El mundo entero continúa asistiendo impasible al animado espectáculo que las fuerzas satánicas, encarnadas en los sospechosos habituales y haciendo uso de sus métodos tradicionales de traición, mentira y destrucción, están llevando a cabo en la región de Oriente Medio. En un reciente acto de agresión abierta, ya con la completa y voluntariosa colaboración del nuevo agente satánico desenmascarado al público en general (nos referimos a los sionistas revisionistas que gobiernan Israel), y como también ya es costumbre en esa zona lanzando a las hostilidades a las hordas de mercenarios variopintos, se está procediendo a la metódica destrucción y remate de lo que queda de Siria, el digno y machacado reducto desde donde el presidente Assad, con la ayuda del Eje de Resistencia, aguantaba con soberbio aplomo los embates del imperio satánico. Mientras publicamos este artículo, se está procediendo al saqueo indiscriminado (por parte de las hordas) y al reparto de las tierras y recursos del desgraciado país por parte de las «potencias occidentales» y sus secuaces (véase nuestro anterior artículo «Tercera guerra mundial» para entender algunas claves del ansioso comportamiento de estos carroñeros).
No crea el lector que exageramos en nuestra descripción y calificativos: toda esta destrucción física se desarrolla paralelamente a la destrucción moral y espiritual de un sistema decadente, lo cual se puede vislumbrar desde una perspectiva más amplia y contemplar como la eterna lucha entre el bien y el mal, como ya hemos analizado en otros de nuestros artículos. Podemos ver como la corrupción de las religiones tradicionales solo puede derivar ya en un desastre apocalítico, o en la completa deshumanización de las personas.
Es importante en estos tiempos adquirir una perspectiva adecuada, tratar de buscar la información veraz donde esta se encuentre, para comprobar cómo se tergiversa la historia de manera que las acciones del maligno para dominar el mundo se hacen pasar por intentos de liberar al pueblo, sin importar ni la mentira, ni la traición, ni el coste en sangre y destrucción que de ello se derive. Satanás es el príncipe de la mentira, no lo olvidemos. Aunque, ante esta fuerte marea de acontecimientos, cada vez es más difícil aferrarse a la sólida roca salvadora.
Aquellos que han leído otros de nuestros artículos de tinte geopolítico, ya sabrán que cuando hablamos de los «sospechosos habituales» nos referimos a los satanistas de alto nivel (la “Alta camarilla”) que operan desde la isla pirata británica, además de sus títeres directos que ocupan el poder en Washington (y no importa el presidente que ocupe la Casa Blanca) y sus vasallos-lacayos de la Europa Occidental. Desde estos pasillos del poder negro, y a modo de retorcida filantropía, se promueven, financian y organizan todos los movimientos terroristas y guerras que sacuden el mundo, trabajando arduamente contra el plan constructor de Dios.
En este artículo presentamos un extracto del gran libro de la historiadora y analista Cynthia Chung, «El imperio en el que nunca se puso el sol negro», libro en el que, a partir de una investigación exhaustiva y coherente, expone las claves que se nos ha tratado de ocultar respecto al desarrollo geopolítico de los últimos cien años, hasta llegar a la situación crítica en que nos encontramos en la actualidad. El texto que vamos a exponer es pertinente con nuestra anterior introducción, y es también complementario de nuestro anterior artículo “Antecedentes del 7 de octubre en Gaza”:
¿Quién dirige el terrorismo islámico en Oriente Medio?
Gran parte de la responsabilidad de la guerra y los estragos que hoy se producen en Oriente Medio se debe al llamado despertar árabe orquestado por los británicos y dirigido por personajes como E. G. Browne, St. John Philby, T. E. Lawrence de Arabia y Gertrude Bell. Aunque sus orígenes se remontan al siglo XIX, fue a principios del siglo XX cuando los británicos pudieron recoger resultados significativos de su larga cosecha.
La Primera Guerra Mundial comenzaría oficialmente el 28 de julio de 1914, casi inmediatamente después de las guerras de los Balcanes (1912‐1913), que habían debilitado enormemente al Imperio otomano. Los británicos, que nunca perdían una oportunidad cuando olían sangre fresca, estaban muy interesados en adquirir lo que consideraban territorios estratégicos bajo la justificación de estar en ‘tiempo de guerra’, que en el lenguaje de la geopolítica se traduce como ‘el derecho a saquear todo lo que pueda caer en tus manos’.
La brillantez del plan británico para hacerse con esos nuevos territorios no consistía en luchar directamente contra el Imperio otomano, sino más bien en provocar una rebelión interna desde dentro. Gran Bretaña alentaría a los pueblos árabes de esos territorios a rebelarse para lograr su independencia del Imperio otomano diciéndoles además que Gran Bretaña los apoyaría en esa causa. De ese modo, se hizo creer a esos árabes que lucharían por su propia libertad cuando, en realidad, luchaban por los intereses coloniales británicos y, secundariamente, franceses.
