LIBRO DE LAS MUTACIONES

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El  “I Ching”, o “Libro de las mutaciones” como se le conoce más comúnmente, es uno de los textos más antiguos (si no el que más) que la humanidad ha conservado. Originario de China, se trata de un auténtico tesoro patrimonial de su cultura, que tiene sus raíces en la antigua mitología  y que ha evolucionado a lo largo de la historia hasta llegar a ser, tal y como lo conocemos hoy en día, un libro eminentemente sapiencial con una contrastada utilidad oracular (contrastada porque ha venido sirviendo a este fin desde muy antiguo hasta prácticamente nuestros días).
En el I Ching se asienta, elaborada y a la vez concisa, toda la sabiduría destilada durante milenios por la civilización china en cuanto a su filosofía y pensamiento. Fuente de inspiración para los grandes maestros orientales, ha sido también piedra angular de estudio y referencia para las principales religiones desarrolladas en la propia China.

El texto en sí no ha permanecido inalterado, sino que ha recibido diferentes aportaciones a lo largo del tiempo: algunas de ellas han sido de importancia y  han conformado algunos aspectos esenciales del libro dándoles unas características peculiares y definitivas (por ejemplo la introducción de los hexagramas, como más adelante veremos). Otras, quizá no tan importantes pero sí sumamente interesantes, se han incorporado al libro como comentarios y desarrollos teóricos que sin duda complementan y enriquecen la lectura de este libro de sabiduría.

Además de la mencionada influencia del I Ching en el taoísmo y el confucianismo, también ha sido respetado como texto sapiencial en el seno del budismo; hay que señalar que fue una notable referencia para el budismo zen y de la mano de esta disciplina y del propio confucianismo el estudio y práctica del Libro se extendió hacia Japón. Allí consta que hacia principios del siglo XVII, después de la unificación y pacificación que acompañó al país en aquel tiempo (shogunato de Tokugawa), el propio régimen feudal adoptó el I Ching para sustentar la práctica político-social, además de ser ampliamente divulgado en el entorno tanto del budismo como del confucianismo y adoptado prácticamente en todos los estratos sociales. Este probablemente sería el punto más álgido de la influencia del I Ching en la sociedad y cultura japonesas, en cuyo seno tuvo sin duda gran importancia.

Estructuralmente se puede considerar al Libro de las Mutaciones como un perfecto tratado cosmogónico. El conocimiento esotérico que subyace tras el texto es muy notable y entronca definitivamente con la filosofía perenne, tanto si se aborda desde el punto de vista oriental  inherente a este libro como el occidental, que no es menos reconocible. Los puntos de contacto del I Ching con las claves del conocimiento del esoterismo taoísta (y sin duda budista) son  evidentes, y al respecto de la concordancia con la enseñanza esotérica occidental encontramos similitudes con los principios herméticos expresados en El Kybalion, los cuales son lo suficientemente representativos como para tomarlos en seria consideración y como correcta base referente.

Parece ser que en su origen el I Ching fue un libro sin palabras; debió ser una sucesión de signos no idiomáticos con múltiples significados, a los cuales se complementó posteriormente con texto verbal.
En la literatura china se indican cuatro personajes principales como autores del Libro de las Mutaciones, los cuales son, en orden cronológico:

-Fu-Hi (Fuxi), mítico emperador y personaje legendario cuyo reinado se presume anterior a todas las dinastías conocidas.
-El rey Wen, considerado el  fundador de la dinastía Zhou (hacia el siglo XI a. c.)  y hombre sabio y virtuoso.
-El duque de Zhou, hijo del rey Wen y continuador de su obra.
-Kung-Tse (Confucio).

Según la leyenda, los ocho trigramas (llamados “pa kua” o “ba gua”, que significa “ocho estados de cambio”) en que se fundamenta el  I Ching  le fueron revelados de forma sobrenatural a Fuxi; al parecer intuyó su sentido al observar similares marcas en el lomo de un animal salido del río Amarillo (algunos textos dicen que era el caparazón de una tortuga y otros mencionan el lomo de un dragón) y dedujo una especie de significación arquetípica. Este relato, revestido de un halo mitológico, indica básicamente que se atribuye a los trigramas una antigüedad tal que rebasa la memoria histórica.

