ALQUIMIA (segunda parte)

ALQUIMIA (segunda parte)ALQUIMIA OCCIDENTAL

 

 

 

Ante todo es importante señalar que, a diferencia de la oriental, la alquimia occidental desarrolló su propio sistema filosófico y, excepto en el mundo egipcio antiguo donde presumiblemente tiene su origen, estableció  relaciones sólo superficiales con las principales religiones occidentales; en el caso de la religión católica,  a partir de cierto momento la práctica alquímica fue incluso condenada y perseguida (aunque hay constancia del interés de algunos papas e insignes eclesiásticos hacia ella). Pese a ello, la doctrina filosófica del arte alquímico no se desvinculó de la tradición religiosa hermética, manifestando una base principalmente gnóstica muy importante apreciable en la Europa medieval y posterior, sin ir más lejos.

 

Como he dicho y es comúnmente aceptado, el origen de la alquimia occidental está en el antiguo Egipto. Según esta hipótesis, el fundador y padre del arte sería el mismo Hermes Trismegisto (nombre griego del dios egipcio Toth). Esto sugiere que la alquimia sería un arte de carácter sagrado o divino heredado por el hombre en la más remota antigüedad.
No cabe duda de que los artesanos egipcios habían alcanzado altos niveles en metalurgia; produjeron diversas aleaciones con gran destreza, de ello se tiene constancia, y aparte nos han dejado un legado que presupone unos conocimientos de física y química extraordinarios. En la civilización egipcia, el arte alquímico así como la medicina y la magia eran aspectos indisolublemente unidos a la religión, y por tanto bajo el control de la casta sacerdotal. No tenemos prácticamente ningún testimonio documental de primera mano de la alquimia egipcia original (lo más probable es que ese material fuera destruido o saqueado); las principales referencias provienen de autores o alquimistas griegos  que tomaron contacto con las fuentes egipcias a partir sobre todo de la fundación de la ciudad de Alejandría, que propició el acercamiento cultural en este sentido. Los griegos constituyeron el nexo de unión con aquella alquimia original y genuina: a partir de sus estudios pudo subsistir el cuerpo principal del conocimiento del arte. Buena prueba de esto son los conocidos papiros de Leyden y Estocolmo, ambos probablemente obra del mismo autor, encontrados en Tebas (Egipto)  y que datan del siglo III. Estos papiros, escritos en griego, son tratados alquímicos en los que se detalla la preparación de tintes y otras sustancias, además de gemas, y se cree que son compilaciones de textos más antiguos. Tenemos constancia también de la existencia del filósofo alquimista griego Bolos de Mendes en el siglo III a.c., que vivió en Egipto y al que se atribuyen los primeros tratados completos de alquimia en occidente. Y es notorio el caso de María la Judía (Egipto, siglo I-III aproximadamente), personaje casi mítico del cual sólo existen datos por referencias posteriores que la describen como la primera mujer alquimista, extraordinaria trabajadora de laboratorio a la que se atribuyen varios textos alquímicos , así como el descubrimiento del famoso método del “baño María” y algunos aparatos de laboratorio. Se conocen datos de esta extraordinaria alquimista por referencias sobre todo de Zósimo de Panápolis, erudito alquimista griego que vivió en Egipto hacia el siglo IV, el cual asimismo sostenía que el conocimiento y trabajo de los metales provenía de la época del Génesis y fue heredado de los mismos ángeles caídos. No cabe duda de que los eruditos helénicos se tomaron en serio la alquimia, impregnando y enriqueciendo a su vez el arte con conceptos filosófico-metafísicos  propios dimanados de las doctrinas de Aristóteles, Platón e incluso la escuela pitagórica.

 