Para que todos los líderes árabes apoyaran la idea de rebelarse contra el sultán otomano, era necesario que hubiera un líder viable que fuera árabe, porque sin duda no aceptarían rebelarse a instancias de Gran Bretaña. Lord Kitchener, el «carnicero de Sudán», iba a estar al mando de esta operación como Ministro de Guerra de Gran Bretaña. La elección de Kitchener para el liderazgo árabe fue el vástago de la dinastía Hachemita, Hussein ibn Ali, conocido como el jerife de La Meca que gobernó la región de Hiyaz (oeste de la península arábiga) bajo el sultán otomano. Charles Hardinge, de la Oficina de la India británica, no estaba de acuerdo con esta elección y quería al wahabita Abdul‐Aziz ibn Saud en su lugar. Sin embargo, lord Kitchener lo rechazó afirmando que su información de inteligencia revelaba que una mayor cantidad de árabes seguirían a Hussein.
Desde la revolución de los Jóvenes Turcos, que en 1908 se apoderó del gobierno otomano, Hussein era muy consciente de que su dinastía no estaba garantizada de ninguna manera y, por lo tanto, estaba abierto a la invitación de Gran Bretaña para que lo coronara rey del reino árabe. Kitchener escribió a uno de los hijos de Hussein, Abdallah, para asegurarle el apoyo de Gran
Bretaña: «Si la nación árabe ayuda a Inglaterra en esta guerra que nos ha impuesto Turquía, Inglaterra garantizará que no haya ninguna intervención interna en Arabia y brindará a los árabes toda la ayuda posible contra la agresión extranjera».
Sir Henry McMahon, que era el Alto Comisionado británico en Egipto, mantuvo correspondencia con el jerife Hussein entre julio de 1915 y marzo de 1916 para convencerlo de que liderara la rebelión por la “independencia” de los estados árabes. Sin embargo, en una carta privada al virrey de la India, Charles Hardinge, enviada el 4 de diciembre de 1915, McMahon expresó una visión bastante diferente de lo que sería el futuro de Arabia, contrariamente a lo que había hecho creer al jerife Hussein: «No tomo la idea de un futuro Estado árabe fuerte, unido e independiente demasiado en serio. las condiciones de Arabia no se prestan y no se prestarán durante mucho tiempo a tal cosa».
Esta visión significaba que Arabia estaría sujeta a los “asesoramientos de mano dura” de Gran Bretaña en todos sus asuntos, lo buscara o no. Mientras tanto, el jerife Hussein recibía despachos emitidos por la oficina británica en El Cairo en el sentido de que los árabes de Palestina, Siria y Mesopotamia (Irak) obtendrían la independencia garantizada por Gran Bretaña si se alzaban contra el Imperio otomano.
Los franceses, comprensiblemente, desconfiaban de los planes británicos para esos territorios árabes. Consideraban que Palestina, Líbano y Siria pertenecían intrínsecamente a Francia, basándose en las conquistas francesas durante las Cruzadas y su “protección” de las poblaciones católicas de la región. Hussein era inflexible en cuanto a que se debía conceder la independencia a Beirut y Alepo y rechazaba por completo la presencia francesa en Arabia. Gran Bretaña tampoco estaba contenta con dar a los franceses todas las concesiones que exigían como derechos coloniales intrínsecos.
Entran en escena Sykes y Picot.
Sykes‐Picot: La Etiqueta de los Caballeros en las Puñaladas por la Espalda
El 23 de noviembre de 1915, François Georges Picot fue enviado a negociar con los británicos. Fue elegido para este puesto debido a su visión política del ‘partido sirio’ en Francia, que afirmaba que Siria y Palestina (a las que consideraban un solo país) eran propiedad francesa por razones históricas, económicas y culturales. Aproximadamente seis meses después, se firmaron los términos ultrasecretos del acuerdo el 16 de mayo de 1916. El mapa que aparece a continuación muestra el reparto acordado de estos territorios árabes, que serían las nuevas joyas de Gran Bretaña y Francia.
Azul es la zona francesa, rojo es la zona británica, marrón es neutral.
Observe que en el mapa anterior Palestina está marcada como zona internacional en marrón. Palestina fue reconocida como algo que ninguno de los dos países estaba dispuesto a ceder al otro; por lo tanto, según la “etiqueta de caballeros”, significaba que uno simplemente tendría que tomarla mientras el otro no miraba, que es exactamente lo que sucedió.
En 1916, sir Mark Sykes creó la Oficina Árabe cuya sede central estaría en El Cairo, Egipto (que estaba bajo el dominio británico), como una rama de la Inteligencia británica y bajo la dirección de lord Kitchener. Entre los miembros notables de la Oficina Árabe se encontraba T. E. Lawrence, más conocido como ‘Lawrence de Arabia’. La razón de ser de la Oficina Árabe era exigir el control británico sobre Arabia a través del Egipto británico.
