…………………………………………………viene de la parte 2
El transhumanismo como religión de sistema cerrado para la Nueva Era
En la primera parte de esta serie, presentábamos los movimientos «superficiales» y «subterráneos» que han sido cuidadosamente diseñados para, literalmente, inducir a la mayor cantidad de seres humanos posible a participar en la autodestrucción voluntaria de la civilización industrial.
En la segunda parte, exploramos los orígenes de una de las figuras más importantes del movimiento del decrecimiento: Ted Kaczynski y su papel como víctima del programa MK Ultra en la Universidad de Harvard. De este modo, enlazamos el movimiento ecologista en su forma más cruda con las manipulaciones de los artífices del «Big Reset», es decir, los sospechosos habituales del estado profundo, ahora reconvertidos en precursores y también mecenas de dicho movimiento.
En esta tercera entrega, profundizaremos en la enfermiza y distorsionada religión del transhumanismo, que es la filosofía subyacente al mal psicoespiritual que se extiende actualmente por la sociedad.
El triste caso de Yuval Noah Harari
Yuval N. Harari, historiador doctorado y filósofo autoproclamado autor de varios best-sellers, está considerado por muchos como uno de los pensadores y visionarios más importantes de los últimos tiempos. En materia religiosa, reniega de la religión tradicional, pero se considera inmerso en un eterno viaje espiritual de autoconocimiento, considerando mutuamente excluyentes ambos caminos; sin embargo, Wikipedia lo define como ateo judío (es israelita de nacimiento) y budista ateo. Aparte de toda esta mezcolanza (que solo se puede entender cuando se aplica a un espécimen de esta clase), Harari obviamente es un transhumanista experto que ha promovido la idea de que el crecimiento tecnológico en sí mismo es la causa de que una buena parte de la población califique como «comedores inútiles» (personas improductivas pero que consumen los cada vez más escasos recursos disponibles, según este personaje).
Harari pertenece al grupo de iluminados que opina que el futuro de la humanidad pasa por el sacrificio inapelable e «higiénico» de buena parte de los seres humanos.
Aunque antes se entendía el progreso tecnológico como un proceso liberador que ponía los frutos del trabajo intelectual (es decir, la ciencia y la tecnología) al servicio de las necesidades de la humanidad, los transhumanistas han dado la vuelta completamente a esta filosofía de progreso.
La religión del sistema cerrado del transhumanismo
Por el contrario, esta extraña teoría transhumanista postula que nos hemos equivocado al pensar que la tecnología es consecuencia de la exploración mental del universo objetivo y la aplicación de los descubrimientos para mejorar nuestras vidas subjetivas. Además, niega que la mente sea algo más que la suma de los átomos inanimados que componen el cerebro físico.
En cambio, la «nueva sabiduría» que surgió tras la revolución cibernética de los años sesenta afirmaba que la tecnología crece con la vida, actuando por sí misma como un «élan vital», o fuerza hipotética causante de la evolución (según el concepto bergsoniano sintético y determinista), sin tener en cuenta el pensamiento humano ni el libre albedrío.
Harari lo afirmó explícitamente, diciendo:
«Si se dispone de suficientes datos y de la capacidad informática necesaria, se puede comprender a las personas mejor de lo que ellas mismas se comprenden, y entonces se las puede manipular de formas antes imposibles. En tal situación, los antiguos sistemas democráticos dejan de funcionar. Necesitamos reinventar la democracia en esta nueva era en la que los seres humanos son ahora seres fácilmente manipulables. La idea de que los humanos tienen «alma» o «espíritu» y libre albedrío… eso se acabó».
Siguiendo las teorías de Marshall McLuhan, los ya conocidos Julian Huxley, el fundador de la cibernética Norbert Wiener, el transhumanista jesuita Pierre Teilhard de Chardin y el heredero intelectual de Chardin, Ray Kurzweil, como nuevos sacerdotes de la Cuarta Revolución Industrial, predicaron un nuevo evangelio a la humanidad.
Como figura destacada del Proyecto Gran Narrativa del Foro Económico Mundial, Harari describió este nuevo evangelio diciendo:
«La Biblia no nos da respuesta sobre qué hacer cuando los humanos dejen de ser útiles para la economía. Se necesitan ideologías y religiones completamente nuevas, y es probable que surjan en Silicon Valley, y no en Oriente Medio. Y es probable que ofrezcan visiones basadas en la tecnología. Todo lo que prometían las antiguas religiones: felicidad, justicia e incluso vida eterna, pero aquí en la Tierra, con la ayuda de la tecnología, y no después de la muerte con la ayuda de algún ser sobrenatural».
