ES SOLO ROCK AND ROLL… PERO ME GUSTA parte 2

 

…………………………………viene de la parte 1

 

La lista de miembros pertenecientes a grupos musicales de Laurel Canyon con antecedentes militares y de inteligencia militar es casi ilimitada. Y el propio Laurel Canyon es mundialmente famoso por ser un barrio de Los Angeles donde se juntaron los principales pioneros del rock de los 60: allí se trasladaron y se establecieron (y ocasionalmente transitaron) la mayor parte de las grandes estrellas del rock de la época norteamericanas y británicas, desde alrededor del año 1965; también allí se ubicaron míticos clubs de actuaciones en vivo, que se harían mundialmente famosos por albergar los primeros conciertos de los músicos más icónicos de la época, como el «Whisky a go-go» del celebérrimo Sunset Boulevard. Y no era precisamente un barrio marginal o de clase trabajadora, sino más bien lo contrario: caro y elitista.

Dice McGowan:

«Consideremos, por ejemplo, al folclórico “Papa” John Philips, quien escribió el gran éxito ‘San Francisco (be sure to wear flowers in your hair)’, implorando en la letra a miles de fugitivos que hicieran peregrinaciones bacanales a la ciudad junto a la bahía. Hijo de un capitán de la Infantería de Marina, Philips se encontraba entre las figuras más destacadas de Laurel Canyon que tenían una interrelación particularmente interesante con la maquinaria militar».

Comenta McGowan más adelante en su libro:

«“Papa” John Phillips, probablemente más que cualquiera de los otros residentes ilustres de Laurel Canyon, desempeñará un papel importante en la difusión de la emergente “contracultura” juvenil en todo Estados Unidos. Su contribución será doble: en primer lugar, coorganizará el famoso Monterey Pop Festival, que, a través de una exposición mediática sin precedentes, brindará a la corriente principal de Estados Unidos su primera mirada real a la música y la moda del naciente movimiento hippie. En segundo lugar, Philips escribirá una canción insípida conocida como San Francisco (Be Sure To Wear Flowers In Your Hair), que rápidamente ascenderá a la cima de las listas. Junto con el Monterey Pop Festival, la canción será un instrumento para atraer a los desposeídos (la mayoría de los cuales serán menores de edad fugitivos) a San Francisco para crear el fenómeno Haight-Ashbury y el famoso Verano del Amor de 1967.

Antes de llegar a Laurel Canyon y abrir las puertas de su casa a los futuros famosos, a los ya famosos y a los infames (como Charlie Manson, cuya “familia” también pasó tiempo en Log Cabin y en Laurel Canyon en casa de “Mama” Cass Elliot, John Edmund Andrew Philips era, sorprendentemente, otro hijo más del complejo militar/de inteligencia. Hijo del capitán del Cuerpo de Marines de los EE. UU. Claude Andrew Phillips y una madre que afirmaba tener poderes psíquicos y telequinéticos, John asistió a una serie de escuelas preparatorias militares de élite en el área de Washington, DC, que culminaron con un nombramiento en la prestigiosa Academia Naval de los EE. UU. en Annapolis».

John Phillips, icono hippie y líder del grupo seminal Mamas and the papas, se vería envuelto en graves escándalos relacionados con las drogas, siendo denunciado públicamente por abusos por su propia hija (cosa por cierto nada rara en este entorno de «estrellas» de Laurel Canyon).

 

 

Con himnos ya preparados llamando a una nueva generación a participar en eventos que cristalizarían en un nuevo movimiento contracultural en el que la experimentación con sexo, drogas y rock and roll sería anunciada como la nueva puerta mágica a una era de «liberación» (y todo eso aderezado con una curiosa instalación militar secreta y un laboratorio situado en la cima de Lookout Mountain y con vistas a todo Laurel Canyon), era bastante obvio que McGowan, y cualquier persona con mente inquisitiva, sintiera al menos un poco de curiosidad…

Naturalmente, los Doors y los Mamas and the Papas no fueron los únicos grupos cuyos miembros principales tenían conexiones directas con agentes militares y de inteligencia de alto nivel de Estados Unidos. Como observa McGowan, prácticamente todas las estrellas rockeras de Laurel Canyon las tenían. Y ésta fue la verdadera cuna del sueño hippie, que curiosamente suele pasarse por alto en la historia oficial. También resulta irónico y casi hasta gracioso a estas alturas comprobar que algunos de estos padres, defensores e iconos del movimiento hippie, eran poseedores y defensores de las armas de fuego (como David Crosby, de quien hablaremos más adelante), y a veces personas violentas o decididamente criminales.

