………………………………….viene de la parte 1
Sobre Ted Kaczynski y los falsos profetas
En la parte anterior, se presentó la figura de Theodor Kaczynski (alias: Unabomber) y los axiomas comunes que compartía con los principales oligarcas que dirigen el Foro Económico Mundial y promueven el Big Reset (Gran Reinicio) en la actualidad.
También descubrimos una red interconectada de agencias ecoanarquistas, entre las que destacan Deep Green Resistance y Extinction Rebellion, y que proporcionan la carne de cañón desechable de fanáticos ecoterroristas antisociales, mientras que los agentes sobre la superficie se infiltran en los pasillos oficiales del poder dentro de la política, el ámbito académico, la inteligencia militar y la cultura.
En esta segunda parte, analizaremos con mayor detalle la figura de Theodor Kaczynski (1942 – 2023), más conocido como Unabomber. A lo largo de este análisis, descubriremos que el Sr. Kaczynski, quien se convirtió de la noche a la mañana en un visionario moderno debido a su crítica de la tecnología (expuesta en su Manifiesto de 1995 «La sociedad industrial y su futuro»), es mucho menos un filósofo de la tecnología y más un producto mentalmente perturbado del proyecto MK Ultra de la CIA desarrollado durante la Guerra Fría.
MK Ultra y el Gobierno Mundial
En el boletín de junio de 2000 de la revista The Atlantic, apareció un interesante artículo del escritor Alston Chase (especializado en la vida y obra de Kaczynski) acerca de la experiencia de este en el programa MK Ultra, como parte de un grupo de 22 víctimas seleccionadas por su alta inteligencia; hay que señalar que Kaczynski fue un brillante estudiante, se doctoró en matemáticas y tenía un prometedor futuro:
«Desde el otoño de 1959 hasta la primavera de 1962, psicólogos de Harvard, dirigidos por Henry A. Murray, llevaron a cabo un perturbador experimento, considerado hoy éticamente indefendible, con veintidós estudiantes universitarios. Para preservar el anonimato de estos estudiantes, los investigadores se referían a ellos únicamente con un nombre en clave. Uno de estos estudiantes, apodado «Lawful» [legal], era Theodore John Kaczynski, quien un día sería conocido como el Unabomber y que, durante diecisiete años, enviaría o entregaría dieciséis paquetes bomba a científicos, académicos y otras personas, causando la muerte de tres personas y heridas a veintitrés».
Alston también señaló en el artículo de The Atlantic que Henry A. Murray, director del Departamento de Relaciones Sociales de Harvard, era un fanático defensor del gobierno mundial y utilizó la «ciencia» para transformar la naturaleza misma de la humanidad mientras trabajaba para la OSS, la CIA y la Fundación Rockefeller.
En una carta dirigida a su colega globalista Lewis Mumford, Murray afirmó:
«El tipo de comportamiento que exige la amenaza actual implica transformaciones de la personalidad como nunca antes se habían producido con tanta rapidez en la historia de la humanidad; una de estas transformaciones es la del “hombre nacional” en “hombre mundial”».
Un dato importante que omitió la reseña de la revista Atlantic fue que Murray no solo estaba obsesionado con reprogramar a la humanidad, sino que también era un estrecho colaborador de los contratistas del MK Ultra, Margaret Mead y Gregory Bateson, quienes impulsaron su proyecto de «reprogramación humana» en torno al uso de LSD y psilocibina (un compuesto químico psicodélico presente en ciertos hongos y con efectos psicoactivos).
El número del 22 de junio de 2000 del periódico londinense The Guardian incluso señalaba:
«A finales de los años 50, Murray se había interesado bastante en los alucinógenos, incluidos el LSD y la psilocibina. Y poco después de que los experimentos de Murray con Kaczynski y sus compañeros de clase estuvieran en marcha, en 1960, Timothy Leary regresó a Harvard y, con la bendición de Murray, comenzó sus experimentos con psilocibina».
Aquí, el autor se refería al apoyo de Murray al Proyecto Psilocibina de Harvard llevado a cabo por Leary, que se desarrolló entre 1960 y 1962 (no por casualidad el mismo período en que Kaczynski estaba pasando por su «transformación» asistida por drogas), experimentando con grupos de estudiantes como conejillos de indias y supervisado directamente por Sidney Gottlieb, también involucrado en MK Ultra. Es importante señalar la implicación aquí de Gottlieb, personaje espeluznante que trabajó como asesor científico y jefe de la División Técnica de la CIA, «innovando» mediante su conocimiento como químico, de manera que se le relaciona con experimentos de control mental inducido por drogas, planificación de asesinatos selectivos de líderes mundiales «non gratos» y todo tipo de actividades clandestinas en el seno de la CIA e incluso fuera de la agencia.