La revuelta árabe, dirigida bajo la fachada del rey Hussein, se inició en Hiyaz a principios de junio de 1916; sin embargo, los cientos de miles de árabes que los británicos esperaban que desertaran del ejército otomano y se unieran a la revuelta, simplemente no aparecieron. En su lugar, se desplegaron aviones y barcos británicos, junto con tropas musulmanas del Egipto británico y de otras partes del Imperio. Como la revuelta seguía mostrando sus debilidades y la falta de apoyo de los propios árabes, hasta tal punto que Gran Bretaña estaba empezando a desesperar de su éxito, T. E. Lawrence (quien era conocido como ‘el hombre del oro’) organizó una confederación de jefes tribales beduinos para luchar junto a las fuerzas británicas en las campañas de Palestina y Siria.
La rebelión árabe de 1916‐1918 había sido, en detrimento del pueblo árabe, una rebelión liderada por los británicos. Los británicos afirmaron que su único interés en el asunto era el desmantelamiento del Imperio otomano y habían dado su palabra de que estos territorios árabes serían liberados y se les permitiría la independencia si aceptaban rebelarse, en gran parte liderados y dirigidos por los propios británicos. Es una característica bastante predecible de los británicos mentir y traicionar, por lo que no debería sorprender a nadie que sus intenciones fueran exactamente las opuestas de lo que habían prometido y, gracias a la filtración rusa de Sykes‐Picot, se revelaran en todo su vergonzoso esplendor. [Efectivamente, tras la revolución de 1917 los bolcheviques accedieron a los documentos de Sykes‐Picot, de los que el gobierno ruso del zar Nicolás II tenía copias, y fueron los bolcheviques los que los filtraron rápidamente de modo que el plan imperialista secreto para Oriente Medio se reveló al mundo entero].
Una vez que ‘ganó’ la revuelta árabe contra el Imperio otomano, en lugar de la prometida independencia árabe, Oriente Medio se dividió en zonas de influencia bajo el dominio colonial británico y francés. Se crearon monarquías títeres en regiones que se consideraban no sometidas a una subyugación colonial directa, con el fin de mantener la ilusión de que los árabes seguían estando a cargo de regiones sagradas como La Meca y Medina.
En 1917, el primer ministro Lloyd George (1916‐1922) [el mismo Lloyd George que desempeñó un papel protagonista en su apoyo al fascismo británico] ordenó a las tropas del Egipto británico invadir Palestina, expresando su deseo al general Allenby de que Jerusalén fuera tomada para Navidad. Obedientemente, el 11 de diciembre de 1917 Allenby entró en Jerusalén a través de la Puerta de Jaffa y declaró la ley marcial en la ciudad. Allenby le explicó a Picot que Jerusalén permanecería bajo administración militar británica durante algún tiempo…
La Oficina de la India británica invadió Mesopotamia y tomó Bagdad el 11 de marzo de 1917. La provincia meridional de Basora, mayoritariamente chiíta, pasaría a manos británicas, mientras que la antigua capital, Bagdad, pasaría a estar bajo algún tipo de protectorado británico. Tras las conquistas británicas de Palestina y Mesopotamia, Siria sería tomada en septiembre de 1918 por fuerzas lideradas por los británicos y Damasco, en última instancia y tras algunas disputas, quedaría bajo control francés, o ‘consultivo’. El acuerdo final para la asignación de territorios se estableció en 1920 con el Tratado de Sèvres, el cual estipulaba que Siria y el Líbano pasarían a manos de Francia, y que Mesopotamia (Irak) y Palestina quedarían bajo control británico, mientras que Arabia (Hiyaz) sería oficialmente ‘independiente’, pero gobernada por monarcas títeres británicos. A Gran Bretaña también se le concedió la influencia continua sobre Egipto, Chipre y la costa del Golfo Pérsico.
Faisal, hijo de Hussein ibn Ali y que había estado bajo la tutela de T. E. Lawrence durante todo este tiempo, fue proclamado rey de Irak, después de su fallido intento como rey de la Gran Siria antes de que los franceses lo expulsaran con sus militares, reconociendo que representaba los intereses británicos. Faisal, bajo la fuerte guía de T. E. Lawrence, (cortesía de la Oficina de El Cairo) fue coronado rey de Irak y el otro hijo de Hussein, Abdullah I, fue establecido como emir de Transjordania hasta que se produjo una separación legal negociada de Transjordania del Mandato Británico de Palestina en 1946, momento en el que fue coronado rey de Jordania. Otro monarca más colocado en el trono por los británicos.