Como otro ejemplo, McGowan señala:

«Al igual que el padre del Rey Lagarto [Jim Morrison], el padre del músico Frank Zappa era un engranaje en las oscuras maquinaciones de la comunidad de inteligencia; Francis Zappa era un especialista en guerra química con una alta autorización de seguridad en el Arsenal Edgewood cerca de Baltimore, Maryland. Algunos lectores podrían reconocer Edgewood como el lugar de siniestros experimentos de control mental realizados por la CIA bajo la rúbrica MK-ULTRA».

Como señala también McGowan, existían un laboratorio militar secreto y un estudio de cine ubicados sobre Laurel Canyon y establecidos más de 20 años antes de que llegara alguna de las futuras estrellas de rock.

McGowan señala:

«Las instalaciones retuvieron hasta 250 productores, directores, técnicos, editores, animadores, etc., tanto civiles como militares, todos con las máximas autorizaciones de seguridad y todos retirándose a trabajar en un rincón apartado de Laurel Canyon. Los relatos varían en cuanto a cuándo la instalación dejó de operar. Algunos afirman que fue en 1969, mientras que otros dicen que la instalación permaneció en funcionamiento por más tiempo. En cualquier caso, según todos los indicios, el búnker secreto había estado en funcionamiento durante más de veinte años antes de la rebelde adolescencia de Laurel Canyon, y permaneció operativo durante los años más turbulentos».

Entonces, McGowan comenta lo siguiente sobre la llegada casual de los hijos de funcionarios de un complejo industrial de alto nivel al curioso lugar que engendraría a los hijos de la contracultura, como Jim Morrison y Frank Zappa:

«Aunque casi todos ellos provienen del área de Washington, DC, ahora se encuentran en el lado opuesto del país, en un cañón aislado muy por encima de la ciudad de Los Ángeles, donde están todos agrupados alrededor de una instalación militar secreta. Dada su experiencia en la investigación de armas atómicas, su padre probablemente esté familiarizado hasta cierto punto con la existencia y las operaciones del Laboratorio Look Mountain, al igual que el padre de su amigo del jardín de infancia».

 

Para aquellos más curiosos, McGowan explica lo que era el laboratorio Lookout Mountain:

«Instalación que permaneció desconocida para el público en general hasta principios de la década de 1990, aunque durante mucho tiempo se había rumoreado que la CIA operaba un estudio de cine secreto en algún lugar de Hollywood o cerca de él. El cineasta Peter Kuran fue el primero en enterarse de su existencia, a través de documentos clasificados que obtuvo mientras investigaba para su documental de 1995 Trinity and Beyond. Y, sin embargo, incluso hoy, casi veinte años después de su limitada divulgación pública, uno tendría problemas para encontrar siquiera una sola mención de esta instalación secreta de inteligencia militar en cualquier parte de la literatura sobre “conspiración”».

 

McGowan insiste:

«Supongamos, hipotéticamente hablando, que eres Jim Morrison y acabas de llegar a Laurel Canyon y ahora te encuentras al frente de una banda que está a punto de conquistar el país. A solo una milla más o menos de ti por Laurel Canyon Boulevard vive otro tipo [Frank Zappa] que también llegó recientemente a Laurel Canyon, y que también encabeza una banda al borde del estrellato. Resulta que está casado con una chica con la que asististe al jardín de infancia, y el padre de esta, como el tuyo, estuvo involucrado en la investigación y pruebas de armas atómicas (el almirante George Morrison durante un tiempo hizo trabajos clasificados en White Sands). Mientras tanto, el padre de su marido (Zappa) está involucrado en otro tipo de investigación sobre armas de destrucción masiva: la guerra química».

