Se denomina viaje astral a la experiencia de desdoblamiento o abandono temporal del cuerpo, es decir, la experiencia subjetiva y consciente de estar fuera del propio cuerpo físico.
En este artículo desarrollaremos el concepto de viaje astral, tal y como se entiende desde diferentes movimientos religiosos y espiritualistas, y básicamente desde la visión de la enseñanza esotérica. Por tanto, lo que aquí expondremos no se debe tomar como cierto; sin embargo, consideramos que puede tener su utilidad a la hora de estimular a nuestra mente para buscar el sentido intuitivo de la estructura metafísica del Universo, ya que obviamente nos resulta imposible desde nuestro mundo material acceder directamente a ese tipo de conocimiento, emanado directamente de nuestro Creador.
Sin embargo, este fenómeno se ha intentado abordar de modo científico mediante estudios sociales e incluso algunos experimentos de laboratorio, pero dada su naturaleza intrínseca y la carencia de instrumentos de medición aplicables a su naturaleza, no se han conseguido resultados o evidencias que establezcan teorías concluyentes, por lo que desde el punto de vista de la ciencia se sigue considerando el viaje o proyección astral algo así como una alucinación de carácter subjetivo y psíquico. Pero esto no es así en la enseñanza esotérica, donde la proyección astral es un fenómeno normalmente admitido cuyo conocimiento y práctica forma parte integral de la experiencia de iniciación y desarrollo espiritual del ser humano (según ciertas creencias), aunque pertenece a un orden superior que exige una sólida base teórica y experimental dado el delicado componente psicológico que esencialmente conlleva.
Desde el punto de vista de las principales religiones occidentales, algunos hechos puntuales narrados principalmente por santos parecen cuadrar en la definición de experiencia de desdoblamiento corporal (san Juan de la Cruz, santa Teresa…) e incluso el propio dogma de la inmortalidad del alma se podría interpretar en teoría como una cierta consciencia independiente del cuerpo físico (y superviviente al mismo, lo cual sería un punto de partida interesante), pero estas religiones en general rechazan tajantemente la posibilidad de la experiencia extracorporal. El Islam admite la existencia del viaje astral, de modo tácito y en base a ciertas experiencias del mismo profeta Mahoma; no obstante, no ofrece más guías o explicaciones al respecto, al menos en su aspecto exotérico. Por el contrario, en las religiones orientales el viaje astral es avalado por la tradición más ancestral y es bien conocido y relacionado íntimamente con la meditación y otros métodos específicos; es así como el budismo, por ejemplo, no sólo admite sino que aporta una importante base teórico-práctica a la experiencia fuera del cuerpo.
Y si estudiamos algunos movimientos religiosos precristianos, nos encontramos interesantes ejemplos relacionados con las proyecciones astrales y desdoblamientos, como por ejemplo en la doctrina religiosa del antiguo Egipto. Y en ámbitos más locales, digamos, encontramos el viaje astral o desdoblamiento íntimamente asociado al folclore o culto específico, como sería el caso de determinados ritos chamánicos localizados en diversos lugares del mundo.
A partir de todo lo anterior, y basándonos en el conocimiento aportado por la doctrina esotérica (el único disponible y que puede ser objeto de debate sea cual sea nuestra mentalidad) respecto a este tema, podemos plantearnos la realidad del viaje astral como fenómeno objetivo y tratar de analizar su proceso, aunque sea someramente.
En primer lugar, hay que entender que el proceso del desdoblamiento implica específicamente el desplazamiento (voluntario o no) de la propia consciencia fuera del cuerpo físico: hacemos aquí un inciso; utilizaremos el término «consciencia” deliberadamente para referirnos a aquella parte de nuestra psique que experimenta, acaso percibe, el suceso del desdoblamiento. Las palabras “consciencia” y “conciencia” suelen considerarse semejantes, pero existe una sutil diferencia; en este caso alude a la atención, a la percepción sensitiva de lo que nos rodea, sin emisión alguna de juicio u opinión. Se puede “ser” o “no ser” consciente; se puede “tener” o “no tener” conciencia, en ambos casos por supuesto en su determinada medida, y la correcta intuición del sentido y aplicación de estas palabras es una llave que abre una puerta a una clarificadora visión de lo que es el mundo mental en contraposición al mundo material, o la existencia de los planos ocultos y el mundo mental.