La llegada del imperio romano no significó avance en ningún sentido en el arte alquímico, pues los romanos se limitaron a adoptar la alquimia y metafísica griegas, tal y como hicieron con su filosofía. Más bien al contrario, con el desarrollo del incipiente cristianismo en el seno del imperio se empezaron a gestar corrientes de pensamiento ortodoxas contrarias a la filosofía experimental (propia de la alquimia) como la que propugnó San Agustín ya hacia el siglo IV-V y que tendría bastante influencia posteriormente en el medievo.
Así que sería la civilización islámica la encargada de recoger la herencia del conocimiento alquímico y continuar la labor, cosa que hizo con gran diligencia, sobre todo contribuyendo con traducciones de textos antiguos (la mayoría de la información que poseemos hoy en día es gracias a esto) griegos en su mayoría, y con nuevas y exitosas experimentaciones que se documentaron detalladamente.
El mundo islámico fue un terreno fértil para la alquimia. Los alquimistas islámicos aportaron descubrimientos químicos clave propios, tales como la técnica de la destilación (las palabras alambique y alcohol son de origen árabe), los ácidos clorhídrico, sulfúrico y nítrico, la sosa, la potasa … Es también digno de mención el descubrimiento del agua regia, una mezcla de ácido nítrico y clorhídrico que podía disolver el oro. Asimismo, mejoraron las dos principales operaciones químicas de calcinación y reducción así como los métodos de evaporación, sublimación, combinación y cristalización. Introdujeron nuevos elementos y sustancias como el antimonio, el arsénico, rejalgar, bórax  y alcalí. La lista es amplia e incluye, como podemos ver, descubrimientos básicos para la ciencia química; pero aunque finalmente entroncara con ésta, la alquimia como tal era una ciencia tradicional en el Islam. Estaba vinculada a una interpretación mística y alegórica del desarrollo espiritual del hombre, (lo que no le impidió mantener un territorio común con la química en su tentativa de conocer la constitución de la materia a través de la trasmutación de los elementos). La corriente sufí, que formaba la columna vertebral del esoterismo islámico, supuso una importante vía de asimilación, estudio y  comunicación del conocimiento alquímico incorporando éste a su sabiduría tradicional. La tradición sufí reconocía a Hermes Trismegisto como padre de la alquimia, y sostenía que los secretos del arte habían sido recogidos en Egipto por Dhu’l-Nun al-Misri (erudito y santo sufí) e incorporados así a la tradición esotérica sufí. No obstante, el grueso del conocimiento alquímico fue heredado de los trabajos y estudios griegos, a partir de los cuales se desarrolló la fecunda alquimia islámica.
La lista de alquimistas musulmanes reconocidos es tan larga como sus descubrimientos, habiendo llegado hasta nosotros una buena parte de sus obras escritas lo que nos ofrece una prueba válida de sus conocimientos, trabajos y logros. Probablemente el más famoso de ellos fue el sabio sufí Jabir Ibn el Hayyan (castellanizado Geber, 721-815), nacido en Kufa (Mesopotamia) y que trabajó como alquimista en la corte de Bagdad para el califa Harun ar-Rashid. La producción literaria de Jabir es muy extensa, tanto que existe una fundada sospecha de que parte de ella es obra de escritores posteriores, probablemente ismaelitas del siglo X-XI. Paralelamente, su trabajo de laboratorio es extraordinariamente abundante e importante, lo que le convirtió en referencia fundamental de los alquimistas posteriores y figura histórica relevante.
Abu Bakr Muhammad ibn Zakariyya (conocido como Rhazes) nació en 825 cerca de Teherán, y fue un filósofo, físico y enciclopedista que abarcó una cantidad de temas asombrosa. Se interesó vivamente por la Medicina, lo cual le acercó a la alquimia. Creía que la transmutación era posible y que esa transmutación era uno de los objetivos principales de la Alquimia y que mediante elixires adecuados podría lograrse no sólo la conversión de un metal en oro sino obtener esmeraldas o rubíes a partir de cuarzo o vidrio. Coincidía con Jabir en que los constituyentes de los metales eran el azufre y el mercurio pero sostuvo que, para que la transmutación pudiese ocurrir, era necesario un tercer constituyente de carácter salino. Esta idea de los tres constituyentes, azufre, mercurio y sal, imprescindibles para la transmutación de metales sería adoptada por la mayoría de los alquimistas posteriores. Era más propenso a la experimentación práctica que a los aspectos teóricos, y se cree que disponía de un laboratorio perfectamente equipado. Murió en el año 925, dejando una extensa y variada obra que ejerció una gran influencia.

 

Con la rápida expansión del dominio islámico se produjo la propagación de su cultura y esto hizo que la alquimia llegara a Occidente y plantara su semilla en la Europa cristiana de la baja Edad Media. Los primeros estudiosos europeos del arte pertenecían al clero, ya que eran prácticamente los únicos que poseían el conocimiento y medios para abordar y traducir los textos clásicos o árabes disponibles. El mismo papa Silvestre II , gran erudito,(siglo X) favoreció la traducción de textos árabes al latín, incluídos los referentes a la alquimia.
Un interesante punto de inflexión se produjo hacia los siglos XII-XIII: en esta época se producen una serie de acontecimientos a nivel social y cultural muy importantes en el desarrollo de Europa Occidental, marcados asimismo por un febril y productivo intercambio con el mundo oriental (incluídas las Cruzadas). Es digno de mención el notable papel que jugaron los centros académicos establecidos en la península ibérica, como la Escuela de traductores de Toledo o las importantes escuelas surgidas al amparo del califato de Córdoba, en la difusión del conocimiento de la alquimia. Así, el epicentro del arte se trasladó paulatinamente a Europa, ya que en breve (siglos XIII-XIV) la invasión del imperio mongol acabaría con los centros del saber árabes de toda Asia y parte de Oriente Medio.
Se suele citar a Alberto Magno (ilustre eclesiástico católico que sería canonizado, siglo XIII) como el primer alquimista reconocido europeo; este erudito tuvo amplio conocimiento de la producción científica árabe y los clásicos griegos. Contemporáneo suyo fue Roger Bacon, monje franciscano y  reconocido impulsor de la alquimia en Europa. Ambos estudiaron en señaladas universidades a la sazón recién fundadas (París, Oxford) en las que posteriormente serían docentes. Tomás de Aquino continuaría la labor de su tutor, el mencionado Alberto Magno.