«En su autobiografía, Leary, quien dedicaría el resto de su vida a promover las drogas alucinógenas, describió a Murray como “el mago de la evaluación de la personalidad”, quien, como psicólogo jefe de la OSS, había supervisado experimentos militares sobre lavado de cerebro e interrogatorios con amital sódico [amobarbital, llamado suero de la verdad]. Murray expresó un gran interés en nuestro proyecto de investigación sobre drogas y ofreció su apoyo».
En una conferencia de 1991 titulada De los psicodélicos a la cibernética, Timothy Leary (sobran las presentaciones con este tipo, de quien ya hemos hablado en otros artículos) describió su reclutamiento para el programa de Harvard para transformar la naturaleza humana, diciendo:
«En el año 1960, me invitaron a la Universidad de Harvard y me otorgaron una licencia. Me pidieron que fuera a Harvard para desarrollar nuevas formas de cambio de comportamiento. ¡Ja, ja! Yo no sabía —y ciertamente ellos tampoco— que esa invitación representaba una oportunidad para generar cambios reales en la psicología humana».
Timothy Leary había sido reclutado para la causa de reconfigurar la humanidad en torno a una nueva religión pagana basada en las drogas, promovida por Aldous Huxley, con quien el mismo Leary colaboró durante años.
En 1983, Leary describió su interacción con Huxley mientras ambos planeaban esta revolución final:
«Nos habíamos topado con el compromiso judeocristiano de un solo Dios, una sola religión, una sola realidad, que ha maldecido a Europa durante siglos y a América desde sus inicios. Las drogas que abren la mente a múltiples realidades inevitablemente conducen a una visión politeísta del universo. Intuíamos que había llegado el momento de una nueva religión humanista basada en la inteligencia, el pluralismo bienintencionado y el paganismo científico».
Para que este nuevo paganismo científico pudiera borrar la «contaminación» de 2000 años de civilización judeocristiana, algunas cosas debían arder, por supuesto.
Cibernética y la «ciencia de la eugenesia»
Conviene tener en cuenta que estos programas de ingeniería social para reescribir la naturaleza humana e inducir un reinicio global de la civilización fueron impulsados por los fundamentos ideológicos de la Cibernética (la ciencia del control) desarrollada por los acólitos de lord Bertrand Russell, liderados por el discípulo de Russell, Norbert Wiener.
Timothy Leary y Bateson (recordemos, impulsor de MK Ultra) eran devotos de la cibernética.
En Gregory Bateson, cibernética y las ciencias sociales del comportamiento, el Dr. Lawrence S. Bale analiza el papel de liderazgo de Bateson en las Conferencias Macy sobre Cibernética después de la Segunda Guerra Mundial (conferencias que impulsaron la creación de esta nueva ciencia), y destaca su papel fundamental en la configuración e introducción de este nuevo sistema de control en la antropología:
«Gregory Bateson adoptó los conceptos y el vocabulario de la cibernética porque este campo interdisciplinario ofrecía una formulación más rigurosa de las preocupaciones teóricas que su trabajo ya venía abordando. De hecho, la biografía de Bateson ofrece amplia evidencia de que, mucho antes de entrar en contacto con la teoría cibernética, un enfoque sistémico de la biología y las ciencias del comportamiento no le era ajeno».
Ciertamente, la cibernética (que podemos definir muy básicamente como el estudio interdisciplinar de los sistemas de control y comunicación en seres vivos y máquinas, buscando principios universales de autorregulación) se convirtió en el conducto elegido para la «reforma» de la eugenesia llevada a cabo después de 1945, manteniendo los mismos conceptos inhumanos que Hitler llevó a su máxima expresión, pero con la necesaria modernización y el consiguiente lavado de imagen.
Bajo esta nueva «ciencia», los sistemas de gobierno anteriormente asociados con el crecimiento de la creatividad humana y la defensa de la libertad se convirtieron en instrumentos de control.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los cibernéticos exigieron que la humanidad se modelara según la analogía de un sistema informático binario, con bucles de retroalimentación controlados por un centro de mando central. Esto implicaría una suma de partes, sin que conceptos metafísicos como «alma», «dignidad», «Dios» o «justicia» tuvieran cabida alguna dentro del proceso del sistema cerrado. Estas ideas se consideraron abstracciones «anticientíficas», despojándoles así de toda relevancia.
