyo asesinato sigue siendo un misterio hasta el día de hoy) y se convirtió en rey de Macedonia a la edad de 20 años. A partir de ahí, no tardó en derrotar al Imperio persa y establecer un gran imperio, aunque efímero, que perduró hasta su muerte en el 323 a. C. a la edad de 32 años.
Y como podemos ver, la evidencia de la gran tradición artística helénica se puede encontrar incluso en lugares como el Reino de Bactria y el recientemente descubierto Reino de Gandhāra, que se extendía por las fronteras actuales de Afganistán, Pakistán e India. Este increíble reino, establecido bajo Alejandro Magno, perduró durante más de tres siglos (hasta su desaparición en el año 10 d. C.).
Situada en lo que hoy es Pakistán y Afganistán, Gandhara fue una capital política y cultural de Asia desde el siglo I a. C.
El Imperio Maurya, que unificó la India e inauguró una edad de oro bajo el reinado de Chandragupta Maurya (fundador del reino y aliado de Alejandro Magno), desarrolló un profundo renacimiento que alcanzó su punto álgido durante el reinado de 40 años del nieto de Chandragupta, Ashoka (que reinó entre el 268 y el 232 a. C.).
En el reino grecobudista de Gandhāra, los arqueólogos han encontrado arquitectura y esculturas que utilizan la proporción áurea, y se hallan maravillosas esculturas realistas que representaban a Buda por primera vez. Asimismo, se aprecian técnicas artísticas helenísticas. Alejandro también impulsó un programa para fomentar la educación y la preservación del patrimonio cultural local, sus escritos y lenguas.
Alejandro se aseguró de que los gobernadores locales de los territorios conquistados mantuvieran su influencia dentro de su nuevo sistema. En cada región que conquistó, buscó generar confianza y lealtad entre sus nuevos súbditos y construyó vastas obras públicas, infraestructura, templos y escuelas en todo su reino.
Fue sumamente impresionante, pero lamentablemente también muy efímero, ya que el nuevo imperio solo perduró desde el 334 hasta el 323 a. C. Su fin se debió a la muerte prematura de Alejandro, quien cometió el simple error táctico de cenar en Babilonia. Si bien nunca se demostró que Alejandro fuera envenenado, su madre Olimpia y el mariscal de campo Antígono acusaron a Aristóteles de confabularse con su discípulo Casandro, a quien acusaron de haberle administrado la droga durante el banquete de Alejandro en Babilonia.
En el siglo II d.C., el historiador y estratega militar griego Arriano escribió una biografía exhaustiva de Alejandro Magno en la que especuló sobre los asesinos de Alejandro, diciendo:
«Soy consciente de que se ha escrito mucho más sobre la muerte de Alejandro: por ejemplo, que Antípatro le envió una medicina adulterada y que la tomó, con consecuencias fatales. Se cree que Aristóteles preparó esta droga, pues ya temía a Alejandro a raíz de la muerte de Calístenes, y se dice que fue Casandro, hijo de Antípatro, quien se la trajo. Algunos relatos afirman que la trajo en la pezuña de una mula, y que se la dio a Alejandro un tal Yolas, hermano menor de Casandro, quien era su copero y había sido herido por él poco antes de su muerte».
Independientemente de si Aristóteles ordenó o no el asesinato de su antiguo alumno, tras su muerte, el imperio de Alejandro se dividió de inmediato.
Las conquistas de Alejandro Magno
La fuerza unificadora del liderazgo de Alejandro se desmoronó por completo cuando varios generales de mentalidad más mezquina tomaron el control de regiones del imperio. El general Ptolomeo había creado una dinastía como líder de los territorios egipcios. El general Seléucida creó una dinastía en los territorios de Asia central y sudoccidental. También estaban Antígono, Casandro y otros generales que tomaron el control de sus territorios y establecieron sus propias pequeñas dinastías, que rápidamente degeneraron en luchas entre sí.
Este periodo de decadencia de los señores de la guerra no fue muy diferente del «Período de los Reinos Combatientes» en China, que también tuvo lugar durante esta época.
Con la pérdida de liderazgo y el auge de las luchas internas y el caos, muchos de los cultos mistéricos que habían perdido poder durante el reinado de Alejandro recuperaron influencia. Entre ellos se encontraban las sectas Shakti e Ishtar del este, que se extendieron rápidamente por Occidente adoptando diferentes formas según los gustos de las poblaciones a las que se dirigían. Bajo el reinado de los Ptolomeos, se produjo el auge del culto a Isis, que ahora se restablecía en Alejandría.
El culto solar persa de Mitra (Sol Invictus), que tenía paralelismos con los dioses solares Marduk de Babilonia y Apolo de Grecia, comenzó a extenderse por Anatolia junto con el culto a la Magna Mater de Cibeles-Atis. La corrupción se fue infiltrando en la sociedad cada vez con mayor rapidez con el paso de los años.
Mientras el antiguo imperio occidental de Alejandro se sumía lentamente en el caos, los chinos vivían su propio momento de gloria con la dinastía Han, que ascendió al poder en el año 200 a. C., dando lugar a un brillante renacimiento confuciano, paz, mejoras internas y la unificación de China en un solo reino por primera vez en siglos. A diferencia del caso de Alejandro, la unificación china perduró durante siglos.
La conexión con la Ruta de la Seda
La Ruta de la Seda, que unió la cultura china con las culturas persa, árabe, griega, romana y africana, surgiría por primera vez con la dinastía Han, aproximadamente un siglo después de la muerte de Alejandro Magno.
A pesar de que muchos historiadores modernos intentan tratar la expansión de Alejandro Magno de oeste a este y el programa chino de este a oeste como dos eventos separados, la conexión entre ambos programas es innegable en el estudio de la Historia Universal. De no haber sido por los esfuerzos helenizadores de Alejandro, es improbable que la Ruta de la Seda hubiera surgido.
Con la muerte de Alejandro, el gran potencial para crear una ciudad de Justicia, Amor y Bondad, que tratara a todos los seres humanos como divinos, razonables y auto-perfectibles —tal como Platón lo había expuesto en su República, o como Solón lo había soñado mucho antes— se desmoronó.
Justo a las afueras del caos de las regiones que antes conformaban el imperio de Alejandro, se divisaba el pequeño estado de Roma frente a su vecino del sur, Cartago, al otro lado del Mediterráneo. Muchos conocen la expresión «Carthage delenda est», es decir, «Cartago debe ser destruida», el grito de guerra de Roma durante sus devastadoras batallas contra su némesis, pero pocos comprenden cómo se produjo esta guerra, por qué estos antiguos aliados se convirtieron en enemigos o cómo esto nos ayuda a entender los orígenes del Imperio romano.
continúa en la parte 2……………




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