CATAROS Y CATARISMO (parte II)

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EL CATARISMO Y LOS CATAROS

(continuación)

 

 

 

 

CRONOLOGIA DEL CATARISMO
El catarismo, en cuanto a movimiento religioso, era desinteresadamente ajeno a todo movimiento político, aunque entre los cristianos cátaros hubo miembros de familias nobles que aseguraron la simpatía (cuando no el apoyo directo) de algunas casas aristocráticas hacia el movimiento. Indefectiblemente tenía que verse en el epicentro de las maniobras políticas que se sucedieron compulsivamente en la Francia de los siglos XII-XIII y que involucraron a los poderes presentes o con intereses en la zona: sobre todo el Papado romano, la monarquía francesa y la nobleza local del Languedoc, entre otros actores que, de modo más o menos involuntario, fueron arrastrados al escenario del conflicto. Algunos de estos poderes buscaban la preeminencia y el dominio incontestable; otros, la propia soberanía e independencia de sus feudos. De este modo, a la par que los acontecimientos del siglo XIII daban lugar políticamente a una monarquía francesa más estable, con un control más firme sobre el país y sobre el continente europeo y a un Papado reforzado y reafirmado por el brazo militar de dicha monarquía francesa, abocaban al catarismo a un violento final y la consiguiente desaparición como Iglesia activa.

El mayor interesado en erradicar el catarismo era indudablemente la Iglesia católica; en un primer período (hasta el año 1179, en que en el III Concilio de Letrán el papado exhortaba oficialmente a la cruzada contra los albigenses y excomunión cátara), la iglesia romana se limitó a apercibir de la presencia de dichos herejes, por medio de los sermones y escritos de cronistas y eclesiásticos, y aunque en esta época no se mancharon las manos de sangre directamente, sí provocaron que se mandara a grupos de cátaros a la hoguera, unas veces por obra del populacho enardecido y otras por mandato de la autoridad seglar correspondiente. Así, tenemos la que ostenta el triste título de primera quema de herejes de la historia, a cargo del rey Roberto II el Piadoso (segundo monarca franco de la dinastía de los capetos), en la ciudad de Orleans, que envió al fuego a doce canónigos confesos de herejía maniquea. Esto se repetiría en Turín, Arras, Reims, Vezelay, y otras ciudades antes del mencionado concilio. A partir de entonces, y sobre todo en base a la acusación genérica de maniqueísmo, la persecución de los cátaros fue exhaustiva. Es cierto que había habido algunas tentativas de reconversión por parte de la Iglesia católica por medio del debate y contrapredicación: ya en 1165 se produjo un encuentro oficial y público entre delegaciones católicas y cátaras del que los primeros no obtendrían el resultado deseado pero que sin embargo no suscitó violencia alguna (si bien es cierto que tuvo lugar en el sur de Francia; en otras latitudes no había lugar para estas concesiones). El mismo Bernardo de Claraval, a mediados del siglo XII, visitó varias ciudades occitanas con ánimo de desmentir dialécticamente las creencias de los cátaros, misión que no prosperó pero que dio una idea del arraigo que había logrado la herejía en esos territorios. Otro hito en la política de la iglesia romana respecto a la herejía fue el Decretal de Verona (emitido en el Concilio de Verona de 1184 por el papa Lucio III en presencia del emperador Federico I Barbarroja y otros príncipes), en el que se estipulaba que los obispos entregarían a los herejes a la autoridad secular para su castigo, que era más o menos una forma sutil de asegurar que se cumplieran las condenas a la hoguera.