«… Otro de esos íconos, y uno de los residentes más extravagantes de Laurel Canyon, es un joven llamado David Crosby, miembro fundador de una banda clave de Laurel Canyon, los Byrds, así como, por supuesto, de Crosby, Stills & Nash. Crosby es, como era de esperar, hijo de un graduado de Annapolis y oficial de inteligencia militar de la Segunda Guerra Mundial, el mayor Floyd Delafield Crosby. Como otros en esta historia, Floyd Crosby pasó gran parte de su tiempo después del servicio viajando por el mundo. Esos viajes lo llevaron a lugares como Haití, donde realizó una visita en 1927, cuando el país se encontraba (por supuesto, casualmente) bajo ocupación militar por parte de los marines estadounidenses. Uno de los marines que realizaba esa ocupación era un tipo que conocimos antes, el capitán Claude Andrew Phillips.

Pero Crosby es mucho más que el hijo del mayor Floyd Delafield Crosby. Resulta que David Van Cortlandt Crosby es un descendiente de las estrechamente entrelazadas familias van Cortlandt, van Schuyler y van Rensslaer. Y mientras probablemente estés pensando, ‘¿la familia Van qué?’, te puedo asegurar que, si ingresas esos nombres en Wikipedia, puedes pasar bastante tiempo leyendo sobre el poder ejercido por este clan durante los últimos dos siglos y cuarto más o menos».

 

Como menciona McGowan, los Byrds fueron un grupo fundamental en la escena de Laurel Canyon y, sin embargo, parece que muy poco profesional:

«Richie Unterberger señaló en ¡Turn! ¡Turn! ¡Turn! que los chicos de los Byrds apenas se conocían antes de ser metidos al estudio, todavía estaban aprendiendo instrumentos eléctricos y, en un par de casos, ni siquiera habían tocado los instrumentos que tenían asignados. En realidad, Michael Clarke ni siquiera tenía un instrumento para empezar; en sus primeros ensayos, e incluso en algunas sesiones de grabación, mantuvo el ritmo con cajas de cartón.

Gene Clark, aunque con diferencia el compositor más talentoso de la banda y también un vocalista talentoso, apenas podía tocar la guitarra y por eso se vio relegado a tocar la pandereta, que era también el instrumento elegido por Jim Morrison (y varios miembros de la familia Partridge sin inclinaciones musicales). David Crosby, encargado de las tareas de guitarra rítmica, no estaba mucho mejor. El propio Crosby admitió, en su primera autobiografía (por cierto, ¿realmente alguien necesita escribir más de una autobiografía?), que «Roger era el único que realmente sabía tocar». Carl Franzoni tal vez lo resumió mejor cuando declaró sin rodeos que: “Los discos de los Byrds fueron fabricados. El primer álbum en particular fue un asunto completamente diseñado tomando una colección de canciones de compositores externos y haciéndolas interpretar por un grupo de músicos de estudio anónimos (para que conste, los músicos reales eran Glenn Campbell a la guitarra, Hal Blaine a la batería, Larry Knechtel al bajo, Leon Russell al piano electrónico y Jerry Cole a la guitarra rítmica), después de lo cual se agregaron a la mezcla las armonías vocales características de la banda, enteramente una creación de estudio”».

Y podríamos seguir por mucho tiempo.

 

 

 

Llegados a este punto, es importante decir que muchos historiadores de la revolución contracultural de la década de 1960 han señalado que las instituciones de inteligencia y las arraigadas agencias de espionaje angloamericanas habían considerado muy seriamente la rebelión contra la guerra de los jóvenes como una de las mayores amenazas al gobierno oficial y la política de la clase dominante estadounidense, las agencias de inteligencia y el complejo industrial militar.

Habiendo más que esbozado las múltiples «sincronicidades» y encuentros fortuitos que darían lugar a los grupos de Laurel Canyon, McGowan hace las preguntas obvias:

«Como suele contarse, el movimiento contracultural de los años sesenta planteó una amenaza bastante grave al statu quo. Pero si ese fuera realmente el caso, ¿por qué entonces los “pilares del establishment” (para usar las palabras de Unterberger) lanzaron inicialmente el movimiento? ¿Por qué fue “el sistema” quien firmó y grabó a estos artistas? ¿Quién los promovió fuertemente en la radio, la televisión y la prensa escrita? ¿Y quién les permitió tener su propia estación de radio y su propia revista mensual?

