ZOROASTRISMO

zoroastrismo

El zoroastrismo fue una de las grandes creencias religiosas del mundo antiguo; tuvo su epicentro geográfico en el corazón del imperio persa en su época de mayor esplendor, más o menos el territorio del actual Irán, y su influencia se llegó a extender hasta China por el extremo oriental y hasta Asia Menor por el occidental.

Durante casi trece siglos, los tres grandes imperios persas preislámicos, el aqueménida, el parto y el sasánida, fueron las únicas potencias que quedaron en cierta forma fuera de la dominación helenística o romana: las tres profesaban el zoroastrismo. En un momento en que la mayoría de los pueblos que constituían la cuna de la civilización occidental practicaban la idolatría, el zoroastrismo ya proclamaba que no había más que un solo dios creador, Ahura-Mazda (de aquí proviene la palabra mazdeísmo con que también se designa al zoroastrismo), que reinaba sobre toda la creación. En oposición a éste, aunque por debajo de él, había un ser independiente esencialmente maligno, Ahriman. Esto convirtió al zoroastrismo en una de las religiones importantes más antiguas de esencia monoteísta.

 
El zoroastrismo creía en la dignidad intrínseca e inalienable del ser humano, en la igualdad bajo la ley, en el derecho de todo individuo a llevar una vida justa y feliz en este mundo, y en la obligación de los seres humanos de ejercer una dirección responsable sobre las demás creaciones de este mundo, consideradas igualmente sagradas. Esta religión fue la primera que promulgó las doctrinas del cielo y el infierno, del juicio final, del curso lineal de la historia y de la redención mesiánica. Tanto los antiguos griegos como los hebreos tuvieron contacto directo con el zoroastrismo, y aunque no llegaron a aceptar por completo su visión filosófica del dualismo cósmico no cabe duda de que tanto las religiones de Grecia o Israel como posteriormente el Islam o el cristianismo fueron influenciados en diversa medida por dicho credo zoroástrico. La explicación zoroástrica del mal como fuerza independiente pudo influir en las concepciones cristianas de Satán, además de que una derivación del zoroastrismo, el maniqueísmo, fue durante algunos siglos una fuerza intelectual significativa dentro del cristianismo primitivo, habiendo contado entre sus adeptos al mismo San Agustín.

 
Sin embargo, tras la invasión árabe de Irán en el siglo VII d.C. el zoroastrismo se vio eclipsado en gran medida en el escenario histórico. A partir de dicha invasión muchos de sus adeptos, buscando la libertad religiosa, salieron de su tierra y se instalaron en el oeste de la India donde todavía viven sus descendientes, los parsis, una comunidad que se estima cuenta actualmente con unos 70.000 fieles en la India y alrededor de 100.000 en todo el mundo (cantidad en franca y constante disminución) y que continúa profesando la religión zoroástrica.
El profeta fundador y promotor fundamental de este movimiento religioso fue Zoroastro (derivado de la forma griega del nombre, castellanizado sería Zaratustra), del cual se tiene escasa información directa; prácticamente todo lo que se sabe de él proviene de referencias indirectas teñidas de misterio y leyenda, o extraídas de sus propios escritos. Zoroastro dejó como legado un texto primordial donde expuso la doctrina de su religión. Este texto se conoce como Avesta, y tomándolo como referencia junto con algunos otros datos comparativos e históricos se han podido argumentar algunas hipótesis razonables acerca de la vida de Zoroastro. Aunque existe la teoría de que lo que conocemos como Zoroastro fueron en realidad una diversidad de personajes a lo largo de una línea temporal aglutinados como un mismo profeta, yo voy a partir del supuesto de que se trataría de un solo hombre, dado que, sea como fuere, no afectaría demasiado a lo que interesa, que es la esencia de la doctrina mazdeísta.

 
El principio del Avesta está compuesto en una lengua muy antigua del este de Irán, relacionada con el védico (la forma más antigua conocida del sánscrito), correspondiente al II milenio a.C. No hace mención a lugares reconocibles, pero en partes posteriores del texto se enumeran poblaciones iranias en una línea que va, aproximadamente, desde el noroeste hacia el suroeste. Se ha sugerido, en consecuencia, que la tribu irania primitiva a la cual pertenecía Zoroastro vivía en algún lugar al noreste de Asia central, a mediados del II milenio a. C., siglos antes de que los nómadas de habla irania se establecieran en los territorios del actual Irán. En el Avesta se menciona a Airyanem Vaejah como la tierra originaria de los iranios, un lugar casi mítico difícilmente localizable, aunque se ha aventurado que podría corresponder con las tierras altas del centro de Afganistán o incluso la región de Cachemira.
Se estima (con muchas reservas) que Zoroastro pudo vivir en algún período entre el principio del primer milenio y el siglo VI a. C. Su propio nombre significa “conductor o criador de camellos”. Pertenecía a un pueblo seminómada, pastoril, que adoraba a las fuerzas de la naturaleza y, como era usual en aquella época, practicaba la idolatría. Las condiciones de la tierra que habitaban eran bastante rigurosas, por lo que tiene sentido que adoraran específicamente al fuego y la luz del sol, considerando la oscuridad como una representación del mal (hasta el día de hoy el color emblemático del zoroastrismo es el blanco). En este entorno nacería Zoroastro, y su nacimiento ya está marcado por la leyenda, según los testimonios que han llegado a nosotros.