Pero sería la subida al trono pontificio de Inocencio III la que precipitaría los acontecimientos: este enérgico papa estaba convencido de que había que tomar decisiones drásticas para acabar con los herejes cátaros. Hacia el año 1203 enviaba a varios legados cistercienses con plenos poderes a la región del Languedoc con la misión de extirpar la herejía presionando a los nobles argumentando que no debían protegerla ni tolerarla en sus territorios, sino combatirla. Los legados no obtuvieron el resultado inmediato deseado, aunque el mismo Domingo de Guzmán (fundador de la orden dominica) intervino prestando asistencia pero bajo otro enfoque, pues pensaba que para convertir a los herejes era necesario ejemplarizar con un modo de vida austero y una sabia predicación. Esto requería una paciencia y entrega que chocaba con la postura anatemizante de los cistercienses, y aunque el trabajo de Domingo de Guzmán dio algunos frutos (aquí se gestaría la Orden de los Dominicos, fundada precisamente en Toulouse y cuyos miembros posteriormente serían miembros escogidos de la Inquisición por su formación teológica) no resultó satisfactorio, lo que acabaría dando paso libre a la intervención armada.

Entre 1207 y 1208 se sucedió un tira y afloja de la delegación papal con el conde Raimundo VI de Toulouse (la casa noble más representativa y poderosa de la región) para que colaborara activamente en la erradicación de la herejía, lo cual le costaría al conde nada menos que dos excomuniones, debido a su falta de colaboración manifiesta. Efectivamente, el papel del conde de Toulouse era muy delicado dado que el apoyo al Papa de Roma iba en contra de sus intereses, puesto que muchos de sus vasallos (incluso parientes propios) eran cátaros o simpatizantes. En realidad, los nobles más representativos de la región tenían motivos para proteger a los cátaros; además del linaje de los condes de Toulouse, estaba el del condado de Foix, feudatario de Toulouse y que contó entre sus miembros familiares con simpatizantes cátaros, y también el de los vizcondes de Trencavel (señores de Carcassone, Beziers, Albi y Limoex), que desde varias generaciones antes eran ya abiertamente favorecedores del catarismo. Estas eran las tres casas más representativas y poderosas de Occitania que favorecían al catarismo.

Pero a principios de 1208 uno de los legados papales es asesinado cerca de Toulouse, se dice que a manos de un vasallo del conde Raimundo VI, lo cual da al papa Inocencio III la excusa perfecta para convocar solemnemente la llamada “cruzada albigense”, una llamada a las armas contra el conde Raimundo VI de Toulouse y sus territorios que iba dirigida sobre todo al rey Felipe II de Francia y prometía indulgencias y potestad sobre los dominios conquistados a los nobles y soldados que participaran. El rey, enfrascado en otra guerra en el norte de Francia, no acudió pero autorizó a algunos de sus barones a participar. Así, un ejército cruzado formado por nobles del norte de Francia se dirigió hacia el Languedoc con una actitud probablemente más depredadora que de apacigüación religiosa. Destacaba Simón de Montfort, personaje que tendría un papel muy significativo como líder de la cruzada y que medró en títulos y prebendas a costa de sus conquistas occitanas.

La cruzada militar empezó casi como un paseo, incluyendo los terribles asedios de Beziers y Bram donde la población fue masacrada indiscriminadamente. Estos actos indujeron a otras poblaciones a rendirse sin combatir, y rápidamente los cruzados estuvieron a las puertas de Toulouse. Raimundo VI intentó apelar a la diplomacia ante el papa Inocencio III, pero tras cierto tiempo de negociaciones vanas hubo de invocar la protección del rey aragonés Pedro II el Católico el cual, aunque no era tolerante con la herejía, tenía sin embargo intereses en la región del Languedoc (los vizcondes de Trencavel, por ejemplo, le rendían vasallaje, de hecho en 1209 su intervención ya había evitado una masacre en la toma de Carcassone), y viendo la rapiña de Simón de Montfort, decidió plantar cara a los cruzados.