En Arabia central, Hussein ibn Ali, jerife de La Meca y líder títere de la Revuelta Árabe, reclamó el título de califa en 1924, lo que su rival wahabita Abdul‐Aziz ibn Saud rechazó declarando la guerra y derrotando a los hachemitas. Hussein, el favorito de la Oficina Británica de El Cairo, abdicó e Ibn Saud, el favorito de la Oficina Británica de la India, fue proclamado rey de Hiyaz y Najd en 1926, lo que llevó a la fundación del reino de Arabia Saudita. Los guerreros Al Saud (de la Casa de Saud) del wahabismo eran una formidable fuerza de ataque que los británicos creían que ayudaría a Londres a obtener el control de las costas occidentales del Golfo Pérsico.
Mientras los británicos prometían al hachemita Hussein y a sus hijos el gobierno árabe y la independencia, al mismo tiempo prometían a los judíos una patria en Palestina. En la Declaración Balfour del 2 de noviembre de 1917 se declaraba lo siguiente:
«El gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará todo lo posible para facilitar el logro de este objetivo…».
Hay mucho misterio y especulación en cuanto a lo que Gran Bretaña pretendía al crear este Mandato Británico de Palestina con la firma de la Declaración Balfour un mes antes de la marcha del general Allenby a Palestina. La Declaración Balfour fue una declaración pública emitida por el gobierno británico, bajo el primer ministro Lloyd George, anunciando su apoyo al establecimiento de un «hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina. Lord Walter Rothschild, lord Arthur Balfour, Leo Amery y lord Alfred Milner fueron los autores de la Declaración Balfour: esto debería considerarse con razón como una mezcla bastante desconcertante de personas involucradas en tal esfuerzo. Lloyd George era un fascista declarado, partidario de Hitler, aliado del duque de Windsor y primera opción para primer ministro de una Gran Bretaña fascista. Lord Alfred Milner fue uno de los cinco miembros originales del Gabinete de Guerra de Lloyd George, y sentó las bases para la visión del mundo de Lloyd George, Winston Churchill y Oswald Mosley, quienes eran todos partidarios abiertos del fascismo.
Leo Amery, nacido de madre judía húngara y retratado como vehementemente antifascista, apoyó públicamente los polémicos discursos de Oswald Mosley que contenían los primeros rumores de fascismo en el Parlamento británico. Curiosamente, el primer hijo de Leo, John Amery, a pesar de ser de ascendencia judía se convirtió en un fascista británico acérrimo y colaborador nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
John Amery fue el creador del British Free Corps, una unidad de voluntarios de las Waffen‐SS compuesta por antiguos prisioneros de guerra británicos y del Dominio (territorios bajo soberanía británica). John Amery dirigió campañas de reclutamiento, realizó transmisiones de propaganda para Alemania y brindó apoyo directo a Benito Mussolini. Fue procesado por las autoridades británicas y se declaró culpable de ocho cargos de alta traición, por los que fue sentenciado a muerte, siete meses después de que terminara la guerra en Europa. Fue ahorcado el 19 de diciembre de 1945 a la edad de treinta y tres años. El segundo hijo de Leo Amery, Julian Amery, sería un integrante de muy alto nivel dentro de las redes Gladio.
Oswald Mosley había mantenido buenas relaciones con los Rothschild e incluso actuó como intermediario en el caso del barón Louis Rothschild cuando los nazis lo mantuvieron bajo arresto domiciliario en Austria, quienes finalmente le permitieron salir a salvo hacia París.
Es bastante extraño que todos los autores de la Declaración Balfour tuvieran relaciones positivas con el movimiento fascista en Gran Bretaña y, por lo tanto, sin duda se debería cuestionar el verdadero motivo para organizar semejante acuerdo. Gran Bretaña recibiría el mandato sobre Palestina de la Sociedad de Naciones en julio de 1922.
Durante los años 1920 y 1930, se produjeron en Palestina violentos enfrentamientos entre judíos y árabes que costaron miles de vidas. En 1936 se produjo una importante revuelta árabe que duró siete meses, hasta que las gestiones diplomáticas en las que participaron otros países árabes condujeron a un alto el fuego. En 1937, una Comisión Real de Investigación británica encabezada por William Peel concluyó que Palestina tenía dos sociedades distintas con reivindicaciones políticas irreconciliables, por lo que era necesario dividir el territorio. El Comité Superior Árabe rechazó la ‘receta’ de Peel y la revuelta estalló de nuevo. Esta vez, Gran Bretaña respondió con una mano dura y devastadora. Aproximadamente 5.000 árabes fueron asesinados por las fuerzas armadas británicas y la policía. Tras los disturbios, el gobierno del mandato británico disolvió el Comité Superior Árabe y lo declaró un organismo ilegal.