Cabe señalar también que este sistema fue la fuerza motriz de la monstruosidad de múltiples cabezas que Julian Huxley denominó «transhumanismo» en 1954, quien también sirvió a sus amos hereditarios como patrocinio del movimiento conservacionista moderno, fundando la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) en 1947 y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) en 1961.
No debe ignorarse el hecho de que Huxley fuera también presidente interino de la Sociedad Británica de Eugenesia durante ese tiempo.
La estructura de mando central posibilitada por la cibernética ya había sido expresada anteriormente, pues había sido delineada por H.G. Wells (y por extensión también por la Sociedad Fabiana) en su libro World brain de 1937.
Además de eso, en su obra de 1901, Anticipaciones, Wells ya había dictado su gran visión para la humanidad al describir este gobierno mundial impulsado por la eugenesia como una nueva república:
«La nueva ética considerará la vida como un privilegio y una responsabilidad, no como una especie de refugio nocturno para espíritus viles provenientes del vacío; y la alternativa a la conducta correcta de vivir plena, bella y eficientemente será morir.
Para una multitud de criaturas despreciables y tontas, dominadas por el miedo, indefensas e inútiles, infelices o con una felicidad odiosa en medio de la sórdida deshonra, débiles, feas, ineficientes, nacidas de lujurias desenfrenadas, y que aumentan y se multiplican por pura incontinencia y estupidez, los hombres de la Nueva República tendrán poca piedad y menos aún benevolencia».
En Un mundo feliz de Aldous Huxley, este era el sistema de control transhumano por encima de todos los alfas, betas y deltas de probeta representados por la figura del personaje de la novela Mustapha Mond.
Al describir el enfrentamiento entre el forastero shakesperiano «nacido en el útero» llamado John Savage y el personaje de Aldous, Mustapha Mond, encontramos el núcleo del programa oligárquico expuesto en su expresión más transparente (por supuesto, oculto tras el barniz de la ficción que envuelve a la novela):
«“Una nueva teoría de la biología” era el título del artículo que Mustapha Mond acababa de terminar de leer. Se quedó un rato sentado, frunciendo el ceño pensativo, luego cogió la pluma y escribió en la portada: “El tratamiento matemático que el autor da al concepto de propósito es novedoso y sumamente ingenioso, pero herético y, en lo que respecta al orden social actual, peligroso y potencialmente subversivo. No debe publicarse” … Qué lástima, pensó al firmar. Era una obra maestra. Pero una vez que se empezaban a admitir explicaciones en términos de propósito… bueno, uno nunca sabía cuál sería el resultado. Era el tipo de idea que fácilmente podría desestabilizar las mentes más inquietas de las castas superiores, haciéndoles perder la fe en la felicidad como el Bien Supremo y llevándolos a creer, en cambio, que la meta estaba más allá, fuera de la esfera humana actual; que el propósito de la vida no era el mantenimiento del bienestar [como las formas inferiores de felicidad y comodidad], sino una intensificación y refinamiento de la conciencia, una ampliación del conocimiento. Lo cual, reflexionó el Controlador, era muy posible. Pero no, en las circunstancias actuales, admisible».
Aquí radica el problema para aquellos «gerentes científicos» que desean controlar la sociedad bajo principios científicos, y aquí también radica la cuestión fundamental que Ted Kaczynski y su armada de clones ecoanarquistas ideológicos esparcidos por todo el mundo transatlántico no pueden comprender.
La idea de ciencia y tecnología a la que se adhieren estos oligarcas «ingenieros sociales científicos» es una quimera. Es una idea que solo existe en las perversas abstracciones de su torre de marfil, que no guarda relación alguna con la naturaleza de los sistemas que pretenden gobernar como dioses.
El problema persistente de los descubrimientos para los oligarcas
Un descubrimiento realizado en la mente de científicos como Marie Curie, Dmitri Mendeleyev, Benjamin Franklin o Max Planck (por citar algunos) tiene el efecto único de crear nuevas esferas de potencial para moverse, descubrir y crecer de maneras cualitativas que habrían sido imposibles antes de que se realizaran esos descubrimientos.