Llegados a este extremo, parece que los acontecimientos se habían descontrolado y no había punto de retorno a la violencia que había desencadenado el papa con su cruzada, propiamente de cristianos contra cristianos. Es curioso que Pedro II de Aragón se viera obligado a interceder militarmente en auxilio de sus vasallos (herejes y no herejes) cuando era ajeno a esa herejía y, además, su política en el sur de Francia había sido siempre de pacificación de los territorios (sin menoscabo de sus intereses), a base de alianzas y uniones de sangre, llegando incluso a concertar el matrimonio de su hijo Jaime (el futuro Jaime I el Conquistador) con la hija de Simón de Montfort, dejando al infante bajo la tutela de éste en el castillo de Carcassonne.
Pero el ejército cruzado de Simón de Montfort se enfrentó finalmente al del rey aragonés en la batalla de Muret, cerca de Toulouse (septiembre de 1213) en una batalla que sería crucial para los intereses de todos los implicados y que acabó con la victoria del de Montfort y la muerte del rey Pedro II en combate, dando la supremacía militar definitiva a los cruzados.

Raimundo VI, resuelto a defender sus posesiones por vía diplomática, asistiría al IV Concilio de Letrán (1215-16) con ese objeto; sin embargo, en dicho concilio Inocencio III ratificaría y legalizaría todas las conquistas de los nobles cruzados. Poco después, Simón de Montfort rendía vasallaje en París al rey de Francia, el cual así le reconocía los títulos de conde de Toulouse, vizconde de Beziers y de Carcassone obtenidos por conquista; pero el clima en el Languedoc era de profundo resentimiento hacia los cruzados.

Así, a la muerte de Inocencio III en 1216, Raimundo VI volvería a la carga desembarcando en Marsella (el Concilio de Letrán le había respetado algunas posesiones provenzales, entre ellas esta ciudad) y dirigiéndose a Toulouse, donde se atrincheró. Simón de Montfort, dispuesto a deshacerse definitivamente de él, puso sitio a la ciudad, pero esta vez el destino no estuvo de su lado ya que una piedra catapultada desde la ciudad aplastó la cabeza del cruzado, acabando con su carrera (1218). Su hijo Amaury de Montfort tomaría el relevo, pero no tenía la valía militar de su padre y se produjo un levantamiento en todo el Languedoc que obligó a los cruzados a retirarse y devolvió a los antiguos señores, o a sus descendientes directos según el caso, sus posesiones.
Ante esto, el nuevo papa Honorio III y el rey de Francia Luis VIII tomaron cartas en el asunto. El rey, que ya perfilaba un reino francés unificado, quería asimilar definitivamente los territorios en liza para la corona y se lo tomó en serio; en consecuencia, las tropas reales sofocaron toda resistencia hacia 1226 (aunque el mismo Luis VIII enfermaría mortalmente a resultas de esta campaña) y todo ello desembocó en el Tratado de París de 1229, claramente desfavorable para el conde de Toulouse Raimundo VII el cual sufriría pública humillación ante los representantes de la monarquía francesa, y cuyo resultado a medio plazo sería principalmente la absorción del condado por parte de dicha monarquía, además de la estocada definitiva al catarismo que asistía como espectador de primera fila a todos estos hechos.

A partir de 1230 delegados de la monarquía francesa se instalaron en las principales ciudades, y la Inquisición hizo por fin su aparición con todo su poderío. Durante esta década habría otras escaramuzas militares, pues Raimundo VII no se daba por vencido y buscó nuevas alianzas contra el rey de Francia para recuperar su patrimonio. Sin embargo, en 1243, los nobles occitanos que aún resistían, con Raimundo VII a la cabeza, hacían definitivo acto de sumisión al rey Luis IX. El último foco de resistencia, Montsegur, una aldea fortificada situada en un lugar casi inaccesible y protegida por unas decenas de soldados, se rindió en marzo de 1244 después de diez meses de asedio. Algo más de doscientos cátaros que allí se refugiaban fueron quemados en una enorme hoguera, en un prado al pie de la montaña.