Tras haber sustituido a Dios por tecnócratas de Silicon Valley, sin duda se está vendiendo a Harari como un Moisés de la nueva era poshumana que sus amos desean introducir en el mundo.
Esta religión sintética es de carácter neodarwiniano y se basa en ciertos supuestos fundamentales. Uno de ellos es que los procesos estocásticos (aleatorios y, por lo tanto, intrínsecamente incognoscibles) a pequeña escala definen una tendencia generalizada a que las tecnologías crezcan inexorablemente hacia estados cada vez mayores de un fenómeno denominado «complejidad» (es decir, el aumento en la cantidad y velocidad de transmisión e interacción de las partes de un sistema en el espacio y el tiempo).
En lugar de asumir que una dirección moral moldea el flujo de la evolución ascendente, como habían supuesto las generaciones anteriores de pensadores antes del auge de la cibernética, estos nuevos reformadores se apresuraron a afirmar que las nociones absurdas de «mejor» o «peor» carecen de sentido alguno. Este autoproclamado «Übermenschen» [superhombre según la filosofía nazi] reconoció que la moralidad, al igual que Dios, el patriotismo, el alma o la libertad, son conceptos abstractos creados por el ser humano, sin existencia ontológica en el universo mecanicista, frío y, en última instancia, carente de propósito en el que supuestamente existimos.
A pesar de la aleatoriedad del comportamiento estocástico que se supone «organiza» todos los sistemas aparentemente ordenados, estos sumos sacerdotes creen firmemente en un conjunto rígido y determinista de leyes que moldean nuestra relación, cada vez más compleja, con la tecnología. Por ejemplo, se afirma que los humanos están destinados a sufrir la pérdida irreversible de las facultades mentales de la especie, ya que cada aparente avance tecnológico en el campo de la inteligencia artificial inevitablemente reemplaza a las formas de vida orgánicas obsoletas, del mismo modo que los mamíferos reemplazaron a los dinosaurios.
Sobre este punto, Harari dijo:
«Los seres humanos solo tenemos dos capacidades básicas: la física y la cognitiva. Cuando las máquinas nos reemplazaron en las capacidades físicas, pasamos a trabajos que requieren capacidades cognitivas. Si la IA llega a superarnos en ese aspecto, no habrá un tercer campo al que los seres humanos podamos acceder».
Al igual que todos los transhumanistas, Harari presupone que estas «mentes hackeables» desprovistas de alma o propósito son simplemente el efecto del comportamiento químico y eléctrico total de los átomos contenidos en el cerebro, y por lo tanto, cuando responde que estos humanos (de los que siempre se excluye, por cierto) no tienen otro propósito que ser felices mediante la nueva religión sintética, solo se refiere a las drogas y los videojuegos que estimulan los impulsos químicos que él define como la causa de la felicidad.
La noción de una felicidad causada por estímulos no materiales, como el gozo del descubrimiento, el gozo de la enseñanza y el gozo de crear algo nuevo y verdadero, no juega ningún papel en el frío cálculo de esos seres humanos que aspiran a convertirse en máquinas inmortales.
Curiosamente, esta es la manifestación psicobiológica de la doctrina geopolítica del pensamiento hobbesiano de suma cero, que exige que un «todo» se conciba simplemente como la suma de las partes que lo componen. Los defensores de cualquiera de estas filosofías asumen que cualquier sistema material que exista en un momento dado es todo lo que puede existir, puesto que niegan la existencia del cambio creativo o de principios universales.
Una mente tan patética y constreñida se ve obligada a presuponer que la segunda ley de la termodinámica (que establece la irreversibilidad de los fenómenos físicos, especialmente el intercambio de calor, con tendencia al equilibrio) es la única ley dominante que da forma a todo cambio en cada sistema cerrado que intentan comprender, desde una biosfera hasta un cerebro, una economía y el universo entero, ignorando toda evidencia de cambio creativo, diseño y propósito incorporados en la estructura misma del espacio-tiempo.
Transhumanistas contra humanistas
Ya hemos señalado que los sacerdotes transhumanistas han predicado que los poderes de la mente humana se reducen irrevocablemente con cada avance de la tecnología.