 
Antes del nacimiento de Zoroastro, algunos magos malvados ya sabían que nacería un profeta que enseñaría al pueblo el culto a Ahura-Mazda, y conocían que su madre sería una mujer llamada Dughdova. Así pues, planearon matarla para evitar el nacimiento y para que la gente siguiera rindiéndoles culto a ellos. Contaron sus intenciones a Frahimurva, el padre de Dughdova, el cual, temiendo por su hija, intentó ocultarla enviándola a vivir con su amigo Paitarasp. Este tenía un hijo llamado Pourushaspa, el cual desposó a Dughdova; ellos serían los padres de Zoroastro. Tuvieron un sueño revelador que les anticipaba que tendrían un hijo que cambiaría el mundo. Cuando por fin nació el niño, fue un evento en el que se produjeron diversos fenómenos como una luz muy brillante que envolvió la casa antes del alumbramiento o el hecho de que Zoroastro naciera no llorando como el resto de los niños, sino con una sonrisa en su rostro, lo cual era un indicativo del nacimiento de una persona divina. Zoroastro tuvo cuatro hermanos. Con el tiempo se convirtió en un compositor de cánticos y versos religiosos (los llamados gathas); también fue un “zaotar”, o alto sacerdote encargado de sacrificios y ofrendas. Durante mucho tiempo estudió y meditó sobre la religión, hasta que tuvo una visión mística o revelación del dios de la sabiduría Ahura-Mazda.

 

A partir de entonces se convirtió en el precursor de la nueva religión, la que acabaría con la idolatría imperante entonces. Por ello se ganó muchos enemigos que le veían como un revolucionario peligroso. Aún así, Zoroastro continuó con su predicación, lo cual le llevó a conocer a un rey tribal local que le ofreció protección (en algunas versiones conocido como Vistaspa, quien se convertiría en su principal discípulo) y su pueblo, a quienes logró convencer de su doctrina (se dice que gracias a algunos milagros que hizo ante sus ojos). Este sería el primer grupo histórico de fieles a partir del cual se desarrolló el mazdeísmo.
Algunas fuentes indican que Zoroastro tuvo dos hijos. Nada se sabe acerca de su muerte; se dice que pudo morir asesinado por un enemigo acérrimo o incluso atravesado por una lanza en una batalla contra enemigos del rey Vistaspa. Como profeta, alcanzó un lugar preeminente en vida, y después de muerto llegó a participar en la divinidad. Se le invocaba y se le veneraba, era el fundador de la comunidad religiosa, el primero que habló y practicó el bien, que es la norma fundamental de la moral de la religión fundada por él mismo. Era, al mismo tiempo, el revelador, maestro y redentor. Pronto la leyenda se apoderó de la figura de Zoroastro. Se le atribuyeron toda clase de milagros y se celebró su nacimiento. Los griegos llegaron a denominarle “padre de los filósofos” (los platónicos, por ejemplo, le profesaban gran veneración).

 
En cuanto a la filosofía y cosmogonía zoroástricas, hay que tener en cuenta que existen bastantes lagunas y puntos oscuros que han hecho ver incoherencias a los estudiosos, pero debemos tener presente también que lo que sabemos de esta doctrina se ha reconstruido a base de retazos y en muchas ocasiones incluso a partir de comentarios o fuentes secundarias, con la consiguiente desvirtuación de la información. A grandes rasgos, dicha cosmogonía explica que primero se dio forma al cielo, el agua, la tierra, las plantas, los animales y el hombre. Después, el omnipotente Ahura-mazda hizo el fuego que animó a todos ellos. En la aurora del mundo, el sol se colocó en mitad del cielo (mediodía), en una eterna primavera. Entonces sobrevino el ataque de Ahriman, que sacudió el Universo y el ecuador celeste y terrestre quedaron en ángulo, lo cual dio origen al cambio de estaciones. Pero la doctrina de Zoroastro sostiene que, al final de los tiempos, volverá a reinar la eterna primavera. De hecho, se instauró un año nuevo vernal en previsión de este acontecimiento. Aunque se consideran de gran relevancia los cuatro elementos, el fuego entre ellos es vital en el zoroastrismo, un icono viviente incluso susceptible de ser contaminado, y por su capacidad de dar calor y luz al mundo es el arma más útil para expulsar las fuerzas del mal y la muerte. Lógicamente, el sol sería una extensión de esto, siendo objeto de veneración.