Como se ha visto en esta breve crónica político militar, los cátaros fueron actores involuntarios en unas disputas de intereses y luchas de poderes en un momento clave de la historia. Una vez sometido el Languedoc e instaurada y consolidada la Inquisición con toda su maquinaria bien engrasada y con el apoyo indiscutible de la autoridad seglar, la herejía cátara, que entraba de lleno en la clandestinidad, se fue consumiendo hasta su extinción.

Algunos cátaros pudieron exiliarse a Italia, donde aún tuvieron un cierto respiro hasta el último cuarto del siglo XIII en que se extremó la actividad inquisitorial allí; la última hoguera en Italia data de 1412, según los registros inquisitoriales. Y, por los mismos registros, tenemos constancia de que todavía se quemaban cátaros en la hoguera en los primeros años del siglo XIV en el sur de Francia. El territorio bosnio fue otro lugar al abrigo de la Inquisición donde los cátaros exiliados pudieron tener refugio durante algo más de tiempo, justo hasta la conquista turca, como ya se ha dicho; ya no se volvería a oír hablar más de cristianos bosnios. Y, hacia el sur, consta que algunos cátaros cruzaron los Pirineos y entraron en España, donde se presume que hubo cierta actividad en Aragón, Cataluña, Mallorca y Valencia, documentada a lo largo del siglo XIII. También les pudo ser fácil dispersarse a lo largo de la ruta del Camino de Santiago, y hay constancia de su presencia en pleno siglo XIII en las ciudades de Burgos, León y Palencia. Aquí, sin embargo, el rey castellano Fernando III actuó con presteza y severidad contra los herejes, con lo que no tenemos ya testimonios fidedignos de ellos más allá de la segunda mitad del siglo XIII.

ESOTERISMO CATARO
El movimiento cátaro, que había ido cayendo en el olvido desde el siglo XIV, experimentó una gran revitalización a partir del siglo XX. De repente y sobre todo en el entorno ocultista se prodigó una literatura que desvelaba los supuestos secretos y poderes extraordinarios de los cátaros, dotándoles de un aura mágica y taumatúrgica. Se comenzó a magnificar su historia llegándose a veces a calificarlos como poco menos que secta iniciática con sus particulares rituales secretos.

Uno de los principales (y primeros) difusores del esoterismo cátaro fue Otto Rahn; este escritor esoterista alemán, afín al régimen nazi, promovió una extraordinaria visión esotérica del catarismo. En 1933 se publicaría su libro “Cruzada contra el grial”, en el que se adentraba en la historia cátara y, contrastando esta historia con su admirada obra griálica “Parsifal” (la leyenda medieval escrita por Wolfram von Eschenbach) a la luz de ciertas claves, llegó incluso a afirmar que los cátaros serían los custodios del Santo Grial y a ubicar su localización en la zona de Montsegur. Si bien es cierto que Otto Rahn desconocía algunos descubrimientos que posteriormente se harían (tanto documentales como arqueológicos), también es verdad que este autor efectuó una investigación y estudio exhaustivos (académicos y sobre el terreno) que otorgan gran interés a sus trabajos acerca del catarismo y lo hacen atemporal y francamente interesante, independientemente de su veracidad histórica. No en vano estos trabajos y opiniones han constituído la base e inspiración de numerosos escritos posteriores de otros muchos autores, llegando su estela incluso hasta nuestros días.

Posteriormente, el escritor Gerard de Sede continuaría las especulaciones en torno a ciertas implicaciones esotéricas del catarismo en su obra “El tesoro cátaro” (1967), obra que tuvo amplia difusión e influencia, favorecida además por la vinculación del autor y sus teorías con el enigma del Priorato de Sión.