Por supuesto, para que se sostenga una tesis tan absurda, también es requisito que solo se tengan en cuenta las tecnologías de la información, o de lo contrario existe el peligro de que la gente reconozca que las tecnologías de mayor productividad en realidad liberan a los seres humanos de la repetitiva vida manual de la banalidad y desatan sus facultades de razonamiento creativo, que las jornadas intensivas de trabajo bruto nunca permitieron que florecieran.
Cuando se introducen en esta ecuación tecnologías relacionadas con el aumento de la capacidad productiva de la humanidad (como por ejemplo fuentes de energía cada vez más eficientes que permiten una mayor capacidad de acción per cápita y por kilómetro cuadrado, tal como se describe en los escritos de hace cinco décadas del fallecido economista estadounidense Lyndon LaRouche), entonces el argumento que afirma que «la irrelevancia de la humanidad aumenta en proporción directa a la mejora de la tecnología» también se desmorona.
Además, cuando se permite que la definición de ciencia y tecnología se extienda legítimamente al ámbito de la política y la ley moral, el argumento se desmorona aún más.
Porque, nos demos cuenta o no, las formas de gobierno y los sistemas de economía política son, en realidad, formas de tecnología con distintos diseños y modelos, concebidos con objetivos que se alcanzan o no según la sabiduría o la insensatez de quienes redactan las leyes y las constituciones. A diferencia de los diseños de máquinas convencionales, que funcionan según la mecánica puramente determinista de la física —independientemente del libre albedrío—, la maquinaria del gobierno, a su vez, da forma al sistema mediante la aplicación deliberada del pensamiento humano en una interacción de fenómenos subjetivos y objetivos.
En sus numerosos ensayos, el gran científico, inventor y estadista Benjamin Franklin explicó al mundo que el gobierno no era una «ciencia del control» ni una «ciencia de la estabilidad», como muchos de los círculos de élite de su época y de la nuestra han pretendido. Franklin, junto con otros destacados científicos y estadistas a lo largo de la historia, creía que el gobierno se comprende mejor como una tecnología aplicada que promueve una «ciencia de la felicidad», cuya expresión práctica, como cualquier expresión tecnológica de conceptos científicos, lleva implícita en su diseño la semilla de su propia mejora.
De ahí el brillante concepto de los documentos fundacionales estadounidenses de 1776 y 1787, que instituyeron un principio operativo basado en la noción de autoperfeccionamiento constante: la formulación aparentemente contradictoria de «una unión más perfecta» (un lógico se quejaría de que esta construcción es un absurdo, ya que algo es o bien perfecto/estático o bien mejor/cambiante, pero no puede ser ambas cosas).
Por fortuna, Franklin y sus aliados eran científicos y no lógicos, y por lo tanto sabían más.
Esta nueva forma de gobierno «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo» nunca tuvo la intención de convertirse en una máquina fija, cristalizada o estática en ningún momento, ya que en aquellos días se entendía mejor que si se imponía tal estancamiento, provocando que las estructuras formales sofocaran el espíritu creativo que dio origen a dicha ley, entonces esa sociedad insensata estaría condenada a la decadencia, el estupor y la tiranía absoluta.
Por supuesto, la sociedad estaba condenada si tal corrupción se arraigaba durante demasiado tiempo, razón por la cual Franklin y los demás autores de la Declaración de Independencia escribieron que,
«…cuando cualquier forma de gobierno se vuelve destructiva para estos fines, es derecho del pueblo alterarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno, fundamentándolo en los principios y organizando sus poderes en la forma que a su juicio sea la más adecuada para lograr su seguridad y felicidad».
El legado antimaltusiano olvidado de Estados Unidos
Este principio de autoperfeccionamiento tanto en la ciencia, la tecnología y el arte de gobernar fue enunciado brillantemente por el asesor económico de Abraham Lincoln, Henry C. Carey (1793-1879), quien refutó la ciencia lúgubre de los economistas de la Compañía Británica de las Indias Orientales, J.S. Mill y David Ricardo, quienes promovieron la pseudocientífica «ley de rendimientos decrecientes».
Esta supuesta ley presuponía una devaluación determinista de la tierra con el tiempo, a medida que aumentaban las rentas bajo una «ley de explotación de los no aptos por los más aptos».