 
Se habla de siete principios básicos que regulan la creación, una especie de cualidades o potencias que mantienen el buen orden universal: SPENTA MAINYU, mentalidad progresiva, la facultad divina que crea, mantiene, y promueve; ASHA, rectitud, la ley universal que regula lo exacto, cada movimiento en el cosmos; VOHU MANAH, la sabiduría detrás de cada movimiento honrado; VOHU KHSHATHRA, buena regla y la energía benévola que mantiene buena orden el universo; ARAMAITI, serenidad y tranquilidad adquiridos bajo buena regla y requeridos para promover el cosmos; HAURVATAT, integridad y perfección alcanzados bajo condiciones tranquilas; y AMERETAT, inmortalidad y eternidad logrados con integridad.

 
La doctrina explica también que existen divinidades menores en el panteón zoroástrico, emanadas del propio Ahura-mazda y consideradas como entes auxiliares (o destructivas, en su caso), o Santos. Zoroastro pretendió contraponer estas entidades espirituales a los antiguos ídolos paganos, o quizá más bien transmutar éstos en aquellos. Asimismo, se habla de demonios o espíritus hostiles, los daevas, probablemente derivados de ídolos maléficos primitivos, a los cuales se comprometía a renunciar la comunidad de creyentes. Había otros entes conceptuales diversos, como el espíritu bueno de la vida y su opuesto (el espíritu de la no-vida) o el temible Furor (Aeshma). Algunas divinidades específicas que recibieron culto en el zoroastrismo (con períodos de mayor o menor énfasis) parecen provenir de una primitiva raíz común indo-irania; es el caso del dios solar Mitra (iluminación y verdad), proveniente de la mitología hindú y que cobraría un gran protagonismo en determinados momentos y lugares dentro del zoroastrismo, aunque siempre como deidad secundaria y apoyo moralista del benefactor Ahura-mazda. En todo caso, estas divinidades (a veces incluso conceptos) fueron perfectamente asimiladas por el zoroastrismo. Otras deidades que provenían del propio culto antiguo persa (aunque de orígenes difusos) se mantuvieron en el panteón zoroástrico (sufriendo la debida adecuación) como la diosa Anahita, patrona de la fecundidad, de cuyo culto se conoce un importante florecimiento en la dinastía aqueménida (se conservan vestigios) y que derivó a la zona de Asia Menor en cierta medida en los últimos tiempos del imperio persa; incluso se ha identificado a esta diosa con las Atenea o Artemis griegas. Es también significativo Rashnu, dios de la justicia o verdad, quien pesaba las almas de los difuntos en una balanza de oro, formando un trío de jueces de almas junto a Mitra (en otra de sus atribuciones) y Shraosha (dios de la obediencia), asimismo guardianes del puente Chinvat.

 
El zoroastrismo no era proselitista, no se incitaba a la conversión religiosa, pero sí se establecía diferencia entre creyentes y no creyentes. Se daba gran importancia a los cánticos y se practicaba el éxtasis como medio ritual para acceder a la sabiduría divina, éxtasis que podía ser provocado mediante narcóticos. Esto puede parecer chocante, dado que una de las principales cruzadas personales que llevó a cabo Zoroastro lo hizo contra el consumo de la “haoma”, que era una bebida (se cree que se extraía de una planta) considerada sagrada, de efecto alucinógeno y cuyo uso había proliferado bastante, parece ser que relacionado con la celebración de los sacrificios cruentos. Zoroastro, tal vez influído por el entorno pastoril donde se había criado, también condenaba explícitamente los sacrificios de animales, y comparaba al justo con el buen pastor, al que ponía como modelo de piedad.