Para entender fácilmente la composición de los trigramas diremos que su base fundamental es la de cualquier oráculo arcaico,  la respuesta oracular más básica es binaria: la afirmativa, en este caso representada por una línea de trazo contínuo  ______    o la negativa, representada por una línea partida  ___ ___ . Estos dos trazos, mediante una sencilla duplicación, dan lugar a cuatro combinaciones básicas. A estas se añade un tercer elemento lineal y a su vez se combinan con lo que quedan conformados los ocho signos formados por tres líneas básicas, los trigramas (ver archivo adjunto, al final del artículo).
Estos ocho trigramas fueron concebidos como imágenes simbólicas de lo que sucedía en el cielo y sobre la tierra, cuyo sentido se debía asimilar como una perpetua transición de un signo hacia otro, paralelamente a la recíproca transición de los fenómenos que naturalmente tienen lugar en el mundo. De aquí parte la idea fundamental de las mutaciones, del cambio constante. Es decir, que los signos no constituyen representaciones de las cosas, sino sus tendencias de movilidad. Así que podemos definir a  los trigramas como estados esenciales simbólicamente expresados que son susceptibles de convertirse o mutar los unos en los otros.

Se conocen al menos dos recopilaciones arcaicas del Libro de los cambios sustentadas en algunos hallazgos arqueológicos recientes en las que se presentan los trigramas originales formando combinaciones; dichos textos se asocian a las dinastías Hia y Shang (primera y segunda dinastías chinas) aunque la documentación disponible no aporta más información respecto a cómo se elaboraban dichas combinaciones.

Tradicionalmente se acepta el hecho de que hacia el siglo XI aparece la figura, ya históricamente contrastada, del rey Wen el cual, basándose en los ocho trigramas simbólicos, elabora la colección de los 64 hexagramas. La composición estructural de estos hexagramas se obtiene de la yuxtaposición de dos trigramas y la posterior permutación de los mismos (ver archivo adjunto al final del artículo).
El rey Wen añadió también breves sentencias o juicios (los “Dictámenes”) a estos hexagramas con lo cual, a la vez que ampliaba la complejidad del oráculo también lo hacía más  erudito agregando un texto sapiencial de todo punto enriquecedor. Se cuenta que Wen, venerado como gobernante de gran virtud y bondad (aunque alcanzaría la dignidad de rey a título póstumo), desarrolló esta aportación intelectual clave para el Libro de las Mutaciones mientras permanecía prisionero del corrupto rey Zhou Sin, el último de la dinastía Shang.
La ordenación de los hexagramas que este monarca ideó y redactó, que es la de uso más común desde entonces, es conocida con el nombre de “secuencia del rey Wen”.

El cuarto hijo del ilustre Wen, conocido como el duque de Zhou por la dignidad nobiliaria que ostentaba, fue el encargado de continuar el trabajo de su padre. Remató la secuencia de los hexagramas y añadió un comentario a cada una de las líneas. El texto resultante es la primera compilación del  I Ching con un complejo valor oracular y filosófico; se le conoce como Libro de los Cambios de Zhou o “Zhou Yi”.

Así llegó el libro a manos de Confucio (siglos VI-V a.c.).  Este pensador y maestro chino, ampliamente respetado y venerado, concedió gran importancia al I Ching sobre todo como medio de meditación, estudio y aleccionamiento moral y filosófico. Es sabido que la doctrina confucianista se basaba en el desarrollo de los valores morales, así como el respeto a la tradición, el esfuerzo en el estudio y la meditación. Es por esto por lo que Confucio hizo hincapié en el conocimiento de la literatura china tradicional, con especial atención al I Ching.
Fruto del estudio y meditación que Confucio dedicó al Libro de  los Cambios se gestaría el Shi Yi: atribuido generalmente a Confucio y sus discípulos, el Shi Yi o las Diez Alas como también se le conoce es un texto compuesto por diez apéndices que completan las sentencias del Zhou Yi;  estos apéndices contienen aportaciones sobre la interpretación de los hexagramas, de las líneas, de la simbología, de las imágenes, del concepto del cambio, de los trigramas, de la secuencia de los hexagramas y de su asociación por pares, explicándolas e interpretándolas desde distintos puntos de vista probablemente debido a que fueron creadas por distintas escuelas confucianistas. La unión del Zhou yi y el Shi Yi fue materializada por los eruditos de la dinastía Han, ya hacia el siglo III a. c., y de dicha unión surgiría el I Ching como se conoce en la actualidad.