Volviendo al desdoblamiento, partimos de la premisa del traslado (por llamarlo de alguna manera) de la consciencia fuera del cuerpo físico, hecho aparentemente antinatural, pero que podría no serlo tanto si nos fijamos en el acto del sueño físico y las representaciones mentales que tienen lugar durante el mismo. Durante el ensueño se producen una serie de manifestaciones mentales que pueden implicar a los sentidos y relacionarse con la realidad, aunque desde el punto de vista científico se trate de un proceso involuntario de recreación de experiencias presumiblemente ya vividas y por tanto ya contenidas en la memoria. En este sentido, sin embargo, el doctor Sigmund Freud fue un paso más allá, manifestando que el material con que se elaboraban los sueños procedía del inconsciente (o subconsciente), el cual sería la vía por la que accede la información más o menos distorsionada procedente del lado más oculto de la mente. Este razonamiento, en cierta forma pulido por su discípulo Jung, es sostenido por el psicoanálisis desde entonces, y abre una amplia vía de posibilidades al permitirnos atisbar la posibilidad de otros planos de consciencia, otras “realidades”, yuxtapuestas y coexistentes pero a la vez en cierto modo independientes entre sí. Podríamos decir lo mismo del acto de «ensimismamiento» en que caemos a veces, cuando un determinado pensamiento puede llevarnos a ser ajenos casi completamente al tiempo y espacio en que «realmente» estamos.
A diferencia del sueño, el desdoblamiento exige ser consciente de que el yo se ha desubicado del cuerpo físico, el contenedor protector, suceso de por sí ciertamente traumático y excepcional. Siempre según el esoterismo, esta situación sería similar a la de la muerte física, en que la propia consciencia abandona el cuerpo ya sin vida (en teoría); no obstante, en el caso del viaje astral el cuerpo físico mantendría las constantes vitales en todo momento, por lo que se entiende que debe existir un nexo de unión sutil pero a la vez lo suficientemente fuerte como para enlazar la consciencia al propio cuerpo físico y mantener la vitalidad y cohesión entre ambos. Efectivamente, este “lazo” de unión existe, se le denomina en el ámbito ocultista “cordón de plata” y sería una especie de cuerda, lazo o cordón invisible al ojo físico, compuesto de materia indeterminada, de color aparentemente plateado (aunque más bien por el fulgor que desprende según los testimonios), grosor cambiante y extrema elasticidad que uniría la consciencia al cuerpo físico de manera parecida (salvando las distancias, por supuesto) a como lo hace el cordón umbilical en el vientre materno. Parece ser que una de las funciones de este cordón de plata sería la de mantener unida la consciencia al cuerpo, además de la de un probable intercambio de energía o pulso vital; se suele decir en el ámbito de la paraciencia que la rotura del cordón conduciría inexorablemente a la muerte física. Según esta teoría, la muerte física implicaría la rotura (más bien desaparición o debilitamiento total) del cordón de plata, pero la propia composición cualitativa del cordón hace que este no pueda romperse (en el sentido de esta palabra) sino, en todo caso, perder su funcionalidad en base a la propia composición de los canales de energía invisibles de nuestro ser. En todo caso, obviamente no existen testimonios confiables de individuos que hayan presenciado la “rotura” del cordón.
Una vez conocida la existencia del cordón de plata y valorada la posibilidad del viaje astral, la siguiente cuestión importante sería comprender de qué modo la consciencia podría conservar su funcionalidad fuera del cuerpo físico. ¿Acaso nuestra consciencia es una entidad autónoma capaz de cambiar de ubicación de forma drástica sin perder su esencia ni alterar su composición? Parece ser que sí, y aquí hemos de identificar el término “consciencia” con la idea genérica del alma humana (forma insustancial inherente al ser humano, especie de atributo de substancia divina). Admitamos que este alma-consciencia puede trascender la realidad material que conocemos sin perder su esencia y en base a esa misma esencia, obviamente de carácter inmaterial y por tanto susceptible de “moverse” en el ámbito o plano espiritual (inmaterial). Si admitimos esto, como digo, tendremos que pensar que, habiendo trascendido la realidad material conocida, el nuevo entorno en el que se mueve entonces la consciencia ha de ser de alguna forma “distinto”, tiene que haber sufrido algún cambio cualitativo; en definitiva, hablamos de un mundo “interior”, cuya “realidad” sería incomprensible e imponderable desde un punto de vista científico, al menos en nuestro actual estado de desarrollo y comprensión de la naturaleza.