Por ejemplo, antes del descubrimiento de la electricidad, los límites del crecimiento de la humanidad y la «capacidad de carga» asociada eran muy diferentes de los que generó dicho descubrimiento después del siglo XIX.
Una vez realizado el descubrimiento y comunicado a otros, se hizo posible un nuevo poder para dirigir esta fuerza hacia fines benéficos, y así pudieron crearse nuevos inventos que sucesivamente irían transformando a mejor la capacidad y perspectivas de la humanidad.
Pronto, los mensajes que antes tardaban meses en transmitirse a través del océano se enviaban en segundos, y la producción de bienes útiles comenzó a desarrollarse de maneras inimaginables para quienes vivieron antes del siglo XIX. Más personas pudieron disfrutar de un mayor nivel de vida, y mientras que la esperanza de vida en Estados Unidos era inferior a 40 años antes de 1850, se disparó hasta alcanzar un promedio de 79 años en 2019.
Contrariamente a la creencia popular, el crecimiento geométrico de la población humana desde el Renacimiento Dorado no es evidencia de que la humanidad sea un cáncer, sino más bien una señal de que hacemos descubrimientos y aplicamos voluntariamente el poder de las ideas dándoles forma.
A diferencia de las teorías de Kaczynski y sus acólitos, esta tendencia no tenía «vida propia» como una fuerza demoníaca, sino que se produjo a través de una intensa lucha moral sobre ideas y la libre elección de los individuos de vivir e incluso morir por sus principios.
Si una clase dominante imperial elitista deseara dominar el sistema bajo un gobierno mundial unipolar, como lo ha deseado siempre el Imperio británico, entonces SI que la aplicación de la tecnología estaría impregnada de esas perversas intenciones de destruir y esclavizar a las masas en beneficio de unos pocos. De esto hay numerosos ejemplos, de los cuales hemos expuesto algunos.
A lo largo del siglo XIX y principios del XX, este sistema insidioso se entendía mejor como el «sistema británico» de orden social, definido por figuras como Jeremy Bentham, cuyo Hedonic calculus formó la columna vertebral de los economistas conductistas actuales, y Thomas Malthus, cuya «ley de la superpoblación» formó la base de la ciencia lúgubre del culto utilitarista del transhumanismo.
El liberalismo británico de Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill promovió la idea de que el «valor» se basaba en impulsos hedonistas de «comprar barato, vender caro» y evitar el dolor para maximizar el placer.
Se imaginaba que unas manos invisibles moldeaban los impulsos hedonistas del mercado, y se esperaba que los gobiernos nacionales se castraran a sí mismos renunciando a su derecho a utilizar la banca nacional, el proteccionismo o la regulación del capital privado en aras del bienestar general.
Detrás de las teorías académicas promovidas en universidades de todo el mundo, la aplicación real de este sistema conllevó una destrucción sistémica de las naciones allí donde se aplicó, y una red mundial de dependencia bajo el control de la City de Londres y la Compañía Británica de las Indias Orientales.
Bajo las leyes británicas de libre comercio y las leyes demográficas maltusianas, los textiles indios fueron sistemáticamente destruidos, y el «dragón chino» fue sometido con un programa infame de consumo masivo de opio durante el siglo XIX.
Tras la brutalización de estos dos objetivos, la City de Londres tomó rápidamente el control de los fabricantes textiles mundiales, lo que creó un mercado de exportación primario para el algodón de las plantaciones esclavistas del sur, y comenzó una nueva serie de adicciones: la adicción al dinero fácil derivado de la mano de obra esclava barata de las plantaciones estadounidenses.
Esta protoglobalización estableció un sistema global cerrado de controles sobre todas las naciones a través de cultivos comerciales, libre comercio, especulación y drogas.
En 1840, más del 20% de la población británica trabajaba en la industria textil en condiciones tan inhumanas como las que describió Charles Dickens en su Historia de dos ciudades y otros escritos.
Mientras tanto, Gran Bretaña adquiría el 80% del algodón producido por los estados esclavistas de EE. UU., fomentando una adicción al trabajo esclavo, que no se diferencia en nada del sistema de dependencia supervisado por el Banco Mundial y el FMI en los días de la globalización.
En oposición a este sistema de rapiña, el asesor económico de Abraham Lincoln, Henry C. Carey, esbozó un concepto diferente de sistemas mundiales que reconocía que el valor residía en el poder de creación de cada ciudadano individual y de cada Estado nación individual.