 

En relación al monoteísmo original de Zoroastro, a menudo tergiversado o mal entendido, se explica por el hecho de que solamente hay un dios, aunque el Universo funciona en base a una dualidad moral, una pugna del par de opuestos, descrita por Zoroastro como Spenta Mainyu (mentalidad progresiva) y Angra Mainyu (mentalidad regresiva). De ahí emana la libertad de elección de cada uno. Dios en el zoroastrismo no es miedo, culpa, tormento o condenación. Ante los ojos de Dios no existe ni pecado, ni pecadores, por tanto no hay un juicio final divino, sino que es la propia conciencia la que en el trance de cruzar el puente al más allá (literalmente el puente Chinvat) hace un auto examen y si el sincero remordimiento lo requiere, el alma no cruza el puente hasta haber encontrado la iluminación para sus errores. Por el contrario, el premio del justo sería la inmortalidad.
Todo ser humano posee un daena (discernimiento o conciencia) que le capacita para tomar decisiones morales libremente. El daena del justo se aparece después de la muerte en forma de muchacha luminosa, muy bella, como visualización compacta de sus buenos actos. Es entonces cuando Ahura-mazda premia al justo con la bebida de la inmortalidad. Esta visión escatológica afirma que habrá un juicio final por el fuego donde se premiará o castigará según el mérito de cada uno.

 
Cronológicamente, el zoroastrismo recibió un gran impulso por parte de los gobernantes de la dinastía aqueménida (desde el año 559 a. C.), manteniéndose bastante fiel a la doctrina primigenia y vitalizando y enriqueciendo el culto, hasta el año 331 a. C. en que Alejandro Magno puso fin a su hegemonía instituyendo un gobierno propio en estos territorios que conllevó una apreciable influencia filosófica y religiosa helenística. Se dice que el propio Alejandro destruyó el texto original del Avesta, que estaba grabado sobre pieles bovinas.
Cuando resurgió el imperio persa gracias al auge de los partos, hacia el año 250 a. C., se hicieron esfuerzos por retomar el culto, probablemente en el marco de un intento de restablecimiento general de la identidad irania, cosa que no se lograría eficazmente. Curiosamente, algunos monarcas de este período se autonombraron Mitrídates en clara referencia al dios Mitra, lo cual sugiere una especial dedicación a este culto por alguna razón no conocida. En este período también se produjeron las luchas con el imperio romano por la hegemonía en el Mediterráneo este, que acabarían debilitando a los persas pero que sin duda produjeron un intercambio cultural notorio. Lo cierto es que cuando en el año 224 d. C. se hicieron con el poder los sasánidas, sobrevivía el zoroastrismo como religión oficial en todo el imperio persa.
La dinastía sasánida sobreviviría hasta más o menos mediados del siglo VII d.C., cuando fue destronada por el Islam. El zoroastrismo sasánida ya presentaba claras diferencias con la doctrina original del Avesta, ya que el clero no tuvo reparo en adecuar el culto a sus necesidades e incluso se promovieron algunos movimientos reformistas. Se equiparó a los dioses Ahura-Mazda y Ahriman, con lo que se desvirtuaba la doctrina primitiva al enfatizar la dualidad en la cúspide. Además, en el imperio sasánida coexistieron las religiones judía, cristiana y budista junto al zoroastrismo oficial. Con el advenimiento del Islam sobrevendría la diáspora de los últimos fieles al zoroastrismo, tal y como he indicado anteriormente.

 
Merece la pena detenerse en el zurvanismo, que llegó a alcanzar durante el período sasánida un gran apogeo como corriente o visión alternativa, digamos herética, dentro del propio zoroastrismo. Esta doctrina introducía la entidad de Zurvan como dios superior y primigenio, padre de Ahura-mazda y Ahriman (engendrados mediante un sacrificio específico, ya que Zurvan era considerado hermafrodita); fundamentalmente el dios de la eternidad, o el tiempo, también asociado al infinito, el espacio o el destino, pero en todo caso ajeno al bien y el mal. Lo cierto es que no está claro si Zurvan es un dios anterior al mazdeísmo, una corriente dentro del mismo o un concepto importado de otra religión o filosofía. Eudemo de Rodas, filósofo e historiador griego, ya menciona en el siglo IV a.C. que “los magos persas denominaban al Todo, Uno e Ininteligible a veces “espacio” y a veces “tiempo” (zurvan significa tiempo en persa) y del que habrían nacido Ahura-mazda y Ahriman”.

 
El tiempo, y el auge de las sucesivas corrientes religiosas mayoritarias junto con el devenir de los imperios y civilizaciones han provocado que esta doctrina, extraordinariamente revolucionaria en su época, y su profeta y promotor, probablemente uno de los primeros avatares mesiánicos de la historia, hayan sido enterrados en el olvido y paulatinamente hayan ido perdiendo sentido, haciéndonos cada vez más difícil su comprensión. Pero, aún así, los mandamientos que promulgó Zoroastro parecen no perder nunca su actualidad:

 

 

“Buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones.”

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