En respuesta a la revuelta, el gobierno británico publicó el Libro Blanco de 1939, en el que se establecía que Palestina debía ser un estado binacional, habitado tanto por árabes como por judíos. Debido a la impopularidad internacional del mandato, incluso dentro de la propia Gran Bretaña, se organizó de forma que las Naciones Unidas asumieran la responsabilidad de la iniciativa británica y adoptaran la resolución de partición de Palestina el 29 de noviembre de 1947. Gran Bretaña anunciaría la terminación de su Mandato sobre Palestina el 15 de mayo de 1948, después de que el Estado de Israel declarara su independencia el 14 de mayo de 1948.
El Ascenso de la Hermandad Musulmana
En 1869, un hombre llamado Jamal al‐Din al‐Afghani, el fundador intelectual del movimiento salafista [movimiento islámico sunnita extremista], fue a la India, donde las autoridades coloniales lideradas por los británicos lo recibieron con honores y lo escoltaron gentilmente a bordo de un barco propiedad del gobierno en un viaje con todos los gastos pagados hasta el Canal de Suez. En El Cairo, el primer ministro egipcio Riad Pasha, un enemigo notorio del movimiento nacionalista emergente en Egipto, le dio refugio. Pasha convenció a Afghani de que se quedara en Egipto y le permitió establecerse en la mezquita Al Azhar de El Cairo, de 900 años de antigüedad, considerada el centro del aprendizaje islámico en todo el mundo, donde recibió alojamiento y un estipendio mensual del gobierno pagado por los británicos.
Mientras Egipto libraba su lucha nacionalista contra los británicos entre 1879 y 1882, Afghani y su principal discípulo, Muhammad Abduh, viajaron juntos primero a París y luego a Gran Bretaña. Fue en Gran Bretaña donde harían una propuesta para una alianza panislámica entre Egipto, Turquía, Persia y Afganistán contra la Rusia zarista. Lo que Afghani proponía a los británicos era que le proporcionaran ayuda y recursos para respaldar la formación de una secta islámica militante que favorecería los intereses británicos en Oriente Medio. En otras palabras, Afghani ofrecía luchar con el islam contra el islam para servir a los intereses británicos, habiendo declarado en una de sus obras: «No cortamos la cabeza de la religión excepto con la espada de la religión».
Aunque se dice que los británicos rechazaron esta oferta, es poco probable que sea así, teniendo en cuenta el apoyo que Afghani recibiría para crear la base intelectual de un movimiento panislámico con el patrocinio británico. Afghani disfrutaría así del pleno apoyo del principal orientalista inglés, E.G. Browne, el padrino del orientalismo del siglo XX y maestro de St. John Philby y T.E. Lawrence. E.G. Browne se aseguraría de que la obra de Afghani continuara mucho después de su muerte, al ensalzarlo en su obra de 1910 The Persian Revolution (La revolución persa), considerada una historia autorizada de la época. Desde la década de 1870 hasta la de 1890, Afghani recibió el apoyo de los británicos. Según un archivo secreto del servicio de inteligencia del gobierno indio, a Afghani se le ofreció oficialmente ir a Egipto como agente de la inteligencia británica en 1882.
En 1888, Abduh, el principal discípulo de Afghani, regresaría triunfante a Egipto con el pleno apoyo de los representantes de la fuerza imperial de Su Majestad y ocuparía el primero de varios puestos en El Cairo, uniéndose abiertamente a lord Cromer, que era el símbolo del imperialismo británico en Egipto. Abduh fundaría, junto con la ayuda del procónsul egipcio de Londres Evelyn Baring (el mismo lord Cromer), el movimiento salafista. [Lord Cromer era el vástago del enormemente poderoso clan bancario Barings Bank, de la ciudad de Londres].
Abduh se había unido a los gobernantes británicos de Egipto y había creado la piedra angular de la Hermandad Musulmana que dominó la derecha islámica militante durante todo el siglo XX. En 1899, Abduh alcanzó la cima de su poder e influencia y fue nombrado muftí de Egipto. Los británicos también elegirían directamente al muftí de Jerusalén.
En 1902, Riad cayó en manos de Ibn Saud, y fue durante ese período cuando éste estableció la temible Ikhwan, que significa ‘hermandad’. A partir de la década de 1920, el nuevo estado saudí fusionó su ortodoxia wahabí con el movimiento salafista, que se organizaría en la Hermandad Musulmana (o Hermanos Musulmanes) en 1928.
William Shakespear, un famoso agente británico, forjó el primer tratado formal entre Inglaterra y Arabia Saudita, el cual fue firmado en 1915 y vinculó a Londres y Arabia durante años antes de que Arabia Saudita llegara a ser un país. «Reconocía formalmente a Ibn Saud como gobernante independiente del Nejd y sus dependencias bajo protección británica. A cambio, Ibn Saud se comprometió a seguir el consejo británico».
Harry St. John Bridger Philby, un agente británico formado por E.G. Browne y padre del legendario Kim Philby, sucedería a Shakespear como enlace de Gran Bretaña con Ibn Saud en el marco de la Oficina Británica en la India, rival amistoso de la Oficina Árabe de El Cairo, que patrocinaba a T.E. Lawrence de Arabia.