La lógica nos impulsa a pensar que la composición material de ese mundo interior tiene que ser bastante distinta de lo que en este mundo conocemos, determinando el movimiento y la percepción de la consciencia. Para hacernos una idea, pensemos por ejemplo en el «material» de que están hechos nuestros sueños.
Llegados a este punto no tenemos más remedio que apoyar nuestras reflexiones en las enseñanzas de la doctrina esotérica. Esta nos dice que hay varios planos de existencia superpuestos al plano o mundo material que conocemos y experimentamos con los sentidos. Todos estos planos, incluido el físico ya conocido, son coherentes entre sí, se superponen o entrelazan y en conjunto forman un todo compacto e indisoluble. La diferencia entre ellos estriba en su composición material, que va de más espesa y compacta (plano físico) a la más sutil y etérea (plano espiritual). Nosotros experimentamos e interaccionamos en estos planos simultáneamente, y de acuerdo a la esencia de cada plano así una acción cualquiera tendrá un efecto u otro.
La existencia de estos planos interiores no es descrita sólo por los textos herméticos tradicionales, también consta en la enseñanza de religiones orientales como el budismo, y forma parte asimismo de los textos más antiguos de la medicina y anatomía alternativa china o hindú, disciplinas que estaban íntimamente ligadas a la religión y la espiritualidad. A este respecto podemos mencionar, a modo de ejemplo, que el maestro oriental Osho habla de la existencia de hasta siete cuerpos “dentro” de cada uno de nosotros: cuerpo físico, etérico, astral, mental, espiritual, cósmico y nirvánico, todos ellos operando simultáneamente e interpenetrándose, pero cada uno con sus propios atributos o cualidades. Asimismo, en otros textos se mencionan diferentes planos, generalmente denominados plano físico, etérico, astral, mental y causal. El número o denominación de los planos o cuerpos sutiles nos es indiferente; basta con comprender que hay varios niveles de existencia, interconectados y ocupando el mismo lugar al mismo tiempo, sólo que diferenciados por la sutilidad de su esencia (por su vibración, dice la ciencia esotérica) y de lo que se deduce que se puede percibir cada uno de ellos de forma independiente (en función de dicha esencia), aunque globalmente las leyes universales que los rigen sean válidas para todos ellos.
Lo cierto es que son realmente pocos los ocultistas occidentales de renombre que han identificado y descrito de alguna manera los planos interiores en sus obras; probablemente la Sociedad Teosófica de madame Blavatsky sea el ejemplo más conocido y llamativo, ya que se encargó de acercar este conocimiento al mundo occidental en general importándolo de la tradición oriental, aunque aderezado con las experiencias extrasensoriales particulares de algunos de sus más insignes miembros, como la propia Blavatsky, Annie Besant o C. W. Leadbeater, que en algunos de sus libros describieron los planos sutiles, pero de un modo muy subjetivo, basado principalmente en sus propias experiencias con la proyección de la consciencia.
La única forma que tenemos de conocer estos planos es trasladando nuestra consciencia a cada uno de ellos; esta permanecerá inmutable, aunque cambiará la percepción y experiencia según la materia que conforme cada plano. En realidad no es que la consciencia visite cada plano de forma autónoma, sino que se transfiere a un cuerpo peculiar de cada plano (entendiendo por cuerpo una determinada envoltura o soporte vital), ya que disponemos de tantos cuerpos como planos hay; estos cuerpos se estructuran de la esencia de cada plano y por tanto pueden operar como vehículo para cada esfera existencial, tal y como actúa nuestro cuerpo físico en el mundo material.
Podríamos resumir todo lo anterior de la siguiente forma: el Universo está formado por varios planos de existencia que se superponen e interpenetran y que funcionan simultáneamente, cuya diferencia estriba en la esencia vibratoria de la materia que los compone, yendo de menos a más sutil la cualidad de ésta. Pensemos en la diferencia cualitativa entre la tierra, el agua, el fuego y el aire y en la posibilidad de elementos más sutiles. El hombre, asimismo, sería un ser multidimensional, en el sentido de existir en esos planos como individualidad y estar capacitado para trasladar su consciencia a cada uno de ellos para conocerlo y experimentarlo operando conscientemente mediante un cuerpo adecuado a las leyes físicas peculiares de cada plano en base a su composición, y en todo caso manteniendo la integridad de todos ellos. Este sería el fundamento teórico del viaje astral.