Otro punto fuerte a considerar en el estudio de un probable esoterismo cátaro es su relación con la Orden del Temple, dando por supuesto que el Temple poseyera una vertiente esotérica susceptible de compartir (cosa aún no probada). Parece difícil sustraerse a la idea de que esa relación fue un hecho, sobre todo debido a la coincidencia en el espacio y el tiempo de cátaros y templarios y a su común final violento por obra de la Iglesia católica y la monarquía francesa. Pero el hecho es que no existe documentación o testimonio de la época que pruebe que esa relación existió; todo son conjeturas, cuando no teorías fantasiosas. De la misma forma, nada prueba que la orden templaria participara directamente en la cruzada albigense, pero tampoco que protegiera a los herejes, cosa que sin duda habría sido fielmente documentada en los registros de la Inquisición. Además, no hay que olvidar que la propia Regla templaria prohibía expresamente a los miembros de la Orden compartir la compañía de excomulgados. No obstante, existe una hipótesis que parece tener más verosimilitud, y es la que se basa en el testimonio recogido en el documento llamado “Estatutos secretos de Roncelinus”.

Los “Estatutos secretos de Roncelinus”, “Regla secreta del Temple” o “Libro del bautismo de fuego” como también se conocen, son unos documentos hallados a finales del siglo XVIII por un obispo danés en los Archivos Vaticanos; de alguna manera se extraviaron y fueron redescubiertos y publicados, aunque no en su totalidad, por un investigador casi cien años después. La redacción original de este documento se atribuye a un templario francés (Roncelin de Fos) hacia mediados del siglo XIII, y parece ser que llevan la firma de otro templario (inglés) de la época llamado Robert de Samford. El texto de dichos estatutos reúne elementos doctrinales dispares y de diversas tradiciones que, de ser genuino el documento, daría a entender directamente que el Temple desarrolló un pensamiento esotérico importante paralelamente a su actividad exotérica pública. Respecto de lo que nos ocupa, su relación con el catarismo, el mismo texto revela directrices y pensamientos coincidentes plenamente con la doctrina cátara, incluso menciona ésta y otras herejías similares y alerta contra las jerarquías de la Iglesia católica. Pero diversos investigadores han hecho estudios metódicos de este documento, llegando a la conclusión de que es una falsificación (probablemente elaborada en el siglo XVIII); en todo caso, el debate continúa, alimentado por los defensores de la autenticidad de los Estatutos, aunque sin sustento que lo reafirme.

Si los cátaros tuvieron un ritual mistérico de iniciación, si fueron custodios de un secreto trascendental o si heredaron del gnosticismo o el cristianismo primitivo algo más que un sustento para su doctrina, es algo que sólo se puede conjeturar, ya que no hay pruebas al respecto. Lo que sí parece probado es que fueron los últimos predicadores del cristianismo original y primitivo, el que se daba la mano con el pensamiento de la Antigua Tradición.

 

DOCUMENTOS HISTORICOS
Estos textos están extraídos del libro “La verdadera historia de los cátaros” de Anne Brenon.