«El mundo se enfrenta a dos sistemas: uno busca aumentar la proporción de personas y de capital dedicadas al comercio y al transporte, y por lo tanto disminuir la proporción dedicada a la producción de mercancías para el comercio, con la consiguiente disminución de la rentabilidad del trabajo de todos; mientras que el otro busca aumentar la proporción dedicada al trabajo productivo y disminuir la dedicada al comercio y al transporte, con una mayor rentabilidad para todos, lo que proporciona al trabajador buenos salarios y al propietario del capital buenas ganancias.
Unos buscan incrementar la necesidad del comercio; los otros, aumentar el poder para mantenerlo. Unos buscan explotar al hindú y hundir al resto del mundo a su nivel; los otros, elevar el nivel de vida de la humanidad en todo el mundo al nuestro. Unos buscan la guerra universal; los otros, la paz universal…
Uno es el sistema inglés; el otro, podemos llamarlo con orgullo el sistema americano, pues es el único jamás ideado cuya tendencia ha sido la de elevar e igualar la condición del hombre en todo el mundo».
Henry C. Carey esbozó una ciencia del progreso tecnológico que se oponía directamente al sistema cerrado de «gestión de la población» de la escuela maltusiana y del Imperio británico en general.
En el sistema económico constitucional estadounidense de Lincoln/Carey, cada nación tenía la obligación de satisfacer sus propias necesidades vitales mediante el proteccionismo, la regulación y la banca nacional. Las mejoras internas impulsadas por nuevos descubrimientos y una infraestructura a gran escala permitirían a la humanidad crear siempre más energía de la que consume el sistema, superando así los límites del crecimiento.
Henry C. Carey también atacó a Malthus directamente, diciendo:
«De todos los artificios para erradicar todo sentimiento cristiano y fomentar el culto a uno mismo que el mundo haya visto hasta ahora, ninguno merece un rango tan elevado como el que se le ha asignado, y aún se le asigna diariamente, a la Ley de Población Maltusiana».
Un siglo después de la Guerra Civil estadounidense, el presidente Kennedy también arremetió contra la corrupción de los ideólogos del sistema cerrado que entonces comenzaban a aferrarse a las palancas de la política y la cultura, diciendo:
«Hace siglo y medio, Malthus argumentó que el hombre, al agotar todos sus recursos disponibles, presionaría perpetuamente los límites de la subsistencia, condenando así a la humanidad a un futuro indefinido de miseria y pobreza. Ahora podemos empezar a tener esperanza y, creo, a saber, que Malthus no expresaba una ley de la naturaleza, sino simplemente la limitación del conocimiento científico y social de la época».
Durante su efímera presidencia, Kennedy impulsó una amplia gama de proyectos energéticos, de transporte y aeroespaciales en todo el continente americano, y ofreció estas herramientas a África, donde luchó junto a líderes panafricanos como el presidente de Ghana, Kwame Nkrumah, y Haile Selassie de Etiopía, para construir importantes represas hidroeléctricas en contra de la voluntad de los intereses siderúrgicos de JP Morgan.
Contrasta esta filosofía positiva del crecimiento tecnológico con el misántropo Manifiesto de Morges publicado en 1961. Escrito por Julian Huxley y firmado por unos cuantos «amiguetes» de las iniciativas de la WWF, este manifiesto sirvió como constitución para el nuevo movimiento ecologista, que otros oligarcas como el príncipe Philip y el príncipe Bernhardt de los Países Bajos lanzaron ese mismo año. En él se pedía expresamente el aporte financiero necesario para las organizaciones «dignas» del movimiento-religión ecologista naciente.
En lugar de reconocer el mal que deforma a la humanidad en el sistema imperialista de explotación, como lo habían hecho Henry Carey, Lincoln y John F. Kennedy, esta élite hereditaria buscó convencer al mundo de que el progreso tecnológico mismo era el enemigo intrínseco de la naturaleza. Estos ecologistas oligárquicos supervisaron el asesinato de líderes antimaltusianos durante la década de 1960, al tiempo que establecían nuevas instituciones de control, como el Grupo Bilderberg o su socio minoritario en Davos en 1971.
Dichas organizaciones se convirtieron en los «nodos de control» de la gestión cibernética/transhumanista de la humanidad durante los siguientes 70 años.