Diferentes psíquicos y ocultistas han descrito e identificado viajes astrales al plano etérico o al plano astral, y unos pocos han hablado de la sustancia del plano mental; los planos superiores son prácticamente desconocidos. Algunos ocultistas han mencionado que, a partir del plano mental, las formas empiezan a “desvanecerse”, por lo que sería realmente difícil transferir la consciencia a esos planos; por otro lado, puede que el desarrollo espiritual (esencia vibratoria) de cada individuo influya en su capacidad de proyectar su consciencia a los planos más elevados.
También hay que entender que la actividad desarrollada en cada plano, sea cual sea el carácter e intensidad de la misma, ha de influir en el resto de ellos y, de alguna manera, configurar y modelar la experiencia vital en conjunto del individuo. Esto último es de suma importancia, ya que determinaría la función específica de cada plano y el mecanismo de su relación con los demás, y este conocimiento nos llevaría a la comprensión del hombre en toda su integridad, desde su esencia más sutil hasta su manifestación más materialista.
Se ha mencionado que el viaje astral puede ser una experiencia involuntaria o voluntaria. El primer caso implicaría la intervención de una fuerza incontrolada e inesperada o un suceso traumático; se han descrito casos así, pero dada la ausencia de control y la subjetividad de estas experiencias no se pueden investigar ni comprender en profundidad. Respecto al segundo caso, se dice que se puede inducir un viaje astral a voluntad de diversas maneras, que irían desde lo más básico, como el uso de drogas u otros elementos alteradores de la psique, la práctica de determinados rituales o el aprendizaje de métodos específicos que requieren un cierto entrenamiento mental.
Se admite generalmente que la propia personalidad de cada individuo puede predisponerle en mayor o menor medida al viaje astral, y que ciertos hábitos de vida también pueden facilitar o bloquear la experiencia. También parece ser que las influencias planetarias se deben tener en cuenta, al menos las más evidentes como las fases lunares, y que es de gran utilidad el aprendizaje y comprensión de una simbología particular usada en forma de representación y visualización mental.
¿Qué es lo que se puede esperar encontrar al realizar un viaje astral? Es difícil responder a esta pregunta, dado que la propia experiencia del viaje es subjetiva de por sí. Principalmente se visualizaría la composición de la materia a nivel interno, y la posibilidad de la manipulación de la misma. Las formas o representaciones que pueda uno encontrar allí surgirán presumiblemente en función de la psique de cada uno; el beneficio que esto puede traer a cada individuo es imposible de determinar. Es de esperar que a nivel psíquico el impacto del viaje astral ha de ser bastante profundo y de consecuencias imprevisibles. Determinadas sociedades esotéricas han utilizado sin duda el viaje astral como medio ritual práctico; lógicamente la experiencia grupal guiada debe minimizar el impacto del desdoblamiento, pero realmente ha sido poca la información que ha trascendido fuera de estas sociedades al respecto de la metodología utilizada. Estos mismos grupos hablan de la peligrosidad o inconveniencia de realizar los viajes astrales.
Creemos que es recomendable el estudio de los planos interiores y los cuerpos sutiles del ser humano según la metafísica oriental, conocimiento ampliamente presente en la literatura aunque esté descrito de diversas maneras o desde diferentes puntos de vista. Asimismo podemos mencionar, siempre que se traten con una visión objetiva (y «cogidos con pinzas»), los textos y opiniones de los teósofos arriba citados y otros miembros de la Sociedad Teosófica que han escrito libros en la misma línea. En el ámbito del esoterismo occidental, son muy importantes en este campo los libros de Dion Fortune, que a pesar de no ser generalmente muy explícitos, destilan importante información respecto a los planos internos y los viajes astrales presumiblemente obtenida por la autora de primera mano. La lectura de “Autodefensa psíquica” es casi obligada. Muy interesantes también son los libros de W. Atkinson respecto a la operatividad mental en los planos internos, así como las enseñanzas contenidas y simplificadas en “El kybalion”. Aquellos más imaginativos pueden consultar las experiencias de Carlos Castaneda con Don Juan y sus extraordinarias transfiguraciones provocadas por el consumo de peyote.