Se podría argumentar, supongo, que se trata simplemente de un caso en el que las empresas estadounidenses hacen lo que mejor saben hacer: obtener ganancias de cualquier cosa. Cegados por la codicia, podría decirse que los titanes corporativos sin darse cuenta crearon un monstruo. Sin embargo, la pregunta que surge de esa explicación es ¿por qué, después de que quedó muy claro que supuestamente se había creado un monstruo, no se hizo nada para detener su crecimiento? ¿Por qué el Estado no utilizó sus poderes de aplicación de la ley y justicia penal para silenciar algunas de las voces contraculturales más prominentes?

La literatura está plagada de menciones de varias estrellas de rock que recibieron sus avisos de reclutamiento, pero esas menciones van invariablemente seguidas de anécdotas divertidas sobre cómo dichas personas engañaron a la junta de reclutamiento pretendiendo ser homosexuales, o pretendiendo estar locas, o pretendiendo no ser aptas de otra manera para el servicio. Por supuesto, si realmente hubiera sido tan fácil engañar a la junta de reclutamiento, entonces el Tío Sam probablemente no habría podido reunir todos esos cuerpos para enviarlos a Vietnam. La realidad es que miles de jóvenes en todo el país intentaron esos mismos trucos, pero sólo parecieron funcionar para la gente de Laurel Canyon».

 

Hay mucha más información en el libro de McGowan que, por sí misma, bastaría para que cualquier incrédulo o enemigo de las conspiraciones se hiciera muchas preguntas, y no faltan desde luego referencias claras al satanismo y a la práctica de rituales ocultistas aderezados con montones de drogas alucinógenas, lo que en ocasiones resultó en actos delictivos y morbosamente sangrientos.

En realidad, todas las piezas del rompecabezas están ahí, lo que ocurre es que cuando empezamos a vislumbrarlo desde la perspectiva adecuada, el pensamiento resultante nos puede parecer tan increíble, y a la vez tan espantosamente «familiar» que nos resistimos a creerlo, prefiriendo pensar que tenemos poder o control sobre nuestras vidas y sería imposible una manipulación a una escala tan grande y tan retorcida.

 

 

Hemos hablado de la manipulación cultural actual y, saltando en el tiempo, hemos buscado similitudes con la histórica explosión y revolución contracultural que se originó en el suroeste de los Estados Unidos, con uno de sus centros clave en la zona del barrio angelino de Laurel Canyon. Remontándonos en la línea temporal histórica, podemos tratar de buscar un origen un poco más remoto, pero aún reconocible, de este asunto de la manipulación socio-cultural a gran escala.

En términos generales, sabemos que hubo al menos dos actores destacados (entre otros muchos proyectos menores) financiados y patrocinados por los sospechosos habituales (los oligarcas del estado profundo) que se dedicaron intensa y exclusivamente al estudio y práctica de la manipulación psicológica de las masas, a saber: (6)

– El Instituto Tavistock, creado oficialmente hacia 1947 en Londres (con financiación de la Fundación Rockefeller) a partir de una clínica para el tratamiento de psicopatías derivadas de experiencias sufridas por militares en la guerra, y que enseguida derivaría al estudio y desarrollo de la guerra psicológica. Recientemente (2022), se anunciaba el cierre del remanente del infame Instituto, la Clínica Tavistock (actualmente Centro para la investigación de la identidad de género nada menos) sobre la que se cernían multitud de denuncias por haber experimentado y causado daños irreversibles a niños y jóvenes, forzándolos prácticamente al cambio de sexo con prácticas pseudocientíficas completamente inapropiadas. Un largo camino desde 1947 en el que ha tenido cabida prácticamente todo lo imaginable en el campo de la manipulación psicológica de las personas, tanto a nivel individual como grupal.

-El Instituto Esalen, ya mencionado, fundado en California y situado al noroeste de Los Angeles, en 1962 (probablemente a instancias de los británicos, que por entonces ya habían recuperado el control sobre «su colonia» y pensaban experimentar seriamente al otro lado del charco). Establecido como centro de retiro y educación, fue desde sus mismos inicios el punto origen clave de la contracultura y el movimiento de la Nueva Era. No es un secreto que lo que se potencia en este centro es una especie de nueva religión sincrética, en consonancia con el transhumanismo y que ataca fundamentalmente los principios religiosos y valores morales y culturales tradicionales. El Instituto Esalen también fue pionero en el uso de las drogas psicodélicas. El centro aún existe, y en su sitio web se puede leer:

«Desde su fundación en 1962, Esalen ha sido un destino y laboratorio para artistas, intelectuales y buscadores de vanguardia que buscan explorar el potencial humano, fomentar el crecimiento personal e integrar diversas ideas y teorías espirituales, psicológicas y somáticas».