1.- Carta circular del monje Erbert sobre los herejes de Perigord (comienzos del siglo XI) (Biblioteca Nacional de París):
“A todos los cristianos que están en el Oriente y Occidente, en el Norte y en el Sur, a todos los que creen en Cristo, paz y gracia en nombre de Dios Padre, de su Hijo Unico, nuestro Señor, y del Espíritu Santo.
Una nueva herejía ha nacido en este mundo y comienza a ser predicada en estos tiempos por pseudoapóstoles; desde sus comienzos éstos se convierten en ministros con total iniquidad. Por esta razón nos aplicamos a escribiros esto para evitaros caer en la herejía, alarmaros y haceros circunspectos.
Está claro, pues, que en nuestros tiempos han aparecido numerosos herejes en la región de Perigord: con el fin de pervertir radicalmente la cristiandad llevan, según dicen, una vida apostólica. No comen carne, no beben vino salvo muy moderadamente un día de cada tres. Hacen centenares de genuflexiones. No aceptan dinero, y cuando resulta que lo tienen, lo distribuyen con decoro.
Pero su secta es grandemente perversa, secreta y corrupta. No entran en una iglesia salvo con el fin de corromperla. Nunca dicen “Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo”, sino que en vez de ello dicen “Pues este reino es el tuyo y tu mandarás a todas las criaturas por los siglos de los siglos, amén”. Dicen que la limosna no es nada y que nada debe recibirse de ella, venga de donde venga. Valoran en nada la misa y enseñan que no debe recibirse la comunión, sino sólo trozos de pan bendito. Aseguran que el canto de la iglesia es sólo vanidad y que ha sido inventado para el placer de los hombres. Si uno de ellos canta la misa con un designio de engaño, no dice las palabras canónicas y no comulga, sino que se inclina por detrás del altar o hacia un lado y arroja la hostia en el misal o detrás del altar. No adoran la cruz ni la estatua del Señor e impiden tanto como pueden cualquier adoración; así, hallándose frente al crucifijo, dicen “Oh, qué infelices son los que te adoran, dijo el salmista, simulacro de los gentiles, etc.” Han arrastrado a numerosas personas a esta herejía, no sólo laicos que han abandonado todos sus bienes, sino también clérigos, sacerdotes, monjes y monjas.
Se hacen así invisibles a quienes les buscan para entregarlos a los suplicios de la muerte. Hacen, en efecto, muchos prodigios. No hay un sólo hombre, aunque sea un campesino que, si se une a ellos, no sea al cabo de ocho días tan sabio en las letras, las palabras y las expresiones que nadie, a continuación, pueda superarle en modo alguno. Son invulnerables y, aunque sean capturados, no hay ataduras que puedan retenerlos.”