En Egipto, en 1928, Hassan al‐Banna, un seguidor de Afghani y Abduh, fundó la Hermandad Musulmana (Ikhwan al‐Muslimeen). La Hermandad Musulmana de Banna se estableció con una subvención de la Compañía del Canal de Suez de Inglaterra y, a partir de ese momento, los diplomáticos y el servicio de inteligencia británicos, junto con el rey títere británico Farouq, utilizarían a la Hermandad Musulmana contra los nacionalistas egipcios y, más tarde, contra el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser.
Para que la Hermandad Musulmana despegara, la Compañía del Canal de Suez ayudó a Banna a construir la mezquita en Ismailia que serviría como su sede y base de operaciones. El hecho de que Banna creara la organización en Ismailia es digno de mención. Para Inglaterra, el Canal de Suez era la ruta indispensable hacia su preciada posesión, la India, y en 1928 la ciudad de Ismailia albergaba no solo las oficinas de la compañía, sino una importante base militar británica construida durante la Primera Guerra Mundial. También fue, en la década de 1920, un centro de sentimiento probritánico en Egipto.
En el mundo posterior a la Primera Guerra Mundial Inglaterra tenía la supremacía; la bandera del Imperio británico estaba en todas partes, desde el Mediterráneo hasta la India. Una nueva generación de reyes y potentados gobernaba colonias, mandatos, estados vasallos y feudos semindependientes dominados por los británicos en Egipto, Arabia, Irak, Transjordania y Persia. En diversos grados, esas monarquías estaban en deuda con Londres. En el medio siglo transcurrido entre 1875 y 1925, el Imperio Británico asentó los cimientos de la derecha islámica militante.
Nasser Lidera la Lucha por la Independencia Árabe
En 1942, la Hermandad Musulmana se ganó su merecida reputación de extremismo y violencia al crear el ‘Aparato Secreto’, un servicio de inteligencia y unidad terrorista secreta. Esta unidad clandestina funcionó durante más de doce años casi sin ningún control, asesinando a jueces, policías y funcionarios gubernamentales y participando en ataques en grupo contra sindicatos laborales y comunistas.
Durante todo este período, los Hermanos Musulmanes trabajaron en gran parte en alianza con el rey Faruq (y, por lo tanto, con los británicos), utilizando sus fuerzas clandestinas en beneficio de los intereses británicos. Durante toda su existencia, recibieron apoyo político y dinero de la familia real saudí y del establishment wahabí. El ‘Aparato Secreto’ sería destrozado por Nasser en 1954.
La Guerra de Palestina (1947‐1949), instigada por la votación de las Naciones Unidas para dividir el territorio de Palestina en estados soberanos judío y árabe, decisión que fue rechazada por los líderes árabes palestinos, resultó en el establecimiento del estado de Israel a costa de 700.000 árabes palestinos desplazados y la destrucción de la mayor parte de sus áreas urbanas. El territorio que estaba bajo administración británica antes de la guerra fue dividido: el estado de Israel (formado oficialmente el 14 de mayo de 1948), se apoderó de alrededor del 78 por ciento del mismo. En oposición a Israel, el reino de Jordania capturó y luego anexó Cisjordania; Egipto capturó la Franja de Gaza, y la Liga Árabe estableció el Gobierno del Protectorado de Toda
Palestina, que llegó a su fin en junio de 1967 cuando la Franja de Gaza, junto con Cisjordania, fueron capturadas por Israel en la Guerra de los Seis Días. Para los nacionalistas árabes, Israel era un símbolo de la debilidad árabe y la subyugación semicolonial, supervisada por reyes por poderes en Egipto, Jordania, Irak y Arabia Saudita.
El pueblo egipcio estaba furioso por estos acontecimientos, y el reinado del rey títere británico Farouq, que no había hecho nada para impedir el desmantelamiento de Palestina, se encontraba en una situación sumamente precaria. En respuesta a esto, el acuerdo de Farouq con la Hermandad Musulmana se rompió, y en diciembre de 1948 el gobierno egipcio ilegalizó a la Hermandad Musulmana. Semanas después, un miembro de la Hermandad asesinó al primer ministro Mahmoud El Nokrashy. Dos meses después, en febrero de 1949, Banna era asesinado en El Cairo por la policía secreta egipcia. Su yerno, Said Ramadan, surgiría como un importante líder de la Hermandad Musulmana en la década de 1950.
En la noche del 23 de julio de 1952, los Oficiales Libres, encabezados por Muhammad Naguib y Gamal Abdel Nasser, dieron un golpe de estado militar que desencadenó la Revolución egipcia de 1952, derrocando al monarca títere británico, el rey Farouq. Los Oficiales Libres, sabiendo que se habían emitido órdenes de arresto contra ellos, dieron el golpe esa noche y asaltaron la sede del Estado Mayor en El Cairo. Por primera vez, El Cairo estaba bajo el control del pueblo árabe después de más de 80 años de ocupación británica.