En su obra Unity of law (1872), Carey escribió:
«Mr. Malthus había asumido, de igual manera, que el hombre siempre había comenzado el trabajo de cultivo en los suelos más ricos, y que con el aumento de la población había sido, y siempre sería, necesario recurrir a aquellos de una descripción inferior, con rendimientos del trabajo cada vez menores; el Sr. Ricardo siguió la teoría asumiendo que la producción constantemente decreciente había estado, y debía estar, acompañada del poder del terrateniente para tomar para sí una parte cada vez mayor del producto disminuido, dejando al pobre trabajador una parte cada vez menor de una cantidad constantemente decreciente; la creciente desigualdad del pueblo de Inglaterra se demostraba así como el resultado de una gran ley establecida por el Creador para el gobierno de la raza humana.
Una vez establecida la tendencia a la subyugación de las masas, o, dicho de otro modo, a la esclavitud, como resultado necesario de las instituciones divinas, el señor Mill ciertamente no se equivocó al afirmar a sus lectores que la ley de la productividad constantemente decreciente del trabajo agrícola, cuya existencia se había asumido, era “la proposición más importante en economía política”; y que, “si la ley fuera diferente, casi todos los fenómenos de la producción y distribución de la riqueza serían diferentes”».
El propio Kennedy hablaba así en 1961 ante la Academia Estadounidense de Ciencias, arremetiendo contra el virus de Thomas Malthus:
«Hace siglo y medio, Malthus argumentó que el hombre, al agotar todos sus recursos disponibles, presionaría perpetuamente los límites de la subsistencia, condenando así a la humanidad a un futuro indefinido de miseria y pobreza. Ahora podemos empezar a tener esperanza y, creo, a saber, que Malthus no expresaba una ley de la naturaleza, sino simplemente la limitación del conocimiento científico y social de la época».
Estas teorías de sistemas cerrados, promovidas por todos los economistas imperiales británicos, no solo fueron la base sobre la cual Marx y Engels elaboraron su teoría de la lucha de clases (ignorando por completo la existencia de la escuela económica antiimperialista que entonces estaba activa en los EE. UU.), sino que también fueron la base del resurgimiento neomaltusiano del Club de Roma en 1968, que adoptó el uso de modelos informáticos para justificar supuestos límites fijos al crecimiento de la humanidad.
Estos modelos se incorporaron al Foro Económico Mundial durante el evento de 1973, en el que se elaboró el Manifiesto de Davos, que esbozaba las nociones de Schwab sobre el «Capitalismo de las partes interesadas».
En su obra Unity of law, Henry C. Carey demostró no solo que el progreso tecnológico hizo que las tierras improductivas se volvieran más productivas con el tiempo, sino también que el poder para sustentar la vida aumentó en lugar de disminuir con mayores rendimientos para todas las partes en un sistema de cooperación mutua de suma no cero.
Carey se centró en la sencilla relación entre la mente humana y la fuerza de la naturaleza como una interacción recíproca a lo largo del tiempo.
En esta interacción entre las llamadas fuerzas subjetivas de la mente y las fuerzas objetivas de las leyes de la naturaleza, se estableció firmemente una coherencia entre la humanidad y las leyes descubiertas de la creación.
Carey dice de esta interacción:
«Cuanto más perfecto sea ese poder [de autodirección], mayor será la tendencia a un mayor control de la mente sobre la materia; el miserable esclavo de la naturaleza cede gradualmente su lugar al amo de la naturaleza, en quien el sentimiento de responsabilidad hacia su familia, su país, su Creador y sí mismo, crece con el crecimiento del poder para guiar y dirigir las vastas y diversas fuerzas puestas bajo su mando».
Desde 1787 hasta el asesinato de John F. Kennedy en 1963, la tendencia general de la república estadounidense en particular, y del mundo occidental en términos más amplios, fue sin duda turbulenta y a menudo autodestructiva, debido en gran medida a la mano subversiva del estado profundo con sede en Londres operando en todo el mundo.
Pero a pesar de esta turbulencia, prevaleció una ética general basada en el amor al progreso tecnológico, a Dios, a la nación, a la verdad y a la familia, y, en general, la norma era que cada generación viviera en un mundo mejor que el que le habían dejado las anteriores. Dentro de este sistema de valores, se entendía que los objetivos morales, científicos y políticos de la especie se unían en un mismo entramado de superación personal y libertad.