 

La alquimia florecía al amparo de las enseñanzas de los citados doctores de la iglesia,  amén de otros eruditos que impulsaron esta y las demás ciencias en general, pero en el siglo XIV tuvo lugar un importante acontecimiento  que influiría decisivamente en el futuro de la alquimia: el papa Juan XXII  publicó un edicto prohibiéndola (1317) y retirando por completo el permiso para practicarla dentro del ámbito de la iglesia católica. Esta decisión llegó a raíz de las nuevas corrientes de pensamiento que prevalecían en el seno de la iglesia católica y en Europa en general; se comenzaba a distinguir y distanciar la razón de la fe, con lo cual se despojaba de sentido a la alquimia más ortodoxa (desde el punto de vista esotérico) sobre todo en el entorno religioso imperante. A partir de aquí la alquimia se iba  a convertir en una práctica proscrita, velada tras un argot particular cargado de simbolismo y establecido por una élite de adeptos (iniciados, maestros alquimistas) con el fin de alejar a los meros curiosos del auténtico conocimiento alquímico y su práctica, que adquiría ahora un hermetismo singular; a la vez se iba a acentuar en gran medida su aspecto místico.
Buena prueba de este drástico cambio la tenemos en el ejemplo de Nicolás Flamel, que vivió en los siglos XIV-XV y se dice que consiguió obtener la piedra filosofal y la medicina universal, con lo cual alcanzó el mayor grado dentro del arte alquímico; este ilustre alquimista se convirtió en arquetipo de los seguidores de la alquimia en una época en la que, debido a las convulsas circunstancias sociales históricas y los citados reveses parecía que la alquimia hermética no subsistiría. En los dos  siglos posteriores  (XV-XVI) encontramos adeptos alquimistas de la talla de Flamel (Valentinus, Filaleteo, Treviso, Agrippa) operando con mayor hermetismo de los cuales tenemos información más contradictoria (algunos, como Paracelso, enfocados  a la alquimia con fines farmacológicos y médicos). En muchos casos, estos adeptos alternan sus trabajos de alquimia con los de otras ciencias esotéricas (John Dee, Tycho Brahe, Tritemius, Giordano Bruno)  lo cual contribuye a impregnar al arte de un aura ocultista-mágica.

 

Aunque la alquimia seguiría dando que hablar hasta los siglos XVII-XVIII, el auge creciente de la ciencia moderna acabó por imponer su criterio; la nueva línea de pensamiento científico no daba ningún crédito a la sabiduría antigua tradicional, era extremadamente racionalista y hacía especial hincapié en una rigurosa experimentación cuantitativa, despojando al conocimiento del espíritu y la fe. De este modo la alquimia tradicional occidental se distanció de la ciencia química (o derivó hacia ella, desprovista de su más preciada esencia) al amparo de los nuevos logros y trabajos experimentales y bajo la perspectiva de la investigación científica moderna. De igual modo, la alquimia médica de Paracelso dio paso a la medicina y farmacología científicas de los nuevos tiempos.
A partir del siglo XIX, la alquimia queda relegada al catálogo de las ciencias esotéricas, absolutamente excluída de estudios serios y considerada como una superchería. No obstante, en su seno aún se fraguan ideas y prácticas en la más pura tradición, mantenidas por algunos (escasos, ciertamente) estudiosos e investigadores solitarios como es el caso del genial  Fulcanelli (Francia, siglo XX). Hoy en día, las metas propuestas por la alquimia clásica sólo parecen poderse atisbar a la luz de la ciencia y tecnología modernas, de todo punto imparables e indiscutibles, y la idea de la transmutación personal del sujeto está totalmente disociada del estudio y la práctica del arte alquímico. Sin embargo, el conocimiento mantenido y reproducido durante siglos relativo al arte del fuego de Hermes Trismegisto  está a nuestra entera disposición, sólo que soterrado bajo un espeso manto de indiferencia.

 

 

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