2.- Carta de Evervin, preboste de Steinfeld, a san Bernardo, 1143, (extractos) (“Cartas a san Bernardo”):
Al reverendo señor y padre Bernardo, abad de Claraval, Evervin, humilde ministro de Steinfeld.
Recientemente entre nosotros, cerca de Colonia, se han descubierto herejes, algunos de los cuales, para nuestra satisfacción, han vuelto a la Iglesia. Dos de ellos, a saber, aquellos a quienes denominaban su obispo y su compañero, se nos resistieron en una asamblea de clérigos y laicos, estando presente Monseñor el arzobispo con personas de la alta aristocracia; defendían su herejía con las palabras de Cristo y de los apóstoles.
Cuando hubimos oído eso, les amonestamos por tres veces, pero se negaron al arrepentimiento; fueron entonces arrebatados, a nuestro pesar, por un pueblo demasiado afanoso, arrojados al fuego y quemados. Y lo más admirable es que entraron en el fuego y soportaron sus tormentos, no sólo con paciencia, sino incluso con alegría. En este punto, santo Padre, quisiera, de estar cerca de ti, tener tu respuesta: ¿cómo es posible que esos hijos del diablo puedan hallar en su herejía un valor semejante a la fuerza que la fe de Cristo inspira a los verdaderos religiosos?
He aquí cuál es su herejía. Dicen de sí mismos que son la Iglesia, porque sólo ellos siguen a Cristo, y que siguen siendo los verdaderos discípulos de la vida apostólica, porque no buscan el mundo y no poseen casa, ni campo ni dinero alguno. Como Cristo no poseyó nada, ni permitió que sus discípulos poseyeran nada.
De ellos mismos dicen: “Nosotros, pobres de Cristo, errantes, huyendo de ciudad en ciudad, como las ovejas en medio de lobos, sufrimos la persecución con los apóstoles y los mártires; sin embargo, llevamos una vida santa y muy estricta, en ayuno y abstinencias, pasando día y noche orando y trabajando, sin intentar obtener de ese trabajo sino lo necesario para la vida. Soportamos todo eso porque no somos del mundo; pero vosotros que amáis el mundo, estáis en paz con el mundo porque sois del mundo. Los falsos apóstoles que han adulterado las palabras de Cristo, buscando a aquéllos que le pertenecían, han hecho que os desviárais vosotros y vuestros padres. Nosotros y nuestros padres, del linaje de los apóstoles, hemos permanecido en la gracia de Cristo y seguiremos así hasta el final de los siglos. Para distinguiros a vosotros y a nosotros, Cristo dijo: “Por sus frutos los conoceréis”. Nuestros frutos son las huellas de Cristo.
En sus comidas, se prohíben cualquier leche y producto lácteo y todo lo que se reproduce por coito. Por lo que se refiere a sus sacramentos, se ocultan tras un velo, sin embargo, nos han confesado claramente que en su mesa, cada día cuando comen, a ejemplo de Cristo y de los apóstoles, consagran por la oración dominical su comida y su bebida en cuerpo y sangre de Cristo, para alimentarse así con los miembros y el cuerpo de Cristo. Dicen que nosotros, en materia de sacramentos, no poseemos realmente la verdad sino una ilusión de tradición humana. Confiesan públicamente que también bautizan y son bautizados, no en el agua, sino en el fuego y el espíritu, invocando ese testimonio de Juan Bautista bautizando en el agua y diciendo: “Ese os bautizará en el fuego y el espíritu”. Y que tal bautismo por imposición de las manos debe practicarse, pretenden demostrarlo con el testimonio de Lucas que, en los Hechos de los Apóstoles, cuando describe el bautismo que Pablo recibió de Ananías según el precepto de Cristo, no hizo mención alguna al agua, sino a la imposición de manos. Y a aquel de entre ellos que ha sido así bautizado, le llaman “elegido” y dicen que tiene el poder de bautizar a otras personas que sean dignas de ello y de consagrar, en su mesa, el cuerpo y la sangre de Cristo.
Condenan el matrimonio, pero no he podido hacerles decir porqué, bien porque no se hayan atrevido a confesarlo o más bien porque lo ignoren.
Existen otros herejes en nuestra región que están siempre peleándose con esa gente. Por lo demás, gracias a sus perpetuos debates y discordias les descubrimos. Afirman que el cuerpo de Cristo no se hace en el altar, por el hecho de que ni uno sólo de los sacerdotes de la Iglesia ha sido consagrado. Dicen que la dignidad apostólica ha sido corrompida por una implicación en los asuntos seculares y que el trono de san Pedro, dejando de combatir por el bien como Pedro lo había hecho, se ha despojado a sí mismo del poder de consagrar que le había sido dado a Pedro. Desde que la Iglesia perdió ese poder, los arzobispos, que viven de modo mundanal en el seno de la Iglesia, no pueden recibirlo ni pueden consagrar a otros. Para apoyar su argumentación, citan las palabras de Cristo “Los escribas y los fariseos se han sentado en la sede de Moisés”.
Apelo a ti, santo Padre, para despertar tu vigilancia contra esos demonios de múltiples cabezas, y que dirijas tu pluma contra esas bestias de presa. Sabe, en efecto, que los herejes que han vuelto a la Iglesia nos han dicho que son gran multitud, extendida por casi todo el mundo, y que entre ellos hay buen número de nuestros clérigos y nuestros monjes. Quienes fueron quemados nos dijeron, en su defensa, que esa herejía había permanecido oculta hasta nuestros días desde e l tiempo de los mártires y que se había mantenido en Grecia y otras tierras. Y estos herejes son los que se llaman “apóstoles” y tienen su papa. Los otros rechazan nuestro papa pero, por lo menos, no pretenden tener otro en su lugar. Esos apóstoles de Satán tienen, entre ellos, a mujeres, continentes (según afirman), viudas, vírgenes o a sus esposas, unas entre las elegidas, otras como creyentes, y todo ello a ejemplo de los apóstoles, a quienes se les permitió llevar consigo mujeres.”

 

 

 

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