Estas dos instituciones se han relacionado frecuentemente entre sí, y algunos autores han llegado a decir que Esalen sería uno más de muchos tentáculos del Instituto Tavistock, cosa bastante probable. Uno de los mayores puntos en común de ambos es su participación clave en el Proyecto MK-ULTRA, lo que los ligaría a agencias gubernamentales como la CIA estadounidense o el MI6 británico. En todo caso, el papel de Esalen como germen e influencia intelectual en el movimiento contracultural que surgió inmediatamente después de su apertura oficial (y precisamente en su zona), además del hecho de que parece ser que la distribución pródiga e indiscriminada de LSD entre la juventud estuvo promovida, y tal vez coordinada, por Esalen, establecen una relación temporal, un objetivo preconcebido y estudiado para un medio-largo plazo y un modus operandi bastante claro y predeterminado por ciertas mentes retorcidas con amplios medios a su disposición.

 

El contexto de la época (años 60 principios de los 70) fue de gran activismo y revolución social: en países como Francia, Gran Bretaña y EE.UU., las revueltas estudiantiles suponían un duro golpe al establishment ya que los universitarios que dirigirían los destinos de sus respectivos países en la siguiente década se estaban convirtiendo en unos radicales antisistema. Revueltas callejeras, manifestaciones, creación de organizaciones pacifistas o de acción política, mítines y todo tipo de iniciativas tendentes a promover un cambio en la sociedad tuvieron lugar durante aquellos años. La conclusión a la que llegaron las mentes pensantes que nos dirigen desde las sombras es que se estaba gestando un movimiento revolucionario en el mismo corazón del «mundo libre». Y lo que era todavía peor: intelectuales, filósofos, profesores y gentes de gran altura intelectual y un enorme peso en la opinión pública se estaban adhiriendo al nuevo movimiento. Para los analistas de los servicios secretos anglosajones la situación adquiría una gravedad extrema. Esos jóvenes revolucionarios ocuparían puestos importantes en la estructura social de sus países infiltrando y desmoronando la estructura de poder en la sombra levantada con tanto cuidado y esfuerzo.

La solución, al parecer, no consistió en acabar con el movimiento, sino en transformarlo, despojándolo de todo activismo político «real». El plan consistió en «cambiar el foco de atención» de los nuevos revolucionarios. Sus esfuerzos debían dirigirse hacia otras cuestiones; con este objetivo se introdujeron dentro del movimiento revolucionario juvenil tres nuevos elementos: las creencias mágicas y ocultistas o de filosofía alternativa-orientalista, el consumo masivo de drogas y el germen del nuevo movimiento contracultural, con su humanitarismo teatral, su amoral libertad confesional e intelectual, y grandes dosis de rock and roll espectacular y vibrante. Con estos tres elementos los antropólogos y sociólogos de las inteligencias anglosajonas pensaron que lograrían que los jóvenes idealistas entrasen en un proceso de alejamiento del mundo real, lo que conllevaría la pérdida de sus objetivos políticos legítimos.

Y tuvieron éxito: fueron años de degradación moral, sexo, drogas y rock and roll, la promoción de la homosexualidad y cualquier movimiento social (por surrealista que fuese) que consiguiera hacer perder el verdadero objetivo vital a la gente y la entretuviera, la pérdida de objetivos laborales y familiares, el extravío mental generalizado… pero, eso sí, la diversión estaba asegurada, al menos para la mayoría y por el momento.

 

 

Antes hemos mencionado a dos instituciones que pueden estar en el origen del movimiento contracultural en general, incluso de haber sido artífices de la gestación e implantación de las características propias de ese movimiento en manifestaciones artísticas como la música, a la que nos estamos refiriendo principalmente en este artículo, todo ello con un objetivo determinado que a estas alturas debería ser evidente. De hecho, podemos establecer una relación causa-efecto entre sus métodos de trabajo experimental, su implantación en la población en masa y los resultados previsibles a medio y largo plazo. Si incluimos en esta ecuación otros aspectos más «extravagantes», no reconocidos directamente pero muy relacionados, como son los experimentos prácticos del proyecto clandestino MK-Ultra, o las propias declaraciones explícitas de defensores acérrimos de estos métodos como Aldous Huxley, William Sargant, Alan Trist, Timothy Leary, entre otros, tenemos prácticamente todas las piezas de este puzzle «psicodélico-contracultural».