Sin embargo, pasarían varios siglos antes de que el I Ching fuera conocido en Occidente. Las primeras noticias documentadas nos refieren al erudito Atanasius Kircher; este sacerdote jesuita alemán  publicó hacia 1667 su monumental obra “China illustrata”, libro en el que condensaba gran cantidad de información obtenida de los sacerdotes jesuitas que regresaban de las misiones establecidas en China por esta orden religiosa. Fue por este medio por el que Kircher tuvo acceso al I Ching (el no visitó jamás China), pero sólo haría una somera mención del mismo carente de estudio o investigación.
No cabe duda de que la información recopilada por los jesuitas (establecidos en China desde finales del siglo XVI) contribuyó en gran medida al conocimiento del gran país oriental  en Europa. Poco después de la aportación de Kircher, otro jesuita llamado Joachim Bouvet, que había viajado a China como miembro de una delegación misionera francesa, hizo interesantes observaciones acerca del I Ching. Bouvet residió en China durante varios años, y en ese tiempo realizó diversos trabajos y estudios tanto oficiales como por iniciativa personal. Fascinado por el lenguaje chino, los ideogramas y caracteres de su escritura y su mitología y antigüedad, Bouvet enfocó su atención en el I Ching con especial interés.  Tanto es así que en los primeros años del siglo XVIII  el jesuita mantendría correspondencia epistolar con  Leibniz, el gran pensador alemán contemporáneo suyo, que por aquel tiempo publicaba sus trabajos matemáticos acerca del sistema binario.  Bouvet envió a Leibniz los 64 hexagramas del Libro de los Cambios, haciéndole notar la extraordinaria analogía que encontraba entre estos y el sistema propuesto por el sabio alemán. No obstante, el entusiasmo de ambos hacia el I Ching se basaba en el aspecto científico, reduciéndose su interés a la similitud entre el conocimiento contenido en el texto chino y el pensamiento científico europeo.

Habría que esperar hasta casi finales del siglo XIX para la aparición de traducciones más concienzudas del I Ching a las lenguas europeas: el religioso belga Charles de Harlez publicaría su traducción al francés, en el marco de sus estudios orientalistas, y por su parte el también religioso y misionero escocés James Legge haría lo propio al idioma inglés. Estas traducciones, aunque dignas de tenerse en cuenta, estaban marcadas por una visión a veces bastante subjetiva dado el prisma religioso que inevitablemente aplicaron estos autores a sus trabajos. Es por ello que la traducción generalmente más tenida en consideración es la del misionero y gran sinólogo alemán Richard Wilhelm, publicada hacia 1923 y en cuya elaboración dedicó un encomiable esfuerzo. Wilhelm residió en China durante más de dos décadas y tradujo diversas obras chinas, entre las que destacó la mencionada del I Ching. Es importante señalar que para este trabajo contó con la colaboración de un maestro chino de la antigua escuela llamado Lao Nai Xuan, con cuyo asesoramiento Wilhelm pudo dar a su trabajo una dimensión espiritual y psicológica y una verosimilitud que hacen que haya llegado a ser una obra de referencia y siga teniéndose como sobresaliente en nuestros días.

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El Libro de las Mutaciones fue al principio una colección de signos destinados a fines oraculares; estas consultas de adivinación eran habituales en la antigua China, y el I Ching sería una herramienta profusamente utilizada para ello ya entre la nobleza de las dinastías más antiguas.

La mecánica del I Ching en su vertiente adivinatoria consiste en conformar un hexagrama de forma aleatoria (que será la respuesta oracular), y para ello se usan tradicionalmente dos métodos:

El método de adivinación mediante tallos de milenrama (o aquilea): la consulta al oráculo se hace usando tallos o varillas de dicha planta. En la práctica se requieren cincuenta tallos, de los que uno se aparta y no se toma en cuenta. Los cuarenta y nueve restantes se separan en dos montones, se toma primeramente una varita del montón que ha quedado a la derecha y se coloca entre los dedos anular y meñique de la mano izquierda. Después se recoge el montón de la izquierda con la mano izquierda y con la mano derecha se van separando las varitas de cuatro en cuatro, hasta que el resto sean cuatro varitas o menos. Este resto se coloca entre los dedos medio y anular de la mano izquierda. Se hace la misma operación con el montón de la derecha y se coloca el nuevo resto entre los dedos medio e índice de la mano izquierda. La suma de las varitas que se encuentran en este momento en la mano izquierda debería ser o nueve, o cinco; la primera varita apartada no se cuenta, así que nos queda un saldo de ocho o cuatro. Al ocho se le asigna el valor dos  y al cuatro el valor tres.
Se recogen los dos montones que han quedado y se vuelven a dividir, repitiendo exactamente toda la operación anterior. Esta vez se obtendrá como suma el valor ocho o el cuatro, que como hemos visto adquieren el valor definitivo de dos o de tres.
Con el montón restante se procede por tercera vez de la misma manera.
De este modo  se obtiene una combinación de tres cifras (que pueden ser un dos o un tres) las cuales se suman y dan lugar al primer elemento lineal. Hay cuatro posibilidades:
-Si el resultado de la suma es seis, se obtiene una línea negativa yin móvil o cambiante.
-Si el resultado de la suma es siete, se obtiene una línea positiva yang fija o en reposo.
-Si el resultado de la suma es ocho, se obtiene una línea negativa yin en reposo.
-Si el resultado de la suma es nueve, se obtiene una línea positiva yang cambiante.
Este elemento lineal es la primera línea del hexagrama, la de abajo pues se forma de abajo hacia arriba, repitiendo el proceso seis veces consecutivas.
Finalmente, cuando el hexagrama obtenido está formado únicamente por líneas en reposo, se toma en cuenta para el fin oracular la idea del signo en su totalidad, tal y como se expresa en los dictámenes y comentarios del I Ching, y la información adscrita a su imagen y simbolismo. Pero si en el signo obtenido hay líneas cambiantes, además de lo anterior hay que tener en cuenta los comentarios adscritos a esas líneas en particular, pues su significación implica información adicional. Además, al cambiar los trazos de esta o estas líneas cambiantes (se cambian por el opuesto) surgirá un nuevo hexagrama, obtenido así por mutación del original, cuyo significado también habrá de ser tomado en consideración.

El método de adivinación mediante las monedas: en este caso, bastante abreviado respecto al anterior, la consulta implica el uso de tres pequeñas monedas con un agujero cuadrado en el centro. En cada moneda suele figurar por una cara un conjunto de caracteres chinos; a esta cara se le asigna el valor fijo dos o yin. La otra cara puede estar lisa o contener algún ideograma, y se le asigna el valor fijo tres, yang. Estos valores se asignarán dependiendo de las monedas que se utilicen, puesto que no hay unanimidad respecto a su aspecto, por supuesto siempre que una de las caras ostente el valor dos y la otra el tres.
En este caso  se tiran las tres monedas y se registra el resultado sumando los valores obtenidos de cada moneda. Cada tirada dará lugar a un elemento lineal del hexagrama, y el proceso de recuento es el mismo que en el caso de los tallos.

Como hemos visto, el I Ching parte de la idea elemental de la dualidad. Los conceptos taoístas del Yin y el Yang ilustran a la perfección esta idea, pues exponen la dualidad fundamental. Se trata de dos fuerzas opuestas pero a la vez complementarias en las que reside la esencia de todo lo que existe en el universo. El yin es el principio femenino, la tierra, la oscuridad, la pasividad, el polo negativo; el yang es el principio masculino, el cielo, la luz, la actividad, el polo positivo. Ambos se complementan perfectamente (y necesariamente), como podemos ver ilustrado en el conocido símbolo taoísta del yin y el yang, el llamado “diagrama de taiji”. Este diagrama o símbolo asimismo expresa la idea de transformación continua que subyace tras los conceptos yin yang, y que conforma la base de la filosofía del I Ching. No es casual que a menudo se represente al diagrama circular de taiji rodeado por los ocho trigramas.

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De este modo, el I Ching propone un sistema dinámico para explicar el universo en el que, casi paradójicamente, lo único que permanece estable es la constante de los cambios o trasformaciones. El mundo conocido estaría compuesto de alguna esencia de tipo espiritual; esencia que podía ser intuida e interpretada debido a que seguiría unos determinados patrones, pudiéndose así adelantarse a ellos y predecir el futuro. Estos patrones serían expresados y codificados en las figuras llamadas trigramas. Aquí es inevitable rememorar la concepción de Lao-Tse, de gran implicación hermética, que dice: “Todo lo que ocurre en lo visible es el efecto de una imagen, una idea situada en lo invisible”.