La toma del poder por parte de los Oficiales Libres en Egipto se produjo en una época en la que todo el mundo árabe, desde Marruecos hasta Irak, estaba atrapado en las garras del imperialismo.
Marruecos, Argelia y Túnez eran colonias francesas; Kuwait, Qatar, Bahréin, los Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemen eran colonias británicas. Irak, Jordania y Arabia Saudita eran reinos gobernados por monarquías instaladas por Londres. Y Egipto, bajo el rey Faruq, era el centro político y económico del mundo árabe. Una oleada creciente de nacionalismo árabe surgió en respuesta a las acciones de los Oficiales Libres en Egipto. La poderosa radio Voz de los Árabes en El Cairo informaba a todo el mundo árabe que habían fundado su movimiento independentista y que Nasser estaba al frente de él.
Entre 1956 y 1958, Irak, Jordania y Líbano sufrieron rebeliones, el rey de Irak fue derrocado y Siria se unió a Egipto en la República Árabe Unida de Nasser, como parte de la estrategia de Nasser para unificar el mundo árabe. En Argelia, se brindó apoyo moral y material desde El Cairo a la revolución argelina que finalmente obtuvo la independencia del dominio colonial francés en 1962. Ese mismo año, Yemen sufrió una revuelta inspirada por Nasser, que desencadenó una guerra por poderes que enfrentó a Arabia Saudita contra Egipto. Nasser declaró en un discurso de 1962:675 «La lucha de Yemen es mi lucha. La revolución de Yemen es nuestra revolución».
El liderazgo de Nasser y la inspiración que despertó fueron tan fuertes que incluso en 1969, el año anterior a su muerte, el rey de Libia fue derrocado y el régimen derechista de Sudán fue eliminado por líderes militares leales a Nasser. Nasser había logrado amenazar el corazón mismo de la estrategia angloamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial en Oriente Medio. Comprendió que si los vastos yacimientos petrolíferos de Arabia Saudita estaban bajo control árabe, el potencial de un auge económico sería enorme para todos los estados árabes, de modo que el viejo juego del imperialismo de Gran Bretaña y Francia ya no podría mantener su estrangulamiento sobre la independencia árabe.
No solo Egipto era un rival militar de Arabia Saudita, no solo El Cairo chocó con Riad en una guerra a sangre y fuego en Yemen, no solo Nasser inspiró a los árabes de Arabia Saudita con ideales republicanos, sino que el líder egipcio incluso se ganó el apoyo de algunos miembros de la familia real de Arabia Saudita. Este grupo estaba dirigido por el príncipe Talal y constituyó los ‘Príncipes Libres’, que desertaron a Egipto exigiendo el establecimiento de una república en Arabia Saudita.
Lo que realmente estaba sucediendo durante el período de 1954 a 1970, bajo el liderazgo de Nasser, era una guerra entre dos visiones rivales sobre el futuro de Oriente Medio: un mundo árabe de repúblicas árabes independientes pero cooperativas que utilizaban sus recursos naturales para facilitar un auge económico en la industrialización, frente a una dispersión semifeudal de monarquías con sus recursos naturales en gran medida a disposición de Occidente.
La verdadera razón por la que los británicos y los angloamericanos querían derrocar a Nasser no era porque fuera comunista, ni que fuera susceptible a la influencia comunista. Era porque se negaba a obedecer a sus potenciales controladores extranjeros y tuvo bastante éxito en su empeño, sacando a la luz sus oscuras acciones de forma incómoda e inspirando lealtad entre los árabes incluso fuera de Egipto, incluidos los que tenían el petróleo en sus manos.
Lo que más preocupaba a Londres y Washington era la idea de que Nasser pudiera tener éxito en su plan de unificar Egipto y Arabia Saudita, creando así una gran potencia árabe. Nasser creía que esos pozos petrolíferos no solo estaban al alcance de los gobiernos de esos territorios, sino que pertenecían a todo el pueblo árabe y, por lo tanto, debían utilizarse para el progreso del mundo árabe. Después de todo, la mayoría de los árabes son conscientes de que tanto las propias monarquías como las fronteras artificiales que delimitan sus estados fueron diseñadas por imperialistas que buscaban construir vallas alrededor de los pozos petrolíferos en la década de 1920. Nasser comprendió que si El Cairo y Riad se unían en una causa común para el progreso del pueblo árabe, crearían un nuevo centro de gravedad árabe de enorme importancia y con influencia mundial.