Lo cierto es que estos «iluminados» no inventaron nada, sino que en realidad lo que hicieron es preparar un cóctel explosivo a partir de métodos ya experimentados (algunos desde hace siglos) y con resultados comprobados sobre la mente humana. Los aspectos teóricos de esta «revolución cultural y espiritual» ya los describíamos en nuestro artículo «Transhumanismo» (al cual nos hemos referido anteriormente). Y algunos de los aspectos prácticos se revelan explícitamente en las investigaciones del psiquiatra William Sargant, quien se interesó en gran medida por los métodos de manipulación mental de los jesuitas, ciertos movimientos religiosos, las creencias místicas de tribus y pueblos marginados y otros, (7)  además de tomar muy en serio el trabajo clave en psicología conductista del ruso Ivan Pávlov e investigar sus posibilidades aplicado al cerebro humano.

En la misma tendencia, Aldous Huxley ya manifestaba abiertamente sus aportaciones en su libro «Un mundo feliz», donde ya expresaba el uso explícito de la droga para la manipulación mental en masa y la experimentación con la «apertura mental» (lo que en última instancia conduciría a la desintegración del ser, con resultado impredecible); él mismo investigaría este campo consumiendo drogas y analizando su propia experimentación. Como sabemos, algunas de estas drogas han estado a disposición del hombre desde siempre, por hallarse en la naturaleza, y los chamanes las han utilizado tradicionalmente para sus ceremonias místicas, cosa que obviamente llamó la atención de Huxley y compañía; pero se utilizarían los avances en química para crear otras sustancias nuevas en el laboratorio que potenciaran los efectos narcóticos, como el LSD, al que desde su descubrimiento se han unido otras, hasta la fecha de hoy con el triste panorama que vemos con la aparición y difusión de sustancias narcóticas extremadamente peligrosas.

 

Si nos centramos exclusivamente en la música, parece también bastante evidente que la experimentación a partir de métodos tradicionales, como la repetición de sonidos (a modo de mantra) y el ritmo básico del tambor, unidos a métodos innovadores como la distorsión, la experimentación con las músicas tradicionales (folk, clásica…) y otros han dado lugar a lo que conocemos como música moderna. En este sentido, se apunta a la Escuela de Frankfurt como clave, con ciertas aportaciones estrambóticas que han dado buen resultado.

Es un hecho probado que la Escuela de Frankfurt ejerció una influencia profundamente crítica y desestabilizadora sobre los convencionalismos culturales tradicionales, especialmente en los ámbitos del arte, la música, la literatura, la política y la moral. Su enfoque, basado en la Teoría Crítica, buscaba desvelar las estructuras de dominación ocultas en la cultura, cuestionando normas aceptadas como «naturales». La Escuela de Frankfurt, de inspiración marxista, no solo cuestionó convencionalismos, sino que trabajó para desmontar los pilares ideológicos de la cultura occidental moderna, mostrando cómo el arte, la moral y el entretenimiento reproducen el poder.

En el ámbito de la música, el «experto» y máximo exponente de la Escuela de Frankfurt fue Theodor Adorno (1903-1969). Adorno, filósofo y musicólogo cuya obra comenzó en la década de 1930, argumentaba fundamentalmente que el arte verdadero debía desafiar a lo establecido. Consideraba la música popular estandarizada como un instrumento de dominación capitalista, un producto alienante de la «industria cultural».

De este modo, y a partir del trabajo de su maestro Arnold Schoenberg, se dedicó a promocionar las estructuras no lineales y las disonancias complejas en la música, en base a la «atonalidad» y el «dodecafonismo» desarrollados por Schoenberg.