Estos cibernéticos maltusianos exigían que la humanidad se definiera por la suma total de partículas individuales alienadas y atomizadas que se adhieren al supuesto de que deben, o bien adaptarse a la realidad de la inevitable eliminación de la voluntad humana por parte de la tecnología (como se ve en el triste caso del devoto de Wells, Noah Yuval Harari), o bien ir a la guerra contra el sistema (al que perciben como su enemigo intrínseco) en la forma del Unabomber, o activistas financiados por multimillonarios agrupados en torno a ecosectas como Extinction Rebellion y Deep Green Resistance.
Así como Aldous Huxley imaginó una droga llamada soma y el entretenimiento de las sensaciones mezclado con sexo sin amor como normas culturales imperativas a las que todos los sujetos de su novela distópica tenían que adaptarse en un mundo hedonista de sensualismo; la matriz cultural del LSD y la psilocibina a la que Huxley se dedicó (mientras reclutaba a Timothy Leary) junto con los nuevos sumos sacerdotes de la cibernética que surgían del MK Ultra serían los cimientos necesarios para una nueva era de feudalismo y despoblación deliberada.
El gurú intelectual del Foro Económico Mundial, Yuval Noah Harari, expuso esta visión del supuesto futuro inevitable en un discurso reciente, diciendo:
«Creo que la mayor incógnita en economía y política en las próximas décadas será “¿qué hacer con toda esta gente inútil?” No creo que tengamos un modelo económico para eso… el problema es más bien el aburrimiento y qué hacer con ellos, ¿cómo encontrarán algún sentido a la vida cuando básicamente no tienen sentido, no valen nada? Mi mejor suposición, por ahora, es una combinación de drogas y videojuegos».
Las IDEAS, no la fría utilidad, dan forma a la historia de la humanidad
Recordemos la premisa fundamental de Ted Kaczynski:
«El sistema no existe ni puede existir para satisfacer las necesidades humanas. En cambio, es el comportamiento humano el que debe modificarse para adaptarse a las necesidades del sistema. Es culpa de la tecnología, porque el sistema se guía no por la ideología, sino por la necesidad técnica».
En esta sencilla declaración, Kaczynski puso de manifiesto el hecho que niega:
1) El libre albedrío, puesto que (según Teddy) el sistema que ha moldeado a la humanidad crece de forma explotadora bajo su impulso sistémico de violar y destruir hasta que la libertad y la naturaleza desaparezcan.
2) El papel causal de las ideas, tanto correctas como incorrectas, en la configuración de la historia.
Por mucho que ecoterroristas como el Unabomber, Andreas Malm, David Skrbina, Roger Hallam o Derrick Jensen se resistan a admitirlo, sus supuestos fundamentales sobre la humanidad, la tecnología y la historia son IDÉNTICOS a los de los sectarios de la muerte como el príncipe Philip, Yuval Harari y Maurice Strong.
La elección siempre fue una falsa dicotomía
Esta es precisamente la naturaleza de la trampa del «doble vínculo» descrita por el propio Gregory Bateson como base para inducir esquizofrenia en una población-objetivo confundida. Bateson observó los efectos de la esquizofrenia que se pueden inducir (a menudo con la ayuda de cócteles alucinógenos), y cómo la víctima suele entrar en un estado esquizofrénico al enfrentarse a mensajes contradictorios. Por ejemplo, desde pequeños nos enseñan a «ser buenos con los demás». Si se nos presenta información que nos obliga a concluir que, para ser buenos, debemos hacer cosas que impliquen matar a otros seres humanos, entonces, previsiblemente, experimentaríamos algún tipo de disonancia cognitiva.
Algunas personas podrían creer que deben salvar la naturaleza de la amenaza de la humanidad influyendo en el sistema desde arriba para promover políticas que justifiquen la clausura de la civilización industrial, lo que provocaría la muerte de millones de personas.
Otros podrían toparse con la misma afirmación falsa de que «crecimiento tecnológico = maldad», y luego expresar su «bondad» declarando la guerra a la civilización industrial desde abajo.
En cualquier caso, los efectos conducen a la misma distopía tecnofeudal.
La única forma de romper este círculo vicioso es cambiar los axiomas fundamentales y reconocer que no es la tecnología lo que es intrínsecamente bueno o malo, ni la superpoblación un problema real, sino que es nuestra voluntad de tolerar ideas perversas que moldean el comportamiento de la tecnología y los sistemas políticos lo que provoca que esos sistemas se vuelvan fascistas y colapsen en épocas oscuras.
continúa en la parte 3………………………………………………..