En 1954, Egipto y el Reino Unido firmaron un acuerdo sobre el Canal de Suez y los derechos de las bases militares británicas. El acuerdo duró poco. En 1956, Gran Bretaña, Francia e Israel urdieron un complot contra Egipto destinado a derrocar a Nasser y tomar el control del Canal de Suez, una conspiración en la que participó la Hermandad Musulmana. De hecho, los británicos llegaron al extremo de mantener reuniones secretas con la Hermandad en Ginebra. Según el autor Stephen Dorril, dos agentes de inteligencia británicos, el coronel Neil McLean y Julian Amery (hijo de Leo Amery), ayudaron al MI6 a organizar una oposición clandestina contra Nasser. De hecho, Julian Amery estaría directamente vinculado a las redes Gladio.
En su libro MI6: Fifty Years of Special Operations (MI6: 50 años de operaciones especiales), Stephen Dorril escribe:
«Ellos [McLean y Amery] también llegaron al extremo de establecer contacto en Ginebra con miembros de la Hermandad Musulmana, informando solo al MI6 de esta gestión que mantuvieron en secreto del resto del Grupo de Suez [que estaba planeando la operación militar a través de sus bases británicas junto al Canal de Suez]. Julian Amery envió varios nombres a [Selwyn] Lloyd [el ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña]».
Según Stephen Dorril, la Hermandad Musulmana fue una creación de la Sección D (grupo del servicio secreto británico), y afirma:
«La Hermandad Musulmana había sido fundada antes de la guerra por Freya Stark, miembro de la Sección D del MI6 de antes de la guerra».
El primer ministro británico Anthony Eden, el sucesor elegido a dedo de Churchill, fue violentamente anti‐Nasser desde el principio y consideró un golpe de estado británico en El Cairo ya en 1953. Aparte de esas acciones temerarias, la única fuerza política que podía plantear un desafío a Nasser era la Hermandad Musulmana, que tenía cientos de miles de seguidores. El enfrentamiento largamente pospuesto de Nasser con la Hermandad Musulmana ocurrió en 1954, y se programó para añadir presión durante la creciente frustración en torno a las negociaciones británico‐egipcias sobre la transferencia del Canal de Suez y sus bases militares a Egipto. Los británicos, después de más de 80 años de ocupación directa en Egipto, no iban a renunciar tan fácilmente a una de sus joyas más preciadas.
A partir de 1954, el primer ministro Anthony Eden exigió la cabeza de Nasser. Según el libro de Stephen Dorril MI6: 50 años de operaciones especiales, Eden había delirado: «¿Qué es todo ese disparate de aislar a Nasser o ‘neutralizarlo’, como dicen ustedes? Quiero que lo destruyan, ¿no lo entienden? Le quiero asesinado… Y me importa un bledo si hay anarquía y caos en Egipto».
Nasser no se rindió y en los primeros meses de 1954 la Hermandad Musulmana y Nasser entraron en guerra, lo que culminó con su ilegalización por parte de Nasser por considerarlos un grupo terrorista y un peón de los británicos. En octubre de 1954, un miembro de la Hermandad Musulmana, Mahmoud Abdel‐Latif, intentó asesinar a Nasser mientras pronunciaba un discurso en Alejandría, que se transmitía en directo por radio al mundo árabe, para celebrar la retirada militar británica. Al regresar a El Cairo, ordenó una de las mayores medidas represivas políticas de la historia moderna de Egipto, con el arresto de miles de miembros de los Hermanos Musulmanes. El decreto que prohibía la organización de los Hermanos Musulmanes decía: «La revolución nunca permitirá que vuelva a producirse corrupción reaccionaria en nombre de la religión».
En 1967, Israel y los estados árabes de Egipto, Siria, Jordania e Irak se enfrentaron en la guerra de los Seis Días. La guerra comenzó con un ataque aéreo coordinado contra Egipto, que eliminó aproximadamente el 90 por ciento de las fuerzas aéreas egipcias que aún se encontraban en tierra, seguido de un ataque aéreo contra Jordania, Siria e Irak. Después, Israel llevó a cabo un ataque terrestre con tanques e infantería, que devastó regiones árabes enteras.
A pesar de la desastrosa derrota de Egipto ante Israel, el pueblo egipcio se negó a aceptar la renuncia de Nasser y salió a las calles en una manifestación masiva para pedir su regreso. Nasser aceptó el llamado del pueblo y volvió a su puesto de presidente, que ocupó hasta su muerte en
septiembre de 1970. Cinco millones de personas salieron a las calles de Egipto en el funeral de Nasser, y cientos de millones más lloraron su muerte en todo el mundo.
Aunque Nasser había perdido una batalla de manera devastadora, el pueblo egipcio comprendió, junto con sus compatriotas árabes, que la lucha por la independencia árabe no estaba perdida. El sueño de dignidad y libertad, opuesto para siempre a las cadenas de la tiranía, no podía ser enterrado ahora que había sido sacudido hasta sus cimientos. Nasser sería el catalizador de una revolución árabe por la independencia, una revolución que aún no ha terminado.