Básicamente, el atonalismo es la eliminación de toda jerarquía de notas en la composición musical, para favorecer la creación de sonidos disonantes y ambiguos e intentando reflejar el inconsciente crudo (en clara referencia al psicoanálisis), libre de estructuras «rígidas»; el propio Schoenberg decía que con esto buscaba representar el «grito primario» del ser humano. (8)

No contento con lo anterior, y queriendo poner un poco de orden en dicho atonalismo, Schoenberg decidió innovar con el dodecafonismo, que es un sistema basado en series de 12 notas (las de la escala cromática) organizadas en una «serie tonal», que evita privilegiar cualquier nota. Las reglas básicas son: se debe crear una secuencia fija con las doce notas sin repeticiones; la serie puede invertirse o transponerse, pero siempre manteniendo su orden; no se puede repetir (destacar una nota hasta que las otras once hayan sonado). El objetivo es estructurar lo atonal (evitar que suene arbitrario), manteniendo la igualdad jerárquica entre notas. (9)

 

Así que Adorno argumentaba que el capitalismo era capaz de absorber y neutralizar cualquier forma de disidencia mediante la mercantilización del arte y la rebelión. Adorno diría que incluso los gestos más radicales (como sucedería más tarde con la música de protesta de Bob Dylan, por ejemplo) pueden convertirse en productos de consumo, vaciados de su poder transformador. Entonces, a partir de estos pensamientos, Adorno consideró al dodecafonismo como la «música verdadera», ya que por un lado criticaba la industria musical (es compleja, no masificable), y por otra parte, encarnaba el orden más la libertad (del atonalismo).

Al final, el dodecafonismo terminó siendo académico, es decir, asumido por el sistema, cosa que Adorno lamentó como la «institucionalización de la vanguardia», y obviamente esto despojaba a todo el asunto de su pretendida singularidad.

Sin embargo, no cabe duda de que las teorías de Adorno fueron recogidas y estudiadas como aspectos válidos para la manipulación de masas mediante la música, siendo aplicadas convenientemente. En la música pop y rock moderna tenemos muchos ejemplos de ello aplicados por todo tipo de artistas, desde los Beatles (en sus creaciones más experimentales) pasando por Frank Zappa hasta King Crimson y Velvet Underground, incluyendo por supuesto la música psicodélica en general, el movimiento proto-punk y otros. En muchas ocasiones, parece que la inclusión de esta música experimental otorga un cierto aura de «exclusividad» o «madurez» a los artistas, tal vez porque lo eminentemente subjetivo debe ser digo de admiración aunque no se comprenda en absoluto. Probablemente es por ello que las creaciones musicales de Schoenberg y Adorno ocupan un lugar prominente dentro de la revolución musical-cultural del siglo XX, aunque sean creaciones que podrían ser mejor disfrutadas con una buena dosis de LSD, o que parezcan la banda sonora ideal de un grupo aullando a las tres de la madrugada en un cementerio realizando sacrificios rituales de animales.

Richard Strauss, considerado uno de los más grandes compositores musicales del siglo XX, al escuchar el trabajo de Schoenberg, diría: «La única persona que puede ayudar a Schoenberg es un psiquiatra. Creo que haría mejor en palear nieve que en garabatear música sobre un papel».

Schoenberg pensaba que Strauss no entendía su música en absoluto. (10)

Pero, nos replicarán, si el arte es belleza, ¿quién dicta los cánones de la belleza? ¿O es la multitud la que decide?

El mismo Theodor Adorno diría de los Beatles en 1965: «Lo que se puede reprochar a los Beatles es simplemente que lo que esta gente tiene para ofrecer es algo retrasado en términos de su propio contenido objetivo. Se puede demostrar que los medios de expresión que aquí se emplean y conservan no son en realidad más que técnicas tradicionales en forma degradada».

Curiosamente, miembros de la Escuela de Frankfurt, incluyendo a Schoenberg y Adorno, recalarían en California huyendo del nazismo a partir de los años 30, formando una «comunidad en el exilio» y por supuesto propagando sus teorías «contraculturales». Vaya, qué casualidad…

 

 

Notas:

(6) Es recomendable la lectura del artículo Transhumanismo, que contiene información complementaria.

(7) Para más información ver artículo «La religión del maestro de la Vida y la Danza de los Espíritus».

(8) https://www.youtube.com/watch?v=1gafF5sbnB0&t=92s

(9) https://www.youtube.com/watch?v=bQHR_Z8XVvI

(10) Parece que posteriormente ambos suavizaron sus posturas evitando confrontaciones. Pero, para comparar, aquí tenemos la conocida ópera de Strauss: https://www.youtube.com/watch?v=IFPwm0e_K98&t=1s

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