A pesar del fuerte clamor de los maltusianos y eugenistas en sentido contrario, los hechos materiales de la relación del hombre con la naturaleza durante los últimos miles de años respaldan las ideas de Franklin, Carey y Kennedy.
Cada vez que a las personas se les brindan las libertades políticas y las oportunidades económicas adecuadas, la humanidad no solo ha aumentado su «capacidad de carga» de maneras que ninguna otra especie animal pudo hacerlo, pasando de mil millones de almas en el año 1800 a casi 8 mil millones en la actualidad, sino que también ha experimentado un salto en la esperanza de vida.
Mientras tanto, la productividad per cápita ha tendido a aumentar paralelamente a la emancipación política (al menos hasta el golpe económico y financiero de 1971 en lo que respecta a la sociedad transatlántica).
Eurasia y la defensa del derecho natural
Si bien la coherencia con la ley natural (tanto científica como moral) se ha desmoronado en el mundo occidental durante el último medio siglo, dando paso a una pseudorreligión transhumanista y neoeugenista que subyace a un orden unipolar basado en reglas, la antorcha ha sido recogida por destacados estadistas de toda Eurasia, quienes han decidido resistir la tendencia hacia una distopía neofeudal.
En su discurso ante el XXV Foro Económico Internacional de San Petersburgo, el presidente ruso Putin describió su concepto de crecimiento tecnológico, mejora industrial y multipolaridad en los siguientes términos:
«El desarrollo tecnológico es un área transversal que definirá la década actual y todo el siglo XXI. Revisaremos en profundidad nuestros enfoques para construir una economía innovadora basada en la tecnología, una tecnoeconomía, en la próxima reunión del Consejo de Desarrollo Estratégico.
Hay mucho que podemos discutir. Lo más importante es que se deben tomar muchas decisiones gerenciales en el ámbito de la educación en ingeniería y la transferencia de la investigación a la economía real, así como en la provisión de recursos financieros para empresas de alta tecnología de rápido crecimiento.
Los cambios en la economía global, las finanzas y las relaciones internacionales se desarrollan a un ritmo y una escala cada vez mayores. Existe una tendencia cada vez más marcada a favor de un modelo de crecimiento multipolar en lugar de la globalización. Por supuesto, construir y dar forma a un nuevo orden mundial no es tarea fácil. Tendremos que afrontar numerosos desafíos, riesgos y factores que hoy difícilmente podemos predecir o anticipar.
Sin embargo, resulta obvio que corresponde a los estados soberanos fuertes, aquellos que no siguen una trayectoria impuesta por otros, establecer las reglas que rigen el nuevo orden mundial. Solo los estados poderosos y soberanos pueden tener voz en este orden mundial emergente. De lo contrario, están condenados a convertirse o permanecer como colonias desprovistas de todo derecho».
Compárense estos conceptos con la visión sombría de Harari y sus patrocinadores transhumanistas, quienes están fervientemente comprometidos con un orden unipolar de estancamiento y el fin de la historia, cuando Harari describe el papel de la tecnología en la creación de una nueva clase global «posrevolucionaria» inútil, eternamente bajo el dominio de la emergente alta casta de las élites de Davos:
«La casta alta que domina la nueva tecnología no explotará a los pobres. Simplemente no los necesitará. Y es mucho más difícil rebelarse contra la irrelevancia que contra la explotación».
Dado que la tecnología ha vuelto inútil a la mayor parte de la humanidad, y dado que la nueva forma emergente de gobierno unipolar tecnotrónico hará obsoleta toda posibilidad de revolución, la pregunta que Harari se plantea es: ¿qué se hará con la plaga de «comedores inútiles» extendida por todo el mundo?
Aquí, Harari sigue los pasos iniciados por su antiguo compañero de alma, Aldous Huxley, durante su infame conferencia de 1962 titulada La revolución definitiva en el Berkeley College, al señalar el importante papel que desempeñarán las drogas y los videojuegos:
«Creo que la mayor incógnita en economía y política en las próximas décadas será: ¿qué hacer con toda esta gente inútil?
No creo que tengamos un modelo económico para eso… el problema es más bien el aburrimiento y qué hacer con ellos, y cómo encontrarán algún sentido a la vida cuando básicamente no tienen sentido, no valen nada.
Mi mejor suposición por el momento es una combinación de drogas y juegos de computadora».