Ese destino predecible antes mencionado podría ser sin embargo alterado mediante el uso de determinadas normas de comportamiento moral o la comprensión de la posición propia en el orden cosmológico.  Esto implica la introducción de un factor necesario: cada situación concreta requiere del individuo un específico modo de actuar para una satisfactoria adaptación. De ahí la gran importancia de los consejos sapienciales del I Ching. Cada hexagrama describe una situación vital y las líneas orientan acerca del modo de afrontarla, del comportamiento más oportuno, equilibrado, y por tanto más sabio. Los comentarios añadidos en el Libro de Zhou y sobre todo los posteriores de la escuela confucianista aportan al I Ching un principio moral que en teoría debería presidir la conducta de un individuo que aspira a ser equilibrado y virtuoso. Esta filosofía moral se inspira en la Naturaleza, y en las figuras del I Ching adquiere relevancia aportando, en forma de metáforas, normas de conducta aplicables a la vida cotidiana.

Y así llegamos a la clave del I Ching, pues la pregunta que procede formularse en este punto es: ¿Es el I Ching un simple entretenimiento adornado con sabias sentencias y comentarios más o menos útiles, o la mecánica del oráculo obedece a un proceso efectivo capaz de inducir un orden, un método que establezca un nexo entre el consultante y la respuesta obtenida? Esta es la duda que se plantea básicamente ante cualquier procedimiento o método adivinatorio; respecto al I Ching, se han expuesto interesantes teorías.

El I Ching invita con insistencia al autoconocimiento. Es por ello deseable que la persona que lo aborde lo haga desde el punto de vista de la reflexión, del pensamiento acerca de uno mismo, lo que hace y la circunstancias que le rodean. Y en cuanto a la relación pregunta-respuesta en el  oráculo, partiremos del siguiente pensamiento del maestro Krishnamurti: “Una pregunta errónea tendrá una respuesta errónea, pero una pregunta correcta puede abrir la puerta de la comprensión”. Es entonces lógica la importancia de la precisión de la pregunta que se formula al oráculo. Diversos maestros espirituales y filósofos, tanto occidentales como orientales, han declarado que “toda pregunta clara lleva en sí misma la respuesta”.

Podemos pensar acertadamente que las preguntas que se hacen a un oráculo en realidad las dirige uno a sí mismo, y cabe encontrar la respuesta en uno mismo. Pese a todo, estos pensamientos no parecen determinantes. El psiquiatra Carl G. Jung, gran admirador del I Ching, va un paso más allá diciendo en el contexto del  oráculo, que “todo lo que ocurre en un momento dado posee inevitablemente la calidad peculiar de ese momento”. Esto, que puede parecernos una afirmación banal, tiene muy interesantes (y prácticas) implicaciones, ya que podemos deducir que la aparición de un determinado símbolo o hexagrama puede ser un indicador de la situación esencial que prevalece en el momento en que se origina dicho símbolo.
A partir de esta idea, Jung desarrolló un principio al que denominó “sincronicidad”, y lo definió como “una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal”. Jung expresó este principio desde el prisma de la psicología con el fin de intentar encontrar una conexión entre fenómenos o situaciones enlazados de manera acausal, es decir, que no presentan una relación causal que responda a la tradicional lógica causa-efecto. Aplicado al oráculo del I Ching, este principio habilitaría la posibilidad de que un hexagrama equivaldría a un prototipo o reflejo fiel del estado psíquico del observador o consultante en un momento dado. A pesar de lo difuso que pueda parecernos este peculiar punto de vista, acostumbrados como estamos los occidentales a buscar  la causalidad en todos los fenómenos y situaciones, lo cierto es que dicho punto de vista es más acorde a la mentalidad global china.

No podemos dejar de mencionar la relación existente entre el Libro de las Mutaciones y la medicina china. Aparte de la dualidad básica que sustenta a ambos, el yin y el yang, y el objetivo general común de actuar sobre la desarmonía del individuo, concretamente en el método de la acupuntura se han establecido fórmulas para realizar cálculos sobre los meridianos y acupuntos derivadas de los ocho trigramas. Y en el Feng Shui, el conocido sistema que busca la armonía del espacio con objeto de lograr influencias positivas, se conjugan precisamente la simbología del I Ching junto con los cinco elementos  de la filosofía china tradicional para a partir de ahí establecer toda una metodología filosófica con aplicaciones prácticas.

Archivos adjuntos:

Formación de los trigramas

Los 64 hexagramas